Hoy

Las elecciones más raras

Llega hoy, por fin, el 26-J. El día de las elecciones más raras que hemos vivido los españoles desde que hace casi cuarenta años se reinstauró la democracia. Raras porque hemos votado hace solo seis meses y la legislatura se ha consumido en unas negociaciones infructuosas. Raras porque los electores, al contrario de lo que ocurre en unos comicios normales, cuando hay ganas de ejercer el derecho a voto, llegamos cansados, hartos del blablabla de unos líderes políticos omnipresentes y cansinos. Llegamos a las urnas escamados del fracaso político escenificado en los últimos seis meses y desconfiados de que a partir de mañana lo sepan hacer mejor.

¿Nos llevará este estado de ánimo a votar de diferente manera que el 20-D? Según la riada de encuestas que nos han ido radiografiando la opinión de los españoles, no. Escaño arriba o abajo, y salvo sorpresas que tampoco hay que descartar, el Congreso de los Diputados estará tan repartido como hace seis meses y ningún partido podrá por sí solo formar gobierno.

La consecuencia inmediata es que, o los políticos se levantan los vetos cruzados que se han impuesto o estamos abocados a unas terceras elecciones. Una situación que no significaría solo hacer un ridículo mundial, como ha afirmado Mariano Rajoy, sino que abocaría a España a una crisis política insoportable. No puede suceder.

Todo el mundo coincide en que España debería tener un gobierno cuanto antes, pero está por ver si quienes tienen la obligación de propiciarlo son capaces de hallar un acuerdo de mínimos que lo permita. Se echan en falta políticos con capacidad de liderazgo para enfrentarse a los peligros de una etapa convulsa (piensen en el desastre desencadenado por un irresponsable David Cameron y su referéndum). Líderes que piensen más en el futuro del país que en asegurarse su supervivencia política tras los resultados que se produzcan esta noche.

El ascenso del nacionalismo

Líderes no como Cameron, que plantea un referéndum que divide el país para resolver sus problemas de partidos, sino como los añorados constructores de la Unión Europea. En estos días se ha tachado al primer ministro inglés de aprendiz de brujo. Se le ha acusado, y probablemente con razón, de haber servido en bandeja una victoria a quienes están deseando levantar unas barreras que tantos años, si no siglos, ha costado derribar.

El gran reto de nuestro tiempo es el ascenso del nacionalismo en toda Europa, incluida una España en la que también hay demasiados políticos y ciudadanos encandilados –y ahí está la paradoja– con construir unas barreras que hace muchos siglos que no existen. Que no existieron nunca incluso, más allá de la fantasía de los falsificadores de la Historia. ¿Cómo se puede criticar que los británicos decidan irse de la UE y aquí se apueste porque Cataluña, y cualquier otra comunidad que así lo pida, vote por salir de España?

No sé por qué, pero me resulta extraño que quienes claman por que Europa abra sus fronteras a los refugiados sirios, e incluso se ofrecen generosamente a acogerlos, empiecen a ver como a invasores que desnaturalizan su esencia a quienes proceden de Zamora, o de Almería, o de Las Hurdes.

El argumento que sostienen quienes defienden un ‘derecho a decidir’ que ahora se aplicaría en Barcelona, pero mañana se extendería a Bilbao, Coruña o Valencia o –¿por qué no?– a Málaga, es que votar es siempre bueno; que el pueblo se pronuncie es justo y democrático.

Y es cierto que votar es lo democrático. Pero a lo mejor votar cada una de las decisiones que se toman no es tan democrático. Un partido o un grupo de ciudadanos pueden proponer mañana que se vote la implantación de la pena de muerte, por ejemplo. Y hasta podría ganar la propuesta, con una campaña adecuada; o la expulsión de una ciudad de los inmigrantes; o la subida de impuestos. ¿Aceptamos que se vote todo y nos arriesgamos a que las pasiones y los prejuicios, más que las leyes que nos hemos dado democráticamente y que se han discutido y valorado de manera sosegada, sean las que determinen todas las decisiones políticas?

El Brexit abre la puerta a riesgos y a preguntas que nos atañen a todos. Las elecciones de hoy en España determinarán qué políticos serán los encargados de responderlas en los próximos años.