Hoy

Relecturas: penúltimos amigos

En el largo tedio de la veda, encontramos en el libro el íntimo consuelo para esa desazón inexorable. Obviamos la filosofía de nuestro ejercicio. Dejamos, pues, ahora la razón y el origen.

Don José Ortega es ya para nosotros la claridad y la justicia. Si cazamos ayer y lo hacemos hoy, él dejó claramente definidos nuestros motivos y razones. Imaginemos que las lucecillas, del arrabal por el que regresamos, titilan en los muros de los corralones de la humilde aldea; cuando, aún a pie, volvemos de la jornada de caza. Pensemos en el sereno hogar, con el son de la llovizna del ocaso en los canalones de la calle y en la tibia luz de la lumbre que ilumina el alcabor de la chimenea. Acariciamos la cabeza del fiel amigo, que ha venido a terciarse cerca de nuestro aposento de lectura y, a la postre, contemplamos los dos volúmenes que nos esperan sobre la mesita previa al fuego del hogar.

Cogemos uno, el más pequeño, que viene guardado en una suerte de petaca de tonos rojizos y con la identidad del autor y el contenido: «El cazador instruido y arte de cazar con escopeta y perro, a pie y a caballo». Su autor: D. Juan Manuel de Arellano, vecino de la villa de Herce, en el Obispado de Calahorra. Abrimos al azar: «De las propiedades que ha de observar y guardar el principiante cazador de escopeta, así de a pie, como de a caballo».

Un temblorcito de ternura nos hace sonreír al sostener en la mano este ejemplar delicioso del libro del hidalgo de Herce. Facsímil de la tercera edición del famoso título. Crepita el tronco de encina en el fuego, ronronea el can adormilado y evocamos al señor de Arellano, casaca, bicornio, botas altas, bolsa de cuero en bandolera y escopeta de avancarga en la diestra.

Volvemos a abrir al azar: «En los inviernos con escarchas las buscarás en los restrojos, y en lo más limpio se echan al sol.» (las liebres). Consejos de Don Juan Manuel que, maestro y amigo, orienta al novel y reafirma al experto. A veces el viento de la noche ulula y mece las ramas del naranjo y del almendro florido. Generosa compañía la de los libros de aquellos cazadores cabales de antaño.

Hemos dejado el librito del hidalgo riojano y abrimos el otro: «A mis amigos cazadores que, por descontado, no son gentecilla de poco más o menos, de los de leguis charolados y Sarasqueta repetidora.». Ya sabéis a quién sostengo en las manos. Hace la friolera de cuarenta y cinco años, cerca del salmantino Palacio de Anaya, me dijo: «¿Y qué haces aquí, chico?», «Estudio Filosofía y Letras, Don Miguel». «Pues eso, estudia, que ya cazarás más adelante». El libro, 47 de 'Áncora y Delfín', tiene ya gastadas las cubiertas sobre las pastas duras que lo albergan. Hay subrayados por doquier. «Sueño que me voy a dormir cuando veo un bando de perdices apeonando por la alcoba.». Pobre Lorenzo, debatido y deshilvanado entre Anita y su mundo de escopeta y Doly.

La noche se ha cerrado oscura y arrecia la lluvia de marzo. Parece que a veces una mano invisible moviera los troncos de la lumbre y, a veces, el perro se incorpora, envela las orejas y mira inquieto la ventana en la que el agua de la lluvia hace surcos.

Don Juan Manuel, hace tanto tiempo ya que nos dejó su sapiencia y, sin embargo, siempre tan lúcido. Y Don Miguel, diez años ya sin el consuelo de su textos magistrales, y una vez y mil veces más el placer de su relectura.

El cazador se ha levantado y ha dejado los dos libros sobre la mesita; se ha acercado a la lumbre y con las tenazas ha cogido una brasa y la ha acercado a la punta del tabaco. La caza es la soledad, la lluvia, las lecturas magistrales y el consuelo de sus consejos y de su prosa inigualable. El can bosteza y se estira. El cazador apoya su cabeza sobre la oreja del sillón, mientras expele una bocanada de humo y evoca, o sueña, una noche más, con lances y prosas.

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