Hoy

La filosofía 'Evax'

Parking de Primo de Rivera, en Cáceres. :: HOY
Parking de Primo de Rivera, en Cáceres. :: HOY
  • Lo escrito para Cáceres o Badajoz vale para muchas ciudades

Las ciudades españoles de entre 20.000 y 200.000 habitantes se parecen mucho. Este verano, fui pregonero de las fiestas de una de ellas: Vilagarcía de Arousa. Desde el balcón del ayuntamiento leí un texto donde alababa los encantos de Vilagarcía y criticaba que sus ciudadanos le pusieran peros a casi todo lo nuevo, un pesimismo crítico muy exigente y saludable hasta que se convierte en patología colectiva.

Una vez leído el pregón, me di cuenta de que aquel texto, cambiando algunas frases y algunas anécdotas, valía lo mismo para pregonar las fiestas de Vilagarcía que las de Huesca, Alcoy o Jaén. ¿En qué ciudad mediana no abundan los ciudadanos críticos capaces de oponerse a cualquier novedad y cuya máxima es la de la filosofía 'Evax': que no se mueva, que no se note, que no traspase? Y a quien se mueva, se haga notar o traspase los límites habituales, colleja y tente tieso.

Si nos centramos en Extremadura y, más concretamente, en mi ciudad, esta manera de comportarse también hace furor. Aquí, en Cáceres, la minoría crítica saltará indignada en cuanto atisbe cualquier novedad, mientras la mayoría silenciosa callará expectante hasta ver los resultados del nuevo empeño. Esto vale para Cáceres, para Mérida, Plasencia, Badajoz o Almendralejo.

Fíjense, por ejemplo, en el caso del nuevo aparcamiento subterráneo de Cáceres. Mi ciudad era la única importante de la región sin una red de buenos aparcamientos de pago, ya fueran subterráneos o al aire libre. Esto provocaba muchos problemas a los visitantes, que venían a hacer gestiones y perdían la mañana dando vueltas por el centro o dejando su coche en el extrarradio.

Cuando empezaron las obras del aparcamiento, todo fueron pegas y rasgarse las vestiduras. Lo mismo había sucedido en otras ciudades. Yo tenía la experiencia de Santiago de Compostela, donde a principio de los 90 se construyeron varios parkings en el subsuelo. Allí también escribía en la última página del periódico y traté mucho el tema. El proceso fue el mismo que en Cáceres: protestas e indignación al principio, resignación y expectación después y éxito absoluto como corolario. Por eso, quizás, sabía que la historia se repetiría en Cáceres.

Tras las protestas, con el aparcamiento terminado, se ha pronosticado su fracaso absoluto. Queriendo saber si me estaba equivocando, llevo una semana entrando cada mañana en el parking de Primo de Rivera a curiosear y todos los días está lleno. Así que sospecho que el proceso en Cáceres va a ser el mismo que en el resto de ciudades españolas de 20.000 a 200.000 habitantes: tras las protestas, el éxito y el silencio.

Ya puestos, querría referirme a un caso en el que Cáceres se sale de la norma. Me refiero a la costumbre cacereña de esmerilar o poner cortinas en las cristaleras de los bares, para no ver ni ser vistos. En eso, mi ciudad va a contracorriente desde hace años. Ya en 1985, escribía Ramón Carnicer en 'Las Américas peninsulares, un viaje por Extremadura' sobre esta particularidad de los cafés cacereños, tan retraídos y oscuros.

En el resto de la región, no sucede lo mismo y es normal sentarse en una cafetería a contemplar la calle. En Cáceres, es algo raro salvo si el local ha sido abierto por una franquicia. Así, 'Horno Santa Eulalia' o 'Dehesa de Santa María', en su momento, revolucionaron la hostelería cacereña con sus cristaleras limpias y luminosas y la costumbre sigue con los nuevos negocios, ya sean 'Granier', 'Miga's' o 'Valor'. Pero si el café es autóctono, va a ser difícil que pueda usted entretenerse contemplando la calle salvo en algún local especial como el café-librería 'Psicopompo' y poco más.