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Los inventores extremeños coinciden en que sus patentes necesitan financiación

Domingo Panea y José Miguel Guerrero con la patente de un inodoro por presión
Domingo Panea y José Miguel Guerrero con la patente de un inodoro por presión / José Vicente Arnelas
  • La escasa financiación hace que la gran mayoría de ideas innovadoras que se producen en la región queden relegadas al olvido

Juan Pajuelo, de Badajoz, se convirtió en inventor cuando en el bar donde trabajaba sus clientes se jugaban a los chinos quién pagaba la ronda y terminaban discutiendo porque alguien hacía trampas. De ahí salió el ‘chinotronic’, un aparato portátil del tamaño de una carpeta y que según la descripción de su página en Internet «elimina toda posibilidad de tramposerías y dudas en la honorabilidad de los participantes».

Antonio Ménendez ideó en 2003 un lavabo móvil que le evitara el suplicio en su rutina diaria de afeitarse, pues padecía dos hernias de disco; y Fermín Caraballo, desde Puebla de Sancho Pérez, diseñó en 2011 un camión antiincendios con la intención de innovar y alargar la vida de su empresa, que entonces estaba siendo golpeada por la crisis.

Una teja especial, una señal de tráfico de quita y pon, un brasero de aceite más seguro que el eléctrico, un dispensador automático de bombonas de butano, ... entre el año 2012 y 2015 Extremadura solicitó en la Oficina Española de Patentes y Marcas, que depende del Ministerio de Industria, Energía y Turismo, una media de 35 proyectos anuales, que suponen entre el 1% y el 2% del total nacional. En lo que va de 2016, hasta el mes de julio, ya se habían registrado 22 patentes de inventores de la región de las 1.661 recibidas de todo el país. Casi ninguna se convierte en éxito.

«Hay grandes ideas que mueren en un cajón porque no se patentan, y muchas patentes que igualmente mueren en otro cajón porque no se canalizan hacia el público», reconoce José Miguel Guerrero, de Los Santos de Maimona e involucrado en la comercialización de varios inventos extremeños.

Como socio de Domingo Panea, un funcionario de la Junta de Extremadura de Fuente de Cantos que tiene ya más de veinte patentes a su nombre, acaban de empezar a tocar puertas para dar salida a su última creación. Es un nuevo sistema de ahorro de agua para inodoros. La idea brotó en la cabeza de Panea cuando comprobó que después de hacer pis se desperdiciaba demasiada agua al tirar de la cadena, una acción que ocurre millones de veces al día. Entre otras cosas, antes había inventado una pistola que lanza guías dedicada a los electricistas y una caja fuerte inexpugnable para quien quiera tener a buen recaudo sus bienes.

Con el inodoro tuvo en cuenta que su público potencial es toda la humanidad. Según sus cálculos, si toda la población de Mérida –58.164 habitantes– instalara su inodoro en casa, durante un año se podría ahorrar toda el agua que contiene el pantano de Hornachos, pues los sanitarios más antiguos realizan una descarga de ocho litros después de orinar para renovar el agua, y los nuevos utilizan tres o seis litros, según el pulsador elegido.

Su sistema, que se basa en presión, no en gravedad, dispone de una célula fotoeléctrica sobre la que basta acercar la mano para activar el sistema y hace desaparecer el pis con solo medio litro. No solo se hace un favor al medioambiente sino que si tras esta acción fisiológica un hogar con cuatro miembros arroja al desagüe 110 litros diarios, con su invento la cantidad se reduciría a 10 litros, con el consiguiente ahorro en la factura del agua.

El invento está listo. Hay planos del sistema, un vídeo de demostración y un argumentario incontestable resumiendo sus ventajas. Ahora queda lo más complicado, fabricarlo y encontrar compradores.

Según José Miguel Guerrero, socio que le ayuda a «canalizar la idea», gracias al ahorro de agua que supone sería fácilmente subvencionable para todo aquel que quisiera conseguir uno, pues existen ayudas en esta materia. Ya han tocado a las puertas de Promedio, el consorcio medioambiental de la Diputación de Badajoz, y a las de la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente de la Junta de Extremadura. Panea y Guerrero tienen además en la agenda a varios ayuntamientos de la región que a priori estarían interesados en ahorrar adaptando sus cuartos de baño.

Zonas costeras y lugares con escasez de agua y mucha evaporación como los países árabes también están en su cabeza. Su deseo es que este inodoro se fabrique en Extremadura y así crear empleo, pero si no les queda más remedio se conformarían con vender la patente para que todo el expediente no quedara en el olvido, como ya le pasó con el brasero de aceite.

Juan Pajuelo con sus patentes, el 'Zumbite' y 'Chinotronic'

Juan Pajuelo con sus patentes, el 'Zumbite' y 'Chinotronic' / J.V.A

Según Domingo Panea, desde que inventó aquel brasero en 2002, cuyos planos se quedaron en un cajón por falta de financiación, se dio cuenta de que lo más complicado llega tras comprobar que el invento funciona. «Hace falta una labor comercial, músculo económico, que alguien arriesgue, monte un prototipo y después consiga una nave y se ponga a fabricar». De hecho, montó Extremanova con varios socios inversores (Ángel Reyes, Luis Fernández, Begoña Saban y María Isabel Guerrero) para mover todo el engranaje que hay que afrontar tras el registro de cada patente.

Hace falta mucho dinero para que un invento se abra camino. En esta idea está de acuerdo Juan Pajuelo, el inventor del ‘chinotronic’ y el ‘hielotronic’, este último ideado cuando después de una dura jornada de camarero dejaba de sentir el dedo pulgar por culpa de las pinzas para servir hielo. Su artilugio dispensaba cubitos sin apenas esfuerzo. Lo puso en su bar de Badajoz y cuando lo traspasó quisieron quedárselo, pero él dijo que no. Lo cierto es que lo tiene arrumbado en un trastero junto al ‘chinotronic’.

Pajuelo es secretario de la Asociación de Inventores y Futuros Inventores de Extremadura (Adifidex). Según dice, después de patentarlo nunca recibió ayuda para desarrollarlo. También inventó una especie de juego de preguntas y respuestas con el que solo ha ganado algo de dinero porque atraía clientes a su bar. Lo llamó ‘zumbites’, lo patentó pero ahí se quedó. «Cualquier asociación tiene un local subvencionado. Pero para los inventores no hay nada en la región. Hace falta que los organismos oficiales coordinen esta cuestión porque si llegaran inversores muchas cosas se podrían fabricar aquí y se crearían puestos de trabajo».

Para registrar una idea

En España hay dos vías principales para patentar una idea. Bien a través de un agente de patentes, o directamente en la Oficina Española de Patentes y Marcas, lo que obliga a hacer un trabajo extra, desde la redacción de una memoria a conocer todos los trámites, plazos y tasas de renovación, casi siempre desconocidos para el que llega por primera vez con una gran idea bajo el brazo. Además, hay que optar casi siempre bien por la patente o por el modelo de utilidad, que viene a ser una mejora de algo que ya existe. La otra diferencia principal es que la protección del modelo de utilidad dura 10 años, y la protección de la patente es de 20 años. También las de alcance nacional o internacional, más caras de proteger.

Juan Luis Fernández preside Adifidex. Ha patentado una farola portátil. «Patentar es muy sencillo, puede salir por unos 600 euros o bien hacerlo como modelo de utilidad y entonces cuesta 150 euros. Ser inventor es un orgullo, pero cuando ves lo que pasa por ahí se te quitan las ganas. Hay mucha gente que te quiere sacar los cuartos y te engañan, así que al final lo que hacemos la mayoría es que fabricamos nuestro invento y lo usamos solo para nosotros», explica desencantado.

Otro inventor extremeño que se ha dado de bruces con la realidad es Fermín Caraballo, que en su taller de Puebla de Sancho Pérez fabricó un prototipo de camión antiincendios con 180 lanzaderas que lanzan proyectiles con polvo de extintor. Su documentación no solo se atascó en el despacho de una funcionaria, sino que cuando fue cumpliendo trámites que le fueron imponiendo, como la construcción de un recinto pirotécnico, se topó con una última obligación legal, la de avisar con antelación de las detonaciones, lo cual desvirtuaba un invento destinado a emergencias. «¿Cómo voy a saber yo cuándo se va a producir un incendio? Ni que fuera adivino», se preguntaba.

Cuatro años después el camión sigue parado en su garaje. «Mi opinión es que si lo va a usar la administración porque es un bien social no necesitaría varios permisos. Hace dos años lo llevé a la feria de Zafra y los políticos no le hicieron ni caso. Si fuéramos americanos a lo mejor estas ideas saldrían adelante, pero en Extremadura es difícil innovar», dice este empresario que ha continuado ideando cosas, la última un túnel con biogás para neutralizar elementos contaminantes que ya ha patentado. «Me apunté al Club de Inventores de Barcelona y este año acudiré a una feria mundial en Corea del Sur. Iba a ir el año pasado, pero es caro y tengo familia y empleados que atender primero», contaba esta semana.

Normalmente quien inventa algo lo hace con una ilusión desbordante que va decayendo con el tiempo. Miguel Ojeda es un extremeño de Villafranca de los Barros que ahora vive en Valencia. Tiene 83 años y cuenta con cinco patentes diferentes. Solo una ha salido adelante a medias, la de un sistema de piñones concéntricos que van en una corona y que multiplican por cuatro la fuerza de los aerogeneradores de viento. Una empresa multinacional le compró el proyecto, según él, con la intención de que no lo adquiriera la competencia. Desconoce si han puesto en marcha su idea.

Ilusión que decae

Patentó otros inventos que se han quedado en el cajón, pero admite que se debe a que él no ha sabido comercializarlos. Habla de un vibrador para coger aceitunas que apenas daña el árbol. «Unos italianos vinieron a verlo para probarlo en Jaén. Pero cuando me dijeron que querían llevárselo para analizarlo les dije que no porque podían plagiarlo». La triteja también está entre sus inventos patentados, igual que un sistema de regadío por humedad o unas piezas que a modo de grapas se instalan en las ruedas del coche y sustituyen a las cadenas para circular por nieve. «En este caso vino a verme una empresa de Huesca que fabrica cadenas. Las vio, pero yo creo que como estas empresas grandes venden tanto no consideraron necesario cambiar».

Según Miguel Ojeda, cuyo hermano Antonio también patentó hace catorce años unas señales de tráfico de quita y pon que nunca consiguió implantar en las carreteras, «todo es cuestión de que caiga en unas manos que sepan venderlas, por eso muchas ideas mueren en los trámites. Yo soy inventor, pero no buen vendedor», reconoce.

Dinero para difundir

Domingo Panea, el autor del inodoro que ahorra agua, también tiene entre manos unas luces que van en los retrovisores del coche, patente que llevarán hasta la Dirección General de Tráfico, y hace años inventó un tipo de teja con soporte especial.

«Dos socios y yo la presentamos en una feria de Alemania. Nos dieron un premio y despertó mucho interés. Hicimos varios contactos, pero esto no es suficiente. Hay que montar una sociedad y después hace falta encontrar dinero. Es más difícil tener un socio que te financie que registrar una patente. De hecho, mucha gente ya ni se gasta el dinero en patentar. Hay que moverse, visitar clientes, ir a ferias.... Otro invento consistió en una pistola para impulsar guías eléctricas. Fuimos a una feria en Las Vegas (Estados Unidos) y un empresario se interesó, pero no teníamos dinero ni para ir a firmar un contrato. Patentar es barato, pero viajar es caro. Y con patentar para proteger la propiedad industrial no basta. Hay que patentar para fabricar».