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Un incendio escondido y distinto

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Ángel Sánchez, de la Junta de Extremadura, en el perímetro del incendio. A unos pasos, la zona que se salvó de las llamas / ANDY SOLÉ

  • Un paseo por la Garganta de los Infiernos enseña las cicatrices que el fuego dejó este verano

Ocho horas después de empezar a andar por caminos sin duda más frecuentados por cabras que por personas, emerge cristalina una idea: el incendio de la Garganta de los Infiernos queda a trasmano. Es difícil que alguien se tropiece con él. Hay que ser cabrero –sobran los dedos de una mano para contar los que quedan en la zona–, cazador, agente del Medio Natural, vigilante de la propia Reserva, senderista con cierto pedigrí, probador de calzado para la montaña o hay que haberse perdido para llegar a la zona afectada por el incendio más importante del verano pasado en Extremadura.

No por extensión –el de Los Galindos, junto a la ciudad de Cáceres, al lado de la carretera de Badajoz, se llevó por delante cuatrocientas hectáreas más– sino por el valor del área arrasada. Mientras que Los Galindos es más que nada un pastizal, la Garganta de los Infiernos es un espacio protegido. En concreto, una Reserva Natural desde el año 1994. Ocupa 6.927 hectáreas, de las que han ardido 1.094 (es decir, el 16 por ciento) repartidas por los términos municipales de Jerte y Tornavacas, aunque también una pequeña franja en Guijo de Santa Bárbara. En el perímetro no están ‘Los Pilones’, el espacio más famoso del entorno. Nadie que vaya a darse un baño en esas piscinas naturales de agua fresca y transparente pisará cenizas ni verá el negro en el paisaje.

En la zona de uso restringido

La zona quemada está lejos de ahí. De hecho, ocupa una superficie en la que es improbable cruzarse con alguien que no vista un uniforme o guarde en un bolsillo una autorización con sello oficial, porque el cien por cien de lo que ha ardido está dentro de la zona de uso restringido. O sea, en «el territorio integrado por aquellos enclaves con mayor calidad biológica o que contienen en su interior los elementos bióticos más frágiles, amenazados y/o representativos», según se define en el PRUG (Plan Rector de Uso y Gestión). En él también se explica que las otras tres zonas son las de uso general, compatible y limitado, en orden de menor a mayor grado de restricción.

De entrada, esta es la primera diferencia entre el incendio de la Garganta de los Infiernos y la mayoría de los que han castigado al paisaje extremeño en los últimos años. En la Sierra de Gata, por tomar como referencia el penúltimo gran suceso de este tipo que ha padecido la comunidad autónoma, no hace falta ni bajarse del coche para comprobar los estragos que causó el fuego. En el que este verano ha quemado el dos por ciento de la superficie del valle del Jerte no queda otra que ponerse a andar. Hay que abrocharse las botas de montaña y cargar la mochila con agua y comida, más una buena gorra si es verano y un bastón el que lo tenga. Es esto o dar un paseo en helicóptero.

Pie en tierra se advierte una segunda diferencia respecto a otros fuegos importantes. Es un incendio menos evidente, porque no hay un bosque que ha cambiado de color. No hay una sucesión de hectáreas repletas de troncos tiznados. Según la Junta de Extremadura, las llamas se llevaron por delante 908 hectáreas de pastizales, 132 de «mezcla de quercíneas» (encinas, alcornoques, robles...), diez de bosque de encinas y tres de bosque de robles. Es lo que pone en el informe que firma José Luis del Pozo Barrón, jefe del servicio de Ordenación y Gestión Forestal.

«Daño leve a medio plazo»

En su opinión, «el daño a medio plazo será leve, dado que es previsible la recuperación del riesgo de erosión anterior al incendio en el plazo de entre uno y dos años». Además, las encinas y robles están «en las zonas con las pendientes medias y máximas más elevadas de todo el área, por lo que los daños serán recuperables a medio plazo». El responsable de la Junta desaconseja intervenciones en estas áreas. «Probablemente pueden acarrear más daños que beneficios de cara a evitar el arrastre de sedimentos a los cursos fluviales, y previsiblemente, no implicarían un aumento de la regeneración, al menos en los primeros años, siendo recomendable más adelante tratamientos como podas de saneamiento, apostados y podas de formación».

Área donde el fuego castigó especialmente a la vegetación, conocida con el nombre de Hornillos

Área donde el fuego castigó especialmente a la vegetación, conocida con el nombre de Hornillos / A.S.

Sobre el terreno, la imagen es diferente según la zona que se visita. En Las Guindaleras, la garganta de los Asperones, Las Majadillas, Tres Cerros y El Bujo o El Búho, entre otras, lo que saluda al visitante es un paisaje de suelo negro, mucha piedra y algunos árboles a medio quemar en la mayoría de los casos. También se suceden los rebrotes de distintas especies, la vida en verde haciéndose un hueco entre el puro negro.

Una fotografía diferente devuelve la zona de Hornillos, que ha quedado arrasada, con piornos y brezos (dos tipos de arbustos) y también árboles, principalmente robles, abrasados por completo. Ahí, el paisaje es una alfombra negra.

Si alguien quiere minimizar el impacto, pondrá el foco en una parte del mapa del área quemada, y quien prefiera maximizarlo se irá a otra.

«El incendio ha sido importante porque se ha producido en un espacio protegido, pero tan cierto como eso es que lo más valioso, lo mejor de la Reserva Natural se ha salvado», resume Ángel Sánchez, director de programas de conservación en la Consejería de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio.

Él hace de guía en el recorrido por una parte del área afectada. Sigue los pasos de Fernando Estévez, vigilante de la Reserva que se mueve por ella como si tuviera siete hectáreas en vez de siete mil. Se conoce cada trocha, y no hay una rama que surja del suelo de la que desconozca su nombre en latín.

Los endemismos son la clave

El pasado agosto, él interrumpió voluntariamente sus vacaciones para ayudar al operativo contra el fuego. Por responsabilidad profesional, sí, y sobre todo por amor a un paisaje que adora. «Los endemismos (especies exclusivas, que solo se dan en una zona) que hay en esta zona apenas se han visto afectados por el fuego», asegura Estévez, en línea con lo que figura en un segundo informe, este firmado por José Antonio Mateos Martín, jefe del servicio de Conservación de la Naturaleza y Áreas Protegidas.

En él se asegura que «las zonas más valiosas de la Reserva Natural no se han visto afectadas» y que en el perímetro «no se tiene constancia de presencia de desmán ibérico» (una especie amenazada). Además, no se ha visto afectado ningún refugio conocido de murciélagos y en la zona quemada no nidifican ni el águila real ni el águila calzada ni el buitre leonado ni el azor ni el gavilán ni el halcón abejero ni el halcón peregrino ni el alimoche. «La zona de bosque de roble quemada era en buena parte la de islas refugiadas en vaguadas, las cuales pueden haber sufrido solo daños moderados», añade el documento oficial, en el que también se afirma que «los encinares de altura no parecen haber ardido con intensidad y es posible que rebroten en otoño».

Este mismo informe aborda un asunto clave a la hora de valorar el impacto medioambiental: el daño a los endemismos de Gredos presentes en la Reserva. Mateos Martín menciona una docena, de los que solo uno «se ha podido ver afectado», asegura. En concreto la ‘Festuca gradensis’, de la que deja escrito que «no se descarta que algunos ejemplares se hayan podido quemar», si bien se añade a continuación que «la especie es muy abundante dentro de la Reserva y las mejores poblaciones están fuera de la zona afectada». Además, el responsable de la Junta menciona 7 subendemismos y afirma que solo dos están presente en el área afectada.

Un rebrote en medio del suelo quemado

Un rebrote en medio del suelo quemado / ANDY SOLÉ

Esta versión oficial sorprende mucho a Francisco Castañares, presidente de Aeefor (Asociación de Empresas Forestales de Extremadura), que asegura que ha comprobado de primera mano que las tesis de la Junta son falsas. «En la Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos –asegura– hay valores que no hay en ningún otro sitio de Extremadura, y por supuesto que se han visto afectados por el incendio, algunos se pueden haber perdido para siempre, a no ser que fuera un fuego tan listo que fue esquivando las cosas valiosas para no fastidiarnos». Él, además, mantiene que el incendio aún no ha dicho su última palabra. Cree que la administración se precipitó al darlo por extinguido, y cita como evidencia a «la turbera de Hornillos, un humedal valiosísimo porque contiene materia que constituye un archivo de los últimos diez mil años de vida, y en la que la propia Junta ha detectado, mediante un helicóptero dotado con cámara térmica, dos puntos que están ardiendo». «Lo han solucionado –añade– con una piscina portátil, de cuya agua se servirán para ir inundando la turbera e intentar salvar toda la información de incalculable valor que contiene».

Sin embargo, la Consejería mantiene que lo de Hornillos no es una turbera, sino «una pradera de cervuno», según recoge el informe de Mateos Martín, en el que también se detalla que no se ha quemado ningún tejo (una especie arbórea amenazada) ni ninguno de los dos sauces cabrunos que hay en la Reserva. Añade que se han salvado los mejores acebos, y aunque se han perdido varios ejemplares de serval de los cazadores, «su impacto sobre la población es inapreciable porque es una especie muy abundante en ciertas zonas de la Reserva.

La Junta, en resumen, mantiene que el impacto del peor incendio que ha sufrido la comunidad autónoma este año ha sido limitado, fundamentalmente porque se han salvado las manifestaciones de hábitats de alta montaña más valiosas. Estas aparecen «por encima de los mil novecientos metros en zonas de valle y dos mil en cuerdas», y «por encima de los mil ochocientos metros solo se ha quemado una pequeña parte». Es decir, en gran modo es una cuestión de altitudes. Lo propio en un incendio oculto para los ojos de la mayoría. No para quien no tenga reparos en caminar durante horas vigilando a cada pisada dónde planta el pie.