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La mujer que reivindica otra sociedad

Melanie empezó a trabajar en Madrid y desde 2008 lo hace en Olivenza. :: J. V. Arnelas
Melanie empezó a trabajar en Madrid y desde 2008 lo hace en Olivenza. :: J. V. Arnelas
  • Melanie Feu Carmona | Técnica de la Oficina de Igualdad y Violencia de Género de Olivenza

Dice que trabajar en su puesto solo es posible si llevas la ideología feminista en las entrañas, entre otras razones porque enarbolar esta bandera deja rasguños en una sociedad que considera patriarcal. Sin embargo, Melanie Feu Carmona habla de la causa de la igualdad de género de manera sosegada, razonando sus planteamientos y con la esperanza de mejorar la sociedad.

Opina que muchos comportamientos machistas no nacen de la mala voluntad o de un intento premeditado de acorralar o marginar al sexo femenino, sino de una educación que se transmite de generación en generación.

Ella trabaja desde 2008 en la Oficina de Igualdad y Violencia de Género de la Mancomunidad Integral de la Comarca de Olivenza, un centro más de la red que tiene repartida por la región el Instituto de la Mujer de Extremadura. «Estudié Trabajo Social en Huelva y empecé a ver la importancia del enfoque de género, por eso me especialicé en la desigualdad que se origina por esta razón».

Proyectos integrales que duran todo un año, charlas ante colectivos de perfiles variados o participación puntual en mesas territoriales para enseñar protocolos de intervención son parte de su agenda. Esto le permite entrar en contacto con sanitarios, alumnos de diversas edades, profesores, personal de justicia, de la fuerzas de seguridad del Estado. Además, incorpora la observación de la realidad para detectar conductas que le gustaría desaparecieran algún día.

Para ilustrar que aún queda mucho camino por recorrer pone un ejemplo: «A las mujeres se les receta el doble de fármacos ansiolíticos y antidepresivos que a los hombres y esto es grave porque el mismo personal sanitario, en lugar de derivarlas al especialista, se limita a recetar sin ahondar en el problema, sin saber de dónde procede ese malestar emocional, que a lo mejor viene porque hacen falta que nuestras estructuras sean más igualitarias, por ejemplo mediante un cuidado de los hijos o de las tareas de la casa más equitativo».

Melanie, que es madre de una hija en edad escolar, tiene claro que en los colegios niños y niñas aprenden cosas comunes pero se socializan de manera distinta. «A ellos se les inculca la fuerza y la competitividad, y a ellas se les da a entender que son más frágiles y que pueden mostrar sus emociones. Cuando ves un catálogo de juguetes a las niñas se las canaliza mediante colores rosas y malvas hacia unos juguetes y a los niños, con colores más militares, hacia otros. Al final el resultado es que nos están diciendo qué aficiones debemos tener. No hay libertad de elección para jugar a aquello que les hace felices, por eso hay profesiones masculinizadas y feminizadas, unos estereotipos que ya se dan desde el colegio».

Melanie es consciente de que cada vez abrimos más nuestra mente, «pero todavía hoy si una chica quiere jugar al fútbol o un chico desea hacer ballet irá encontrando resistencias a su paso».

En su opinión, la cultura machista se transmite de generación en generación, por eso determinados comportamientos se dan como normales cuando no lo son. Unos tienen mayor alcance porque determinan tu futuro laboral, «como cuando en una entrevista de trabajo preguntan por las expectativas de formar una familia y en la mujer se considera que si tiene hijos esto afectará negativamente a su carrera profesional, y en los hombres esto mismo sería positivo porque se entiende que se volverá más trabajador y responsable para sustentar a sus hijos. El resultado es que aunque ellas sacan mejores notas, ellos están en mejores puestos donde cobran más».

Micromachismos

Pero lo que más le preocupa, mención aparte de la violencia de género, que considera el extremo más grave de la desigualdad de género, son los micromachismos. Los define como formas más socializadas y sutiles de discriminar a la mujer para relegarla a un papel que no necesariamente ha elegido.

Los ve en los anuncios de televisión, en dibujos animados, en aquellos casos en que se asume que cada vez que algún familiar enferma se supone que es la mujer la que se debe quedar al cuidado, cuando en las familias el hombre conduce y tiene el coche más grande y la mujer dispone de un utilitario para faenas domésticas, o cuando varias parejas se juntan para cenar en casa de alguien y las mujeres se reúnen en la cocina para hacer la cena mientras los hombres esperan en el salón tomándose una cerveza.

Su trabajo consiste en articular mecanismos para desterrar estos comportamientos que a veces surgen de manera inconsciente poniéndolos ante los ojos de quienes no los detectan.

Según dice, articular políticas de discriminación positiva y convertirlas en ley no está fuera de lugar para ella, que opina que lo ideal es que hombres y mujeres tengan idénticas oportunidades en todos los ámbitos de la sociedad. «Es necesario seguir invirtiendo en políticas de igualdad», zanja.