Hoy

F. Vara en el candelero

NO sé si el año que estamos viviendo pasará a la historia de España o a lo que quede de España cuando lo actual pase a ser historia: porque al paso que vamos, si los independentistas y quienes interesadamente les bailan el agua se salieran con la suya y ciertos políticos desnortados siguen empeñados en que sigamos votando hasta que sean ellos los elegidos. a saber cuándo y en qué acabará todo.

Pero dejemos las hipótesis y el futuro histórico que está por llegar y situémonos en el aquí y ahora, más concretamente en la Extremadura de este mes de septiembre. Pues bien, en esta nuestra circunstancia concreta hay un nombre que lleva todo el mes en el candelero, el del presidente Guillermo Fernández Vara. Suele decirse, retorciendo la frase, que «lo importante es que hablen de uno aunque sea bien», porque es más corriente que hablen mal dado lo mucho que abunda la maledicencia. Véalo cada uno como le parezca. Pero lo cierto es que hay dos hechos que vienen manteniendo al presidente extremeño en el candelero de la actualidad, pues no había salido de uno cuando ya había entrado en el otro. Se trata de la celebración del Día de Extremadura y de la situación política de España, con un gobierno en funciones desde hace nueve meses después de dos elecciones y abocados a la tercera si no le encuentran salida.

Vamos con el Día de Extremadura. Establecido en mayo de 1985, los dos primeros años se celebró en Guadalupe. Pero un conato de incendio en 1986 hizo ver que la concentración de miles de personas en un espacio de difícil salida suponía graves riesgos, por lo que al año siguiente y hasta 1992 la celebración tuvo lugar en Trujillo. A partir del año siguiente y hasta ahora, la celebración se ha desarrollado en la noche del 7 de septiembre en el Teatro Romano de Mérida. En sus grandes líneas, se ha seguido un mismo esquema, dotado de una cierta solemnidad en su aspecto formal, tanto en el izado de banderas y ejecución de los himnos, como con los discursos del alcalde de Mérida y del presidente de la Junta y la entrega de medallas, para terminar con alguna intervención musical acorde con la solemnidad del acto. Había luego, sí, una segunda parte más lúdica, generalmente en forma de concierto. Pero llegó este año y el presidente Fernández Vara, no sé si bien o mal aconsejado, le dio al acto la vuelta como a un calcetín: donde antes había presidencia de autoridades, se sentaban este año los distinguidos con la medalla de Extremadura y ciudadanos normales que realizarían la entrega de las mismas; el habitual discurso presidencial fue sustituido por un discurso emotivo de Reyes Abades, maestro indiscutido de los efectos especiales cinematográficos, reconocido con las máximas distinciones, pero sin más representación. La guinda del acto la pusieron 'Los niños de los ojos rojos', ataviados con faldas y a lo loco, en plan peliculero, que tras interpretar una especie de parodia del himno de Extremadura, se despidieron enseñándonos el culo.

Y aquí tengo que hacer tres acotaciones. Una: el mismo día de la celebración que comento se publicaba en este mismo espacio un artículo de Miguel del Barco, autor de la música del Himno de Extremadura, lamentando parodias y usos espurios del mismo: igual sabía lo que le esperaba ese mismo día. Dos: en estas mismas páginas han aparecido comentarios de Manuela Martín, Jesús Galavís, Fernando Valbuena, Alfredo Liñán. creo que alguno más, y todos iban en la misma dirección respecto al novedoso acto del Día de Extremadura. Tres: me parece importante escuchar a los ciudadanos; pero creo que en actos de carácter institucional, el presidente de la Junta es el más legitimado para representar a todos los ciudadanos de la Comunidad que gobierna: el resto de partidos tuvieron voz en la Asamblea ese mismo día.

Pero hablaba al principio de dos hechos y se me ha ido buena parte del espacio en el primero, que no es el más importante. En el momento políticamente delicado y preocupante que vivimos interesa más el segundo: encontrar una salida a nuestra situación política. Seguimos con un gobierno en funciones hace ya nueve meses; se han celebrado dos elecciones generales y el temor que nos acongoja a todos es que hubiera que ir a unas terceras. Todos juraron que tras las elecciones de junio habría nuevo gobierno; ahora lo supeditan a las elecciones gallegas y vascas. Rajoy sigue en sus trece de ser el partido más votado, aunque él se proclama «ganador» y habla de 'perseverancia', sin quererse enterar de que por sus andurriales andan también palabras como contumacia, resistencia, obstinación. frente a la corrupción que les invade; Sánchez se ha encastillado en el «no es no» y se escuda en la ejecutiva del partido y en «que cada uno asuma su responsabilidad», como si todo fuera cosa de los otros y sin que parezca importarle mucho las posibles funestas consecuencias; Podemos está dispuesto a cualquier alianza, que ya se encargarán ellos de trajinar a cualquier socio potencial. Y cuando todos juraban en junio que no habría unas terceras elecciones, el fantasma se agranda. En esas, a Guillermo Fernández Vara se le ocurre hablar de algo tan raro como la necesidad de diálogo, de contemplar el futuro y los males que se nos pueden venir encima, de la necesidad de disponer de presupuestos, de buscar salidas posibles. Es como si hubiera mentado la bicha. Y como en el PSOE las aguas cada día bajan más revueltas, el hecho de que el presidente extremeño se pregunte en público si «es que aquí nadie puede decir algo diferente», se disparan las alarmas. Porque las divisiones internas se hacen cada día más evidentes, algunos barones se posicionan en la línea posibilista de Fernández Vara y eso es visto por algunos casi como una traición. Quien quiera ver en su actitud afanes de poder o de sobresalir y menos de generar divisiones, es que no le conoce. Se le vienen a uno a las mientes aquello de Quevedo: «¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / Nunca se ha de decir lo que se siente?». Pues eso.