Román casi sale a hombros en Las Ventas

El diestro Román da un pase a su segundo durante el cuarto festejo de la Feria de Otoño. :: efe/
El diestro Román da un pase a su segundo durante el cuarto festejo de la Feria de Otoño. :: efe

Ingenio, valor, imaginación y desparpajo insuperable del joven torero valenciano con el lote de mejor fondo de una variada corrida Fuente Ymbro. Madurez de Joselito Adame

BARQUERITO MADRID.

Contra costumbre, se jugaron por delante los tres toros de más cara de la corrida de Fuente Ymbro. Abiertos de cuerna, los más astifinos, y no hubo ninguno que no lo fuera. Cerraron festejo los dos que desigualaban una corrida hasta entonces pareja. Un quinto atacado de carnes y tan corto de cuello que parecía no tenerlo, y un sexto de imponente alzada. Colorado el uno, castaño lombardo el otro. El toro que marcó la frontera entre las partes, el cuarto, fue el más bajo y corto de los seis. Tuvo de particular la manera de empotrarse contra el caballo de Héctor Piña en un primer puyazo largo y duro. Empotrarse sin empujar, una rareza.

Los tres que abrieron salieron de distinta condición. Y los tres últimos también. El que partió plaza, acochinado, picado al relance, suelto del caballo y toro de muchos pies, agresivo y artero más que celoso, sacó en la muleta estilo predador pero a la defensiva. Puesto por delante, no consintió ni el toreo de aliño de pitón a pitón. Y menos los toques al costado. Una alimaña de estirpe Domecq. No abundan. Pero las hay. Morenito de Aranda lo despachó de pinchazo, media trasera muy habilidosa y un descabello. Pitaron al toro. El garbanzo negro de la corrida. Garbanzo gris, digamos, fue el que se empotró contra un peto, estuvo a punto de sentarse a comienzos de faena y, desinflado de golpe, se puso incierto. Morenito, muy encima, no pasó del toreo de toques, bruscos a veces. Ganas de acabar. Y una de esas estocadas tan suyas que parecen sencillas pero no.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo).
Toreros
Morenito de Aranda, silencio en los dos. Joselito Adame, vuelta y silencio. Román, una oreja tras aviso y silencio tras un aviso.
Cuadrilla
Iturralde picó muy bien al sexto. Brega notable de Andrés Revuelta con el primero. Miguel Martín y Fernando Sánchez prendieron brillantes pares. Saludaron los dos.
Plaza
Madrid. Cuarta de la feria de Otoño. Estival. Almas. Dos horas y siete minutos de función.

Los otros cuatro fuenteymbros dieron juego. Cada uno de una manera, El altísimo sexto, armónicamente armado por delante, descolgó con distinción. De rico ritmo, el toro de la tarde, Estuvo a punto de cortarle no se sabe si dos pero seguro que una oreja un Román disparado y desatado pero templado. Tan dispuesto como siempre o más si cabe, listo para enroscarse el toro en el toreo en redondo en una melódica segunda tanda. Embraguetado en el toreo al natural con los vuelos en las dos series con que abrió faena sin pruebas.

Candor inmarcesible, resolución ciega para que la faena no parara de fluir hasta la última tanda, en que, pisándole terrenos, obligó Román al toro por abajo y en un palmo de terreno. Las variaciones intercaladas -cambios de mano y hasta una trincherilla que no cerraron tanda sino que la revolvíeron-, los pases de pecho a pies juntos y tirados hasta el hombro, un par de soberbios desplantes improvisados, una firmeza conmovedora: todo eso.

Todo, menos la espada: sin cuadrar el toro cuando el primer ataque para un metisaca, y, luego, una estocada trasera y defectuosa, el toro a tablas, ocho descabellos. Y adiós el sueño de la puerta grande, sueño de tantos. Del tercero de corrida, que en un mero gañafón le había abierto en canal la taleguilla a la altura de la ingle, ya llevaba el torero de Benimaclet una oreja cortada, y de ley, pues no fue sencillo el toro, franco por la mano derecha pero incierto por la izquierda, un poquito a su aire aunque sin soltarse. Solo con la espada dentro se pegó hasta las tablas de chiqueros una carrera imprevista. En el remate de un cambio de mano Román salió volteado brutalmente. Ni mirarse. Antes de la estocada, una versión genuina del torero de alarde: dos manoletinas, una arrucina y el de pecho, Más cerca imposible. Hubo clamor.

Los dos toros de Joselito Adame tuvieron en común la nobleza y, además, una querencia a tablas no del todo incorregible. En tenerlos lejos de querencia y desengañarlos estribó el mérito de las dos faenas de Adame. Y no solo. En saber tenerlos en la mano también. Al segundo lo toreó muy despacito de capa y muleta. Con temple e inteligencia: saber medir el toro a cada paso. Una apertura muy graciosa de toreo andado -recurso habitual en el torero de Aguascalientes- y un final por abajo y genuflexo de muchos quilates. Puro poder. Se protestó la vuelta al ruedo. Al gordinflón quinto, que se iba a tablas en cuanto encontraba vía, le buscó Adame las vueltas y las cosquillas, y lo acabó pasando como el que torea un mosquito. También la espada se fue dos o tres dedos de la línea que divide a los toros por el lomo en dos mitades.

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