Hoy

Señales de alarma en el empleo

Nuestro principal desequilibrio, el insoportable desempleo a tasas superiores al 20%, que pareció encarrilarse gracias a que nuestra economía avanza por una senda de potente crecimiento, ha vuelto a lanzar algunas señales de alarma en agosto, cuando las listas del desempleo añadieron 14.435 parados más a consecuencia de la destrucción de casi 145.000 puestos de trabajo. Agosto es un mal mes, pero los datos de 2016 son peores que los de 2015, lo cual produce cuando menos desazón. Por más que estas cifras reflejen sobre todo el comportamiento fuertemente estacional del sector turístico, que está siendo excepcionalmente bueno este año y que precisamente por ello influye más decisivamente en las magnitudes macroeconómicas. También han contribuido al mal dato de agosto el sector público, en ramas como sanidad y educación, y otras actividades en los campos industrial, de la construcción, de academias privadas, de actividades artísticas, etc., que interrumpen su curso en verano. Es evidente que la destrucción de dos millones de empleos en construcción desde el arranque de la crisis está empezando a verse compensada con empleo generado por la emergencia del negocio turístico, que en esta temporada está actuando con especial ímpetu y que, infortunadamente, hereda la temporalidad y la precariedad de aquella actividad. Ello otorga al mercado laboral español una gran fragilidad, que lo hace sumamente sensible a los factores externos -la inseguridad en el norte de África- y por supuesto a los internos: la situación económica empieza a acusar el prolongado periodo de inestabilidad política que estamos padeciendo, y que sin duda influye en las decisiones de inversión, en la planificación de las compañías, etc. La crisis habría sido una buena oportunidad para que hubiésemos intentado modernizar nuestro modelo de desarrollo, basado todavía en el turismo, los rescoldos del ladrillo y la demanda interna, para intentar escalar posiciones en actividades de mayor valor añadido, que requerirían más esfuerzo inversor en I+D y en educación. En ambos capítulos la inversión ha caído por lo que hemos de resignarnos a vivir pendientes de la coyuntura y a estar sumamente expuestos a riesgos que no podemos controlar.