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Tatuajes en un hombre maduro. :: hoy
Tatuajes en un hombre maduro. :: hoy

El metrosexual ya es mayor

  • Depilaciones y tatuajes no son tan bellos a los 30 como a los 60

En verano se vive muy bien, pero se piensa muy mal. Da gusto estar en las terrazas, nadar en las piscinas o comer en las gargantas a la orilla del río, a la sombra del chopo. Lo malo es cuando tienes que pensar. Con estos calores africanos y devastadores, que no cesan, no crean que es fácil escribir con gracia y sentido y decir algo que no te parezca que ya está mil veces repetido. Con 40 grados, uno acaba pensando que ya no tiene nada que decir y no sé si es cierto o si solo se debe al calor y a su pariente consecuente: el sudor.

Sudo mucho porque soy muy peludo. Mi hijo me preguntaba al poco de empezar a hablar que por qué tenía hierba en la espalda. Afortunadamente, una mañana de agosto, dando un paseo por Ciudad Rodrigo, donde habíamos parado a tomar un café, vi en un escaparate una 'epimíster' y se me ocurrió regalármela de cumpleaños. Fue uno de los pocos caprichos espontáneos que no he arrumbado en el trastero. Con ella, mi mujer me depila tres o cuatro veces en verano.

La depilación varonil es algo muy común. Cuando se puso de moda, a mediados de los 90, escribí y viví un reportaje sobre el tema. Fui a una 'esthéticienne', me tumbé en su camilla y ella segó la hierba de mi espalda y de mi pecho con cera caliente y torturadora, mientras un fotógrafo dejaba constancia de la hazaña y yo gritaba a cada tirón. Nunca he vuelto a hacerlo. Aquella experiencia fue dolorosa y traumática. Sin embargo, esto de la 'epimíster' o como demonios se llame la maquinilla de afeitar vello, me gusta mucho porque me hace cosquillas y, mientras mi mujer me depila, me da un poco de risa y otro poco de gustirrinín, como si me acariciaran suavemente con piedra pómez.

A veces, me pongo trascendente, a pesar del calor, y pienso mientras me dejan el torso como al eunuco gordito de Juego de Tronos. Ayer, por ejemplo, me dio por imaginar cómo serán los metrosexuales, los modernos y los alternativos de hoy cuando lleguen a los 60 mañana. Porque claro, un joven depilado de arriba abajo con láser tiene su gracia y su atractivo a los 30, pero 30 años después, no sé, no sé. Mis amigas me recomiendan esa depilación por láser, pero yo la rechazo porque me gusta ser como las ovejas, con lana protectora hasta mayo y despejadito hasta octubre. Además, con láser, creo que mi propio cuerpo me daría grima cuando la flaccidez derrotara mis carnes y las adiposidades colgantes se mostraran blancas, alicaídas y sin pelo alguno.

Es como lo de las dilataciones en las orejas de los varones intensos. Como ustedes saben, esas actuaciones en el cartílago de la oreja huelen mal, tanto como si una señora se saca un pendiente y lo huele, pero multiplicado por diez. Así que o llevas la pieza puesta siempre o apestas un poco. No veo yo a un señor de 80 con dilataciones y si lo veo, me espanto.

Con los tatuajes, pasa algo parecido. Ahora, juveniles, tersos y vivos en el músculo lozano, da gusto verlos, hasta parecen obras de arte. ¿Pero qué pasará cuando el músculo decaiga, la piel se arrugue y el tatuaje parezca más una castaña pilonga que una mariposa? Después de los 60, todos los tatuajes parecen uvas pasas, higos secos, orejones o tomates deshidratados. Me contaba el otro día un viejo marinero gallego que los tatuajes de hoy son ridículos. «Ahora se pintan dragones, buitres, mujeres japonesas. Nosotros nos tatuábamos cosas serias. Mira el mío», me dijo al tiempo que se subía la camisa y me mostraba lo que él decía ser la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, pero que en su bíceps blandito y colgante me parecía más bien una arrugada ciruela de Elvas.

En todo esto pensaba mientras sentía los cosquilleos de la última depilación del año y ahora, leyéndolo, me reafirmo en mi creencia de que en verano, con los calores, se vive muy bien, pero se razona muy mal. A ver si llega pronto el puente del Día de Extremadura, que dicen que bajarán las temperaturas.