Hoy

Guadalupe y la Iglesia

In memoriam

A José María González-Haba

COMO cada año, aprovechando la efeméride del Día de la Virgen de Guadalupe, y por ende de Extremadura, nos dirigimos a la opinión pública extremeña por medio de la tribuna que generosamente nos ofrece este diario, para informar a la ciudadanía del estado en que se encuentra la reivindicación que, desde hace más de una década, Guadalupex viene planteando para que se normalice el anacronismo histórico que representa la pertenencia eclesiástica de la Patrona de Extremadura, Santa María de Guadalupe, a una diócesis ajena a su territorio. Somos conscientes del tópico literario «con la Iglesia hemos topado» así como del alcance histórico del mismo, a modo de clara denuncia popular de la subordinación de la sociedad a los poderes de la Iglesia. Pero, afortunadamente, también somos conocedores de que, salvo excepciones, las actitudes y los comportamientos de la Iglesia actual nada tienen que ver con épocas pasadas.

La Iglesia que representa el Papa Francisco, es la Iglesia de la misericordia, es la Iglesia de los pobres, de las personas, de sus necesidades y preocupaciones, alejada de los dogmatismos, de las rigideces teológicas, de las estructuras decadentes, es una Iglesia que pone el énfasis en las «periferias» no solo geográficas, sino también existenciales. Es una Iglesia humilde, en la que el Papa es un auténtico pastor, que cuida de sus ovejas, y no un jerarca pendiente de las cosas terrenales, que se rebela contra las actitudes cerradas de la propia jerarquía católica, del alto clero. La Iglesia de Francisco, en definitiva, quiere ser testimonio vivo del mensaje evangélico, quiere ser una Iglesia pobre, para los pobres, que viva y cumpla con ese mensaje de amor al prójimo, de amor a los más necesitados y a los más débiles.

Frente a estos aires renovadores de la Iglesia Católica nos encontramos, como decíamos, con excepciones dentro de la propia institución, que son reminiscencias de un pasado rancio que pretende seguir conservando situaciones de privilegios y prebendas superados por el paso del tiempo, y a los que se aferran determinados prebostes como náufrago a tabla de salvación. En nuestro caso, nos encontramos con un alto clero toledano, son su arzobispo al frente, que frente al diálogo y la negociación que en todo momento les hemos ofrecido con el mayor respeto y consideración, siempre nos ha respondido con la callada por respuesta cuando no con el insulto y la descalificación. Para cualquier persona de bien, pero más para un católico, resultan lamentables estos comportamientos y actitudes por parte de tan cualificados representantes de la Iglesia, aunque sean marginales.

En nuestras reiteradas visitas a los prelados extremeños, la última antes del verano, siempre hemos encontrado una actitud de respeto, de comprensión y de compartir nuestros deseos e inquietudes, por considerar que son los de una mayoría del pueblo extremeño. Los tres obispos extremeños son sensibles a las necesidades del pueblo de Dios, en todo momento se han mostrado unánimemente a favor de resolver esta situación y nos consta que están trabajando conjuntamente para buscar una solución a este conflicto, que además de suponer un agravio para la ciudadanía extremeña, representa un grave inconveniente para su labor pastoral. El anterior obispo de Plasencia, en cuantas ocasiones tuvo oportunidad así lo manifestó, tanto en público como en privado, al igual que el obispo de Coria-Cáceres. La llegada del actual arzobispo, en línea con el espíritu posconciliar del Papa Francisco, ha supuesto para Guadalupex una bocanada de esperanza frente a los comportamientos antes comentados.

En cuanto al resto de instituciones sociales, políticas, económicas y culturales de nuestra región sólo tenemos motivos de gratitud por su unánime apoyo. La Asamblea de Extremadura, desde el más absoluto respecto a la independencia de la Iglesia Católica, ya se manifestó, por medio de su declaración institucional de 18/02/10, a favor de la dependencia eclesiástica de Guadalupe de una diócesis extremeña. A dicha declaración se sumaron las dos Diputaciones Provinciales, la práctica totalidad de las corporaciones municipales extremeñas, más de doscientas fundaciones, asociaciones cívicas y culturales, la mayoría de las casas regionales, y más de cincuenta mil extremeños, que con su firma quisieron manifestarnos su apoyo. También la máxima representación de los gobiernos extremeños, con independencia del signo político, han reclamado públicamente la normalización de esta situación.

Para muestra de este apoyo, recurro a dos citas: una, del actual presidente del gobierno extremeño, que en la Casa de América de Madrid, el día 8 de abril de 2010 dijo: «.ahora mismo tenemos a Guadalupe que está en la cabeza de Extremadura, pero el corazón está en la diócesis de Toledo, y nosotros sin nuestro corazón no podemos vivir. intentamos que la Iglesia nos entienda, con todo el respeto. Porque nosotros no queremos imponer nada, ni que nadie se sienta ofendido por nada. Pero Guadalupe tiene que pasar a una diócesis de Extremadura. Porque si no tenemos la sensación de que tenemos un corazón prestado. Y uno no puede vivir con un corazón prestado. Tiene que vivir con un corazón que sea propio». Otra, la del anterior obispo de Plasencia en la homilía de despedida de su diócesis el pasado día 22 de mayo: «Invoco de un modo especial la protección de la Santísima Virgen de Guadalupe, Patrona de los hijos de esta bendita tierra extremeña; esos que legítimamente desean que tenga su casa-santuario en la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz, el espacio común de la fe que el Papa San Juan Pablo II nos concedió para que fuéramos la Iglesia del Señor que camina en la Comunidad Autónoma de Extremadura». Pues, que así sea.