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Kevin, matador del área, se refresca en la banda. :: Jorge Rey
Kevin, matador del área, se refresca en la banda. :: Jorge Rey

Un año en el purgatorio

  • Descubriendo a Kevin, un pistolero que celebra los goles con arte

En el edificio de La Estrella, los vecinos somos gente sólida y jubilada, ergo, muchos vamos cada domingo a ver al Cacereño. A pesar de nuestra madurez y nuestra seriedad, a veces hacemos pequeñas locuras como vestirnos con camisetas de colores y calzonas para ir al estadio, algo que jamás se nos hubiera ocurrido años atrás, pero en estos tiempos, todo vale y si hay que llevar una camiseta con la silueta de Beyoncé, nos la ponemos y nos vamos al fútbol tan ricamente.

Ayer domingo, era día de calzona y camiseta. En la grada, se hablaba más de temperatura que de fútbol. Y aunque habíamos ganado cero a tres en Sierra de Fuentes, no crean que la afición las tenía todas consigo. Con ese escepticismo derrotista que nos caracteriza, el mensaje general de salutación venía a ser este: «Vamos a pasar calor, eso seguro, pero que veamos buen fútbol y goles es otra cuestión"».

Más optimista era Eladio Paniagua, pero claro, Eladio es de Coria, ejerce de corresponsal del Hoy en la capital episcopal y estaba en la grada muy contento con su familia porque su nieto Dani jugaba como segundo portero del Cacereño. Eladio es un hombre cabal que no se pone calzonas desde que era niño y se aprestaba a combatir el calor con el clásico remedio de dos botellas de agua mineral congelada. Y por la grada, en fin, abundaban los abanicos, los refrescos, los escotes, las piernas al aire y todo aquello que contribuyera a espantar el sofoco.

Lo que no se ha espantado es la ilusión. Parece increíble, pero se notaba más entusiasmo ayer en el Príncipe Felipe por jugar en Tercera contra el Arroyo que otros años por enfrentarnos en Segunda B a El Palo o al Peña Sport. Es lógico. Segunda B tiene el encanto de subir, es como el cielo prometido, pero luego te das cuenta de que eras más feliz en el purgatorio de Tercera. Segunda B es un infierno camuflado.

Después está el encanto de lo doméstico con sus querellas, sus cariños y sus cuentas pendientes. Enfrentarse a La Roda es luchar contra lo desconocido y la única gratificación que te produce la victoria son los tres puntos, pero si ganamos al Don Benito, no son solo tres puntos, es que yo quedo por encima de mis cuñados; si ganamos al Zafra, podré vacilar a mi sobrina futbolista; si derrotamos al Plasencia, me pasaré por la Redacción del Hoy en Cáceres a pavonearme ante los colegas placentinos. Y si ganamos al Badajoz. ¡Ay si ganamos al Badajoz! Pero no adelantemos acontecimientos, que aún quedan unas semanas, pocas, para ese partido.

En todos los partidos Cacereño-Arroyo que he visto, hemos ganado por algún gol de churro y sin demasiada justicia. El año que nos necesitaron para no descender, les echamos una mano... al cuello. Quizás sea por eso que el Arroyo es un equipo que visita el Príncipe Felipe con cierta resignación, como si viniera derrotado de antemano. Se nota, incluso en la actitud de los aficionados, un respeto exagerado. Algún año, el árbitro ha sido un punto casero y la afición arroyana disimulaba su indignación como si no quisiera molestar. Y así es imposible ganar.

El partido tuvo tanto sopor como el día. El Arroyo pudo haber sacado tajada, pero se volvió a repetir la historia, no lo acompañaron el árbitro ni la suerte y se fue de vacío. «Demasiado peloteo sin sentido», me comentaba un vecino en calzonas en el ascensor, ya de vuelta. Y sí, poca chicha hubo en el césped pero vimos goles y descubrimos un héroe, algo imprescindible para resistir. Nuestro nuevo matador del área se llama Kevin, es argentino, se pelea con los contrarios y hasta los embiste, y, cuando marca gol, monta en la banda un espectáculo muy logrado y llamativo, algo raro por aquí. Para mí que este año vamos a tener diversión. Se lo dije a mis vecinos, pero mis vecinos, por muchas calzonas que lleven por fuera, no cambian por dentro y son pesimistas. Es genético: no se puede ser aficionado del Cacereño y creer en el cielo. Como mucho, creemos en el purgatorio.