Versión bélica de Paco Ureña

Paco Ureña cortó la única oreja de la tarde. :: afp/
Paco Ureña cortó la única oreja de la tarde. :: afp

Una faena a sangre y fuego con un áspero toro de Cuvillo importa más que otra más sencilla y ligera con otro cuvillo de carril. Discreta confirmación de Luis David Adame. Espeso Castella

BARQUERITO MADRID.

La tercera corrida que Cuvillo lidiaba en Madrid este año fue distinta de las dos primeras y, en prueba de ganadería larga, surtida y diversa, en tipo pero abierta en distintas líneas. Un toro de carril, tercero de la tarde, con las hechuras distintivas del juampedro artista, ligeramente acarnerado, papadita y pechuga. El toro de Sevilla. Irresistible docilidad.

Un sexto de generosa culata, cornidelantero, muy bien rematado, de excelente son. Con más chispa que el tercero. Más encendido, pero de pareja nobleza. Un primero descarado, corto de manos, enmorrillado, pulido en dos puyazos que cobró echando la cara arriba pero peleando y de buen aire en la muleta. El único aplaudido en el arrastre. No el tercero, para el que sonaron incluso algunos pitos. Tampoco el sexto.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Núñez del Cuvillo.
uToreros
Sebastián Castella, silencio tras aviso en los dos. Paco Ureña, que sustituyó a Antonio Ferrera, oreja tras aviso y saludos tras aviso. Luis David Adame, que confirmó la alternativa, silencio y ovación.
uPlaza
Madrid. 5ª de la feria de Otoño. Veraniego. 17.000 almas. Dos horas y cinco minutos de función.

Un segundo burraco y escapulado menos toro que los demás. Menos cara, menos gana, menos plaza. Conducta irrelevante. Un cuarto de línea Osborne -el tronco cilíndrico- que flojeó de partida, se despabiló en banderillas y se movió luego. Más que manejable. Y un quinto harina de otro costal. Rabón, zancudo, blando en varas -dos puyazos soberbios de Pedro Iturralde, a caballo levantado el primero de los dos-, de genio áspero, dolido en banderillas, descompuesto de partida en la muleta, bélico y protestón en la corta distancia.

Estaba anunciado Antonio Ferrera como protagonista de esta corrida y de la feria. No pudo ser. Ferrera convalece todavía de la cornada de hace dos semanas en Albacete. Se eligió para la sustitución a Paco Ureña. Para él fueron los dos toros más dispares del sexteto. El de carril y el de pelea. Con el de carril se empeñó en una faena larga, de retórica expresión y, grave el gesto, teatral por tanto, sembrada de muletazos despatarradisimos de perfil o de frente en tandas de incuestionable firmeza. Una estocada desprendida, resistencia numantina a descabellar, un aviso, dobló el toro, una oreja.

Ureña pareció salir en su segunda baza con el solo propósito de cortar una segunda oreja. Meta, la puerta grande. Tal vez cegado por la idea, se peleó en una faena de combate, más agónica que dramática, sin apenas treguas, donde fuera y como fuera. Ni las embestidas descompuestas del toro en un arranque sin horma previa ni los cabezazos con que el toro respondió a los muletazos enganchados a media altura hicieron a Ureña pararse en barras. Puesto muy encima, Ureña pareció no dueño del toro pero menos vulnerable. Una tanda con la zurda no completa pero bien hilvanada. Cambios de terreno y mano, cara a cara. Sueltos, de nuevo, muletazos despatarrados en trazo de perfil.

No tomaba vuelo la cosa. Hasta que una cogida en terreno minado, una paliza monumental en el suelo de donde salió por su pie Ureña muleta en mano, vino a volcar a la inmensa mayoría. La vuelta a la cara del toro fue como el regreso del guerrero sediento de sangre. No solo la que llevaba en la taleguilla de seda canela. Una estocada a capón soltando el engaño y demasiado baja, un aviso, un descabello. Dejó de sufrir todo el mundo.

De modo que, después de ese suceso, la clara boyantía del sexto toro pareció un remanso de río y Luis David Adame, que había confirmado alternativa con el toro cornalón que por cara desigualaba la corrida y había sido castigado por el abuso de torearlo tan por y tan para fuera, se encontró de golpe con un clima de bonanza. Animoso, quitó por gaoneras, firmes y ajustadas las cinco del quite, y, sintiendo el cielo abierto, abrió faena de rodillas en la segunda raya. No consintió el toro entonces. Una tanda embraguetada con la zurda de inmediato. Otra rehilada en redondo luego. Y, en fin, muy encima del toro, sin distancia alguna, la opción temeraria de los cambiados por la espalda intercalados, aparatoso el gesto. Se dividieron las opiniones ligeramente. No entró la espada. La ocasión fue única.

Dejado de las musas, espesas las ideas, desgana apenas disimulada, Castella no dio pie con bola con el toro burraco, que pegó taponazos, escarbó y no paró de enganchar la muleta. Una faena maratoniana al cuarto, abierta brillantemente con la antigua fórmula personal -gavilla de diez muletazos con dos primeros cambiados por la espalda y el toro dejado llegar de lejos- y apagada casi de golpe, sin brújula, reiterativa, terca y plana. La espada que tantos triunfos ha negado a Sebastián en las Ventas entró las dos veces por el hoyo de las agujas.

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