La despedida perfecta

Contador, emocionado, posa con su segunda montera picona. :: efe
Contador, emocionado, posa con su segunda montera picona. :: efe

Contador culmina su extraordinaria carrera deportiva con la victoria en el Angliru, donde Froome ata su primera Vuelta

J. GÓMEZ PEÑA

Angliru. La imagen miente. La Cueña de las Cabres, ese recta vertical al 23 por ciento de desnivel, parece el infierno y es aún peor. Alberto Contador trepa recortado contra la afición, su gente, que le impulsa. Todos son Contador. Es su despedida. A lo grande. Se ha puesto el listón lo más arriba posible. En el Angliru. Esta cuesta del demonio se desliza bajo su barbilla. Gotea sudor, casi sangre. El dolor le muerde en cada pedalada. Eso también se entrena. Se consuela con la agonía de los que vienen detrás: Froome, que va a ganar por fin su Vuelta, y Nibali y Zakarin, que le van a quitar el podio. A Contador el cuerpo le protesta. No puede más. Pero le desobedece. Siempre rebelde. Su nombre le acompaña en la tortura; se lo grita la gente. Nota, ya casi en la cumbre, que la piernas se le cargan de hormigón. Es entonces, cuando ya no le queda músculo, cuando las ganas le abren camino. Resiste por apenas 17 segundos ante Poels y Froome, se cierra el maillot, se golpea el pecho y suelta su último disparo. El eco de la victoria de su adiós quedará aquí para siempre. «No podía despedirme mejor». Y se echa a llorar. Se va. Pero deja un legado: los niños ya no quieren ser ciclistas; quieren ser Alberto Contador.

A la primera Vuelta de Froome le falta sólo el paseo final por Madrid, pero antes tuvo que pasar por el Angliru. Al último día en la montaña de Contador no le faltó de nada: aguaceros, frío, la despiadada subida a la Cobertoria, el aterrador descenso del Cordal donde David de la Cruz se partió un hombro... Y, sobre todo, la etapa disponía de la levadura perfecta para el ciclismo de leyenda: Alberto Contador. No dudó. «He salido a por la victoria. La he buscado desde el inicio», contó.

Quería una obra maestra en su último acto. Notó en el descenso empapado de la Cobertoria que Froome tiraba mucho del freno. El líder no estaba dispuesto a arriesgar. Y ahí, cuando el tembleque se extendió paralizante por el grupo, Contador mandó cerrar los ojos a su fiel Pantano. Que se la jugara. Loco y hábil colombiano. Pantano, piloto suicida, le regaló a su jefe el medio minuto con el que ingresó en la puerta del infierno. El Angliru. La cuesta de su adiós.

Contador era un martillo. Fue clavando a los que osaban seguirle. La velada estaba reservada. Baile a solas. Y eso que la infernal pista, mojada, le obligaba a sentarse para evitar que patinara la rueda trasera. Más dolor para los muslos. Iba al rojo. Detrás, el Sunweb de Kelderman se vaciaba en su busca. A rueda, el Sky, inquebrantable, portaba a hombros a Froome, que no pasó ningún apuro.

Reacción por detrás

La emoción subía al ritmo de la cuesta. Contador, perfil de moneda, escalador puro, se metía provisionalmente en el podio. Kelderman perdía tracción. Nibali, con la palanca de Pellizotti, humeaba fatiga. Zakarin sí reaccionó, como Poels y Froome. El Angliru se reservaba lo mejor, lo peor, para la Cueña de las Cabres, el corazón rojo del infierno a 6 grados de fría temperatura. Detrás, todos se le acercaban. Poels y Froome ya le veían. Poels iba silbando. Trazaba las curvas por el lado más empinado. Froome seguía a su mejor guía. Directo al triunfo en la Vuelta. «Esto es lo más parecido al infierno que he visto», dijo el líder sobre el Angliru.

Pero ni el infierno pudo con Contador. Se sostuvo. Por él, porque era su final y, sobre todo, «por la gente». Hace tiempo que el madrileño corre para que le recuerden. Y no le basta que lo hagan por ser el vencedor del Tour, el Giro y la Vuelta. Aspiraba a más. A dejar su propia huella. Al placer de escuchar mientras viva eso de: «Con Contador las carreras eran más divertidas». Esa misión también la ha cumplido.

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