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Vara inicia su mandato dándose un baño de socialismo

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El nuevo responsable del Ejecutivo extremeño aplaude durante un momento del acto celebrado ayer en la capital autonómica. :: j. m. romero

  • Sánchez, Rubalcaba, Bono, Patxi López e Ibarra acompañan al nuevo presidente en su toma de posesión, celebrada al aire libre

Cuando el micrófono se apaga y ya nadie mira hacia el atril y las banderas planchadas, el presidente que acaba de prometer el cargo saluda con la mano por última vez, le da la espalda a la plaza pública, entra en la sede oficial y encara un túnel humano que tarda quince minutos en atravesar y le deja con un aire de penitente satisfecho. Cien besos rápidos y cincuenta abrazos, el más sincero y más largo de todos -cinco, seis segundos- el que le da a su hija Teresa, brazos apretando fuerte, mejillas enfrentadas y ojos calientes. Pagada la letra de los afectos, de vuelta al sol, en un patio de coches a la sombra, furgonetas y escoltas con gafas oscuras, Guillermo Fernández Vara es un hombre feliz de encontrar una pared sobre la que apoyar la palma entera de su mano izquierda. Tiene el traje manchado a la altura de uno de los hombros. Parece maquillaje. Mantiene la corbata roja y blanca en su sitio, pero por el cuello le van bajando gotas de sudor que empiezan a ensuciarle la camisa. Se autoconcedió esa mínima tregua ayer a veinte minutos para el mediodía, justo antes de subirse a la berlina de lunas tintadas y seguir con el guion de la primera mañana del primer día de su segundo etapa como jefe de la Junta de Extremadura.

Siete años, onces meses y cinco días después, Vara volvió a recitar esa letanía de párrafo único, de conciencia, honor y lealtad al Rey y a la Constitución. Prosa encorsetada que leyó al aire libre, porque así lo quiso él, que el día anterior, a través de Twitter, había invitado «a todos los extremeños» a esa fiesta en la que los satélites giraban en torno a su figura.

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Los precedentes

Unos cuantos de sus paisanos recogieron el guante. En esencia, todos los que cabían -varios cientos-, que son más que los entran en el patio noble de la Asamblea, donde él tomó posesión el 29 de junio de 2007, pero menos, o por ahí le anda, que en el Museo Nacional de Arte Romano, donde José Antonio Monago se regaló un abrazo colectivo hace cuatro años y tres días.

Ayer, a las 11.25 de la mañana, en una de las salas de la Asamblea de Extremadura, el expresidente caminaba hacia el lugar en el que le esperaban los periodistas a los que acababa de atender ese hombre que ahora le sucede igual que él le relevó hace una legislatura. Monago se abre paso entre una multitud de socialistas mientras Vara, a dos pasos, abraza y besa por doquier. Ahí, en esa foto de uno comentando que «bueno, son cosas de la vida, unas veces se gana y otras se pierde» y el otro entregado a un frenesí de admiradores más y menos correosos, se resume una parte de lo que sucedió ayer en Mérida.

«Un acto abierto, público y sin protocolo», anunciaba la convocatoria oficial. Abierto y público, totalmente. De protocolo, el obligado por la seguridad y los modales que vienen en los libros. Y de público, lo previsible: una parroquia de militantes y simpatizantes, aderezada con algún curioso y rematada por quienes estaban allí para trabajar. O sea, lo normal. De haber tomado posesión Monago hubiera sido lo mismo pero al revés. Un sábado por la mañana de un mes de julio y con amenaza de ola de calor, lo común es la piscina, el río, el parque o la cama.

Treinta minutos antes de la hora marcada para el inicio del acto, no era necesario ser Hércules Poirot para advertir que el auditorio se iba a llenar. El reclamo no era solo Vara. También sus acompañantes. Estuvieron Pedro Sánchez (secretario general del PSOE), el exvicepresidente del Gobierno Alfredo Pérez Rubalcaba, Patxi López, José Bono, Cándido Méndez, Rodríguez Ibarra... Todos siguieron la toma de posesión en primera fila. Ahí le escucharon al protagonista decir que la derrota de hace cuatro años le movió a dos reflexiones: no había que echar la culpa a nadie y debía convertir el mazazo en una oportunidad.

También dijo Fernández Vara que su «primera prioridad serán los excluidos sociales». Y que va a pedir verse con Mariano Rajoy para hablar en serio, porque «las reuniones con foto en las escalinatas de La Moncloa no valen para nada». Después repitió algo que ya dijo en cada mitin durante la campaña electoral: que aspira a «la igualdad de oportunidades, a que la vida de los hijos no dependa de la cuenta corriente de los padres». Citó a los maestros y a los alcaldes recién elegidos, le agradeció a Ibarra la presencia y lamentó «algunas ausencias que me duelen», dijo.

Se refería principalmente a una: la de su hermana María Lourdes, fallecida el pasado mes de noviembre a los 57 años, de un cáncer. Esa pérdida, y la lucha de cuatro años que le precedió, han marcado a Vara en este tiempo, que en lo político terminó ayer, 41 días después de la noche electoral. Ahora sí, ya es otra vez el presidente de la Junta, pese a que ayer tarde, en la web del Gobex, ese puesto seguía siendo para Monago. En otro desliz, el Gobex subió a su web una nota de prensa con el discurso de Monago. El enlace para leerlo estaba roto, y al rato hubo rectificación y ya aparecía el socialista y su intervención, incluida la cita directa a Fátima Báñez, la responsable de Empleo en el Gobierno central. «Ministra -le interpeló Vara-, Extremadura necesita que exista para todo el mundo, y tiene que existir también para el Gobierno». «Voy a ser muy exigente -añadió-, porque Extremadura, sin el compromiso del resto de España, no puede superar la tasa de paro del treinta por ciento. Solos no podemos».

Báñez declaró después que así será, que puede contar el Gobierno de Rajoy. Lo dijo en los pasillos, tras el acto, pionero por celebrarse en la calle, agradecidamente breve y en el que la poesía la puso Monago. En sentido literal. Leyó 'No te salves', del uruguayo Mario Benedetti. Unos versos que son un alegato contra el conformismo, elegidos por el líder del principal partido de la oposición extremeña para cerrar un discurso que algunos entre el público intentaron interrumpir con pitos. Se oyeron mediado su discurso, pero durante un suspiro. Y no le gustaron a Blanca Martín, la presidenta de la Asamblea, que alzó la mano para pedir silencio.

Abucheo tímido

El tímido abucheo ya lo había escuchado Monago al llegar al patio de los Naranjos. Fueron pocos, pero suficientes como para que todos en el lugar los percibieran. El expresidente inició su alocución felicitando al ganador, igual que hizo el 24 de mayo por la noche. Y saludando a la familia de Vara. La cerró volviendo a dar la enhorabuena a su sucesor.

Entre medias, leyó una carta dirigida a sus hijos Rodrigo y José María, de 11 y 13 años respectivamente. «Vuestro padre -dijo- ha cometido errores y aciertos, en eso consiste vivir». «La fortuna siempre sonríe al valiente», añadió Monago, en un texto que fue una reflexión general, con sus hijos en el primer plano y la región al fondo.

Tras él le tocaba intervenir a Fátima Báñez, pero por razones que no trascendieron, la ministra se ahorró el trámite. Subió Fernández Vara, recibido con un minuto de aplausos que él se encargó de cortar con un eficaz 'Vale, vale' acompañado de movimientos de manos. A partir de ahí, leyó lo que había preparado el día antes.

Se sentó a escribir el viernes en torno a las cinco de la tarde, y se levantó sobre las nueve. Con alguna interrupción de por medio. Llamadas de teléfono móvil para seguir perfilando su equipo de gobierno, el que dará a conocer mañana por la tarde. Dice que le faltan detalles, flecos. La sal gorda ya está en el bote. Y el trámite de la toma de posesión, finiquitado.

Apagados los micrófonos, atravesado el túnel humano de los besos y los abrazos y los apretones de manos y los autorretratos que ahora se llaman 'selfies', el nuevo presidente de la Junta se subió al coche y se marchó. Su plan era comer con su mujer, sus hijos y sus suegros en Olivenza, en el restaurante Casa Maila, y después, descansar. Por la noche tenía cita con su otra parroquia: los médicos, que ayer celebraron el día de su profesión. «No se qué ha aportado más, si el médico al político o el político al médico», había dicho por la mañana, al final de su primer discurso como presidente de la Junta, que cerró con un '¡Viva Extremadura!' y un '¡Viva España!

En este sentido, ha abogado por conseguir "lo que resulta casi imposible, dada la condición humana", que es caminar juntos para "no dejar a nadie en la cuneta".

"Me gustan mucho nuestras banderas, pero me gustan más otras, la que representa la escuela pública en un pequeño pueblo y las urgencias de un hospital, porque son las que representan la igualdad y por las que merece la pena vivir y luchar", ha concluido Fernández Vara.

Con anterioridad ha tomado la palabra el presidente saliente, José Antonio Monago, quien, a modo de carta dirigida a sus hijos, ha aprovechado para recordar que en estos años "ha habido buenos y malos momentos, que volveríamos a vivir de nuevo siempre que tuviésemos como compañeros de viaje a las mismas personas con las que hemos contado".

Dijo eso y se marchó a su sitio. Le dio dos besos a Blanca Martín y otros dos a Fátima Báñez, y le hizo un regate a Monago, al que dejó con el abrazo a medias. Fue un conato de abrazo porque Fernández Vara prefirió ceñirse a un cortés apretón de manos. En directo se vio bien desde la tribuna de prensa, que habría sido la entrada más cara en una corrida de toros. Y se apreció mejor en las imágenes de la tele. Después, Manuel Pajares cantó el himno de Extremadura. Y la gente le aplaudió. Y quienes siguieron el acto asomados a las cinco ventanas de la fachada lateral de la Asamblea se recogieron. Y el micrófono se apagó. Y nadie miró ya al atril y las banderas. Vara, etapa dos, día uno.