Hoy

tercera

Noche de calabazas en el Vivero

El delantero blanquinegro Joselu se lamenta de una ocasión del Badajoz que atrapó el portero Sebas, del Don Benito. :: J. V. ARNELAS
El delantero blanquinegro Joselu se lamenta de una ocasión del Badajoz que atrapó el portero Sebas, del Don Benito. :: J. V. ARNELAS
  • Badajoz y Don Benito dejan patente sus miedos en un sábado de tímidos sustos, pero de poca mordiente en ataque

Ni Badajoz ni Don Benito fueron capaces de hacerse daño. En una noche de miedos, blanquinegros y calabazones dejaron patente su respeto sobre el mejorado césped del Nuevo Vivero y se quedaron en un tímido intento de llenar la bolsa con el botín de los tres puntos. El Badajoz dejó escapar otra vez al Cacereño a cuatro puntos y el Don Benito siente el aliento de sus perseguidores en la zona de privilegio.

El Don Benito salió con los dientes afilados. Abraham Pozo se puso la máscara del miedo bajo la capucha y atemorizó a la defensa blanquinegra con sus apariciones. Cada vez que tocaba la puerta, el Badajoz elegía susto. Salvo el cabezazo de Pozo que se marchó alto, suyas fueron las primeras ocasiones del partido. Su sombra planeaba por el Nuevo Vivero bien secundado por el eterno Patri, incisivo e insistente por la izquierdo. Los de Agustín Izquierdo no sabían cómo desprenderse de esa tela de araña en la que parecía envuelto. Les costaba salir de la presión calabazona.

Hasta que Parada cogió su guadaña y empezó a rebañar todos los balones que se le ponían por delante. Vio claro que su equipo necesitaba un guía para que le iluminara en esta noche oscura. El Badajoz se había empeñado en hacer de Joaqui Flores el hombre invisible. Nadie le asistía ni siquiera le miraba y eso que en estos partidos de la recuperación se había erigido en una de las claves. Pero en la primera parte estuvo desasistido. Tampoco Chechu y ya es raro no verle con esa alegría con la que sube la banda derecha. Todo lo que intentó lo hizo por el carril izquierdo con Álex Herrera tratando de percutir sobre un muro de hormigón. Joselu se movía entre líneas y se dejaba caer a banda para que sus compañeros pudieran encontrar alguna fisura, pero Germán Rojas le tenía atado bien corto, pegado como una lapa.

Parada es el esqueleto de este Badajoz. Enfundado en ese traje blanco y negro miró a su lado y comprobó que podía estar tranquilo con Rodao. Es todo pulmón y coraje. Así que se mostró valiente para adentrarse en los callejones y amansar a la fiera. Dio un paso más. Sabía por dónde coger la calabaza y apagar su luz tenebrosa. Le bastaron dos sustos para recuperar el control. Primero con un remate entre una nube de jugadores que detuvo Sebas sin problemas. Y después al recibir de Gabri una dejada en la frontal y sin pensárselo lanzar un obús que tuvo que atrapar Sebas en dos tiempos.

Como por su derecha el Badajoz era una sombra sin apenas apreciar presencia alguna, Agustín Izquierdo metió a Adri por Chechu y retrasó a Álex Herrera. Por la izquierda era otra historia. Hasta David Gallego se atrevía a galopar. En una de esas arrancadas recortó a su marcador y soltó un soberbio chutazo que golpeó en el poste. El Badajoz quería despejar sus fantasmas, pero seguía agarrotado, como impresionado. Los otros dos cambios se entendieron menos en la grada del Nuevo Vivero. El Badajoz podía necesitar de la magia de Joselu y un chispazo suyo en cualquier momento podría electrocutar el mecanismo calabazón. Al Badajoz le viene de fábrica la obligación de ganar por eso tampoco gustó ese último con el 90 ya cumplido.

El Don Benito no perdía el sentido de su misión y mantenía la tensión de su inquietante zumbido. Así bajo ese soniquete, volvió a aparecer Abraham Pozo pero su disparo se le marchó por encima del larguero. Gonzalo también probó desde lejos y puso en apuros a Isi.

En ese intercambio de golpes, el Badajoz continuaba intentándolo. A Adri también se le fue alto. Luego le tocó a Jaume Vidal con un lanzamiento desde el vértice del área que fue a las manos de Sebas.

Era noche cerrada y cosa de brujas. Pero no aparecieron y el partido se convirtió en una castaña. Badajoz y Don Benito se repartieron los sustos y era el Cacereño el que aceptó el trato y recogía la recompensa.