Tres toros distinguidos de Baltasar Ibán

El mexicano Sergio Flores da un pase por la espalda a uno de sus toros de ayer en Las Ventas. :: EFE/
El mexicano Sergio Flores da un pase por la espalda a uno de sus toros de ayer en Las Ventas. :: EFE

Espada, premiado con la oreja del tercero, Sergio Flores cumple con un descarado segundo y Alberto Aguilar se despide de Madrid con un notable cuarto

BARQUERITO MADRID.

De hechuras desiguales, la corrida de Baltasar Ibán salió muy seriamente armada. Los dos primeros, bajos de agujas, escurrido el uno y llamativamente corto el otro, fueron toros muy descarados. Puro nervio los dos. El primero, muy geniudo, se blandeó en el caballo, esperó y cortó en banderillas, escarbó, midió y se frenó por sistema. Un toro muy difícil. El segundo, que se volvió de salida, galopó de salida -lances seguros de Sergio Flores para fijarlo y sacarlo de rayas afuera- y al caballo de pica acudió al galope también y pronto. Se agarró demasiado trasero un picador tan certero y preciso como Óscar Bernal. Una segunda vara trasera y demasiado severa vino a resultar algo lesiva.

Codicioso, fijo en los engaños, bravo estilo, este segundo resultó el más noble y el de más alegre son de la corrida. Fue el primero de lote de Sergio Flores, tantas veces de novillero en las Ventas cuando alumno distinguido de aquella generación de mexicanos recriados y recluidos en Valdemorillo. No había toreado de matador de alternativa en San Isidro. Trastos diminutos: capote ligero, muleta mínima. Pero con esa muleta pequeña le pegó al toro del estreno muletazos bonitos, ligados en serio y en tandas cortas de ajuste y asiento. Molestó el viento en los momentos más inoportunos. Aguantó Sergio entero dos parones del toro antes del remate de pecho. Y, atracándose, una estocada contraria que bastó. Buena impresión, firmeza. El torero de Tlaxcala conserva intacta su espontaneidad tan original. Es torero expresivo.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Baltasar Ibán.
uToreros
Alberto Aguilar, silencio y silencio tras aviso. Sergio Flores, saludos y silencio. Francisco José Espada, una oreja y silencio tras dos avisos.
uSubalternos
El Legionario picó al sexto por derecho y se celebró el detalle. Brega buena de Raúl Ruiz y José Daniel Ruano. Notables pares del propio Raúl, el Tito Robledo y Jesús Arruga.
uPlaza
Madrid. 6ª de San Isidro. 14.000 almas. Soleado, fresco, algo ventoso. Dos horas y diez minutos de función.

El cuarto ibán, escupido de la primera vara tras blandearse con fiereza, pero entregado y encelado sin dolerse en una segunda larguísima, fue toro a más en la muleta y sacó nobleza parecida a la del segundo. No la misma elasticidad. También el tercero, cumplidor en el caballo, y bien picado por David Prados, fue toro de buen juego y repetidor. En el remate de un quite por tafalleras a ese tercero, Alberto Aguilar remató con revolera de alta escuela. Alberto tenía anunciada para esta tarde su despedida de Madrid, porque este va a ser el año de su retirada y ese lance fue, después de todo, la marca mejor de su adiós a las Ventas. El aire tan violento del primero, la casta antigua de toro digamos frío y calculador, no consintió ni el menor alarde. Al público brindó la muerte del cuarto, que tuvo gobernado en la muleta, pero sin propiamente templarse. Al toro, celoso por la mano izquierda, se le quedaron cosas dentro. Cuatro pinchazos, tres descabellos. Costó cruzar el fielato. Pesaría la pelea tan entregada del toro en la interminable segunda vara, saldada con medio derribo del caballo contra las tablas y un picador descabalgado e inerme. Un capotazo de Sergio Flores y otros tres de Raúl Ruiz resolvieron la situación. El quite de la tarde.

De pobre nota los dos últimos ibanes. Cuarto y quinto se llamaban igual, Lastimoso. Pues ningún parecido ni en pinta ni en son, Sí la traza de toros largos y lustrosos. El quinto no se empleó en el caballo y solo pegó en la muleta cabezazos. Se defendía y protestaba. En el lote de Francisco José Espada se juntaron los dos de más romana. 570 kilos le dieron al tercero. 560 al sexto, que se volvió de salida y atacó de partida con ganas, llenando plaza. No se había visto en toda la feria picar por derecho un solo toro. Moviendo el caballo y citando de frente. Lo hizo El Legionario, picador de dinastía, de la excelente cantera de piqueros de Salamanca. Y lo hizo en una vara, la última de la tarde, que se celebró. Por la belleza de la suerte.

No por la entrega del toro, que se repuchó y fue, al cabo, un saco de problemas: por revolverse, descomponerse, apoyarse en las manos y soltar tralla. Espada, que había andado lindamente entonado, inspirado y templado con el tercero en faena habilidosa, improvisada y segura, trató en vano de someter al sexto en cortísima distancia y cruzado. Imposible. Muy amargo el trago con la espada. Se empeñó en atacar contra razón en la suerte contraria, soltaba el engaño antes de clavar o reunirse, llegó a afligirse, sonó un segundo aviso. Un final inesperado.

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