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LA COLUMNA

La esencia de la caza

«En mis inicios como cazador, solía ir tras las 'rabonas' de la finca familiar, en compañía de mi maestro 'Emilio el pastor' y su perro 'Chato'. Era Emilio un hombre de aspecto afable, cuerpo pequeño y enjuto, con la cara curtida por las inclemencias del tiempo. Vestía ropa vieja y sus pies los protegía con unas albarcas de goma, cosidas con alambre. Emilio seguía como nadie las 'huélligas' del rápido lagomorfo y en su búsqueda portaba una vieja escopeta orejona que alimentaba con cartuchos de cartón recargados con pólvora negra, que al ser disparados escupían una espesa nube que difícilmente permitía ver la liebre para realizar un segundo disparo. No entendiendo el motivo de mis constantes fallos, que siempre subsanaba el maestro con un certero disparo, éste me explicaba que el secreto de la efectividad consistía en que al disparar, no solo había que esperar a que la liebre enderezara su rumbo y apuntar un poco por delante de su carrera, sino que además había que imaginarla entre unas sabrosas judías o en un exquisito arroz. Emilio difícilmente gastaba un cartucho en una pieza que no reportara más a su despensa de lo que suponía su costo, ni pensaba en cazar más de lo que pudiera consumir, antes de que se estropeara en la fresquera de su casa». (Diario de caza de mi padre). Corría el año 1945 cuando mi padre aprendió que la caza difícil y escasa contenía la esencia de su práctica, trasmitiendo a todos los que compartieron con él esta afición, que más satisfactorio que abatir una pieza, era poder decidir no hacerlo.

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