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Incendios en el Jerte, los focos del cortoplacismo

LA semana anterior al inicio del fuego en la Reserva Natural de la Garganta del Infierno, un grupo de amigos y amigas habíamos estado disfrutando de las aguas y las sierras de aquella zona. Lo que más asombraba a los visitantes venidos de fuera era el mestizaje de paisajes y la convivencia con el medio. Las terrazas donde florecen los cerezos o la típica huerta veraniega («patín» para algunos paisanos) constatan las medidas de prevención contra la erosión y el buen aprovechamiento del agua. El monte y su vegetación arbórea o herbácea retienen las aguas necesarias para los meses de verano. La biodiversidad del monte salta a la vista. Pero trasciende a la fauna y la flora «visible». A poco que nos fijemos en el suelo de esta reserva contemplaremos una biodiversidad «invisibilizada», como son los organismos y pastos superficiales que hacen fértil un suelo y permiten comer a otros animales e insectos que facilitarán la polinización y disminuirán el riesgo de plagas. Elementos todos ellos interconectados en el presente. Y que antaño nos explican la integración sostenible de pastoreo, ganadería y laboreo en estas tierras.

Los incendios han dejado monte calcinado, perjuicios y beneficios económicos, amén de mucho humo real y mediático. Aquí quiero exponer brevemente lo que, en mi opinión, me parece más problemático. Por un lado, la inquietud de saber que habrá nuevos fuegos y nuevos humos en el horizonte cercano. Por otro lado, el reforzamiento de una economía de enfoque desarrollista, que se caracteriza por el «cortoplacismo» y el beneficio de unos pocos, y que considera que lo ocurrido en «un 2% del Jerte», como hemos escuchado a diversas autoridades, no tiene consecuencias para todo un territorio.

«Queda todavía muchísimo hermoso y bello por disfrutar», declaraba apresuradamente Guillermo Fernández Vara, que pedía también que no se sacaran «las cosas de madre». El turista convencional y la demanda de alojamiento parecían el centro de todas las preocupaciones, sin hacer valoraciones para el futuro ambiental y económico del Valle, del bienestar de su población. Por el contrario, hay riesgos para el turismo y para dicho bienestar que serán visibles en el medio plazo, en unos pocos años diría yo. Quemar intencionadamente una reserva natural, de la forma en que se ha hecho, es atentar contra ese ciclo armonioso que permite la supervivencia económica en el Jerte y provocar vertidos tóxicos a las aguas y a los cielos. Fincas privadas que arden simultáneamente en diversos focos, como ha ocurrido este verano, pueden estar representando intereses de quienes se benefician de actividades ligadas a la caza mayor y buscan desplazar o alimentar en sus terrenos piezas que se tornará en trofeos por 4.000 o 6.000 euros, según me comentan algunos lugareños. Piénsese que el dispositivo desplegado puede llegar a suponernos una factura colectiva de 30.000 euros por cada hora.

Detener estos incendios y avanzar en prácticas más sostenibles está en la mano de los extremeños y extremeñas. Recordemos que Extremadura es una región que dedica a la prevención y extinción 3 veces menos fondos (por hectárea) que regiones como Andalucía. Hagamos también menos viable la propagación de estos fuegos: más acento en la prevención, retomar iniciativas de pastoreo y mantenimiento de bosques y de sus accesos, dotemos a quienes están enfrentándose al fuego de apoyos y coordinaciones que eviten desastres como el acaecido en Gata el año pasado, introduzcamos una reforestación que detenga la erosión y apoyos para el aprovechamiento de nuestros montes de forma sostenible por parte de la población local. Desincentivemos el posterior aprovechamiento económico de estos fuegos y dotémonos de medios adaptados a la problemática para buscar responsables. Y en terrenos económicos aprovechemos el repunte de los problemas ambientales y los fuegos interesados para avanzar en economías que conjuguen bienestar y convivencia con el medio y con los recursos disponibles. El turista responsable, que es el turismo con futuro, buscará lugares vivos, donde convive la población, una cultura y unas costumbres abiertas a quien llega, una agricultura sostenible (sin tóxicos y que cuida sus territorios), un cuidado de los montes y de los entornos naturales que nos facilitan la vida.

Pero quizás el fundamental recurso que tendríamos que reproducir, en un mundo institucional y social absorbido por la inmediatez, sería el de pensar y actuar colectivamente en nuestros territorios, acercando las decisiones sobre incendios que apoyen economías más sociales, y encendiendo alarmas cuando alguien señale o justifique como camino un horizonte no habitable. El cortoplacismo y los intereses de unos pocos son, a mi entender, los principales focos que han hecho arder varios territorios extremeños este verano. Ojalá ampliemos nuestra mirada y trabajemos por economías sostenibles para la población y para nuestro hábitat.