Román concluye el año embalado

El diestro Román en la faena a su primer toro, durante la corrida de la Feria del Pilar de Zaragoza. :: efe/
El diestro Román en la faena a su primer toro, durante la corrida de la Feria del Pilar de Zaragoza. :: efe

Una faena de singular acento y otra de valor, sin remate puntual con la espada, confirman la ascensión del joven torero de Benimaclet

BARQUERITO ZARAGOZA.

El tercero de la corrida de Robert Margé saltó al callejón después de apenas haber lamido tablas y sorprendió sin defensa a cuantos estaban fuera de los burladeros. Con una resolución y una sangre fría extraordinarias, y corriendo inmenso riesgo, un arenero apostado junto a toriles tuvo el valor y el acierto de abrirle al toro una hoja del portón de corrales y cerrarle el paso. No se sabe cómo, apostado tras ella, aguantó un derrote de huida del toro, que atravesó las tablas de una cornada y al punto tomó el camino de vuelta a la arena. La cosa fue en cosa de quince segundos, no más.

El gesto del arenero fue mucho más que un quite providencial. El callejón de La Misericordia es estrecho, los burladeros que el toro se habría podido encontrar por el camino estaban llenos, y, fuera de ellos y a merced del destino, cuatro picadores y otras gentes. Jesús Arruga, el banderillero de Cariñena, que estaba junto al arenero cuando el salto, le pegó al resolverse el peligro un abrazo de los que no se olvidan. Tal vez porque solo un profesional del toreo, como Arruga, supo calibrar la dimensión del gesto.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Cinco toros de Robert Margé y un sobrero -3º bis- de César Rincón.
uToreros
David Mora, silencio y una oreja. Román, vuelta tras un aviso y palmas tras un aviso. Luis David Adame, silencio tras un aviso y una oreja.
uPlaza
Zaragoza. 2ª de feria. Templado, soleado. Plegada la cubierta, tres toros con luz artificial. 3.500 almas. Dos horas y media de función.

Al poco, David Mora, director de lidia, vino a felicitarle efusivamente y lo sacó a dar la vuelta al ruedo con él, no de su lado sino del de la cuadrilla, cuando celebraba su triunfo con el cuarto de la tarde, que fue, con el segundo, uno de los dos de buena nota de la corrida de Robert Margé, el ganadero francés, de Béziers, que, cuarenta años después de iniciar su aventura como criador de bravo, lidiaba por primera vez en una feria española de primera categoría una corrida de toros. De la línea Cuvillo-Santiago Domecq. Y un goterón de Cebada Gago.

Una señora corrida de toros, Cinqueños los seis, con la excepción del toro que saltó y que, lesionado tras un volatín completo y un puyazo que apenas pudo cobrar por estar ya roto, fue devuelto a corrales. El salto del toro, a querencia de toriles, tuvo lugar delante del burladero donde estaba Margé. El salto, el arenero, la edad, los volúmenes, el cuajo y las caras de la corrida y, desde luego, con el segundo toro de Margé una faena singular, preciosa, graciosa, atrevida y retemplada de Román. Todo eso puesto junto le dio carácter a la primera de las seis corridas en puntas de la feria del Pilar.

Solo que Román -variaciones, improvisaciones, ligazón, ajuste, firmeza, el toreo enganchado por delante y despaciosamente rimado- no remató con la espada esa faena tan luminosa. O sí la remató, de gran estocada por el hoyo de las agujas, pero precedida de tres pinchazos y un aviso. Hubo runrún de dos orejas. Y, al cabo, una aclamada vuelta al ruedo. Al pasar por un tendido de sol un paisano le echó de regalo una red de naranjas o quién sabe si melocotones de Calanda.

Una diferencia formidable entre el Román que vino a Zaragoza en abril para matar en la clásica corrida concurso un toro de Ana Romero y otro de Alcurrucén sin llegar a entenderse con ninguno de los dos y este otro de octubre y en el Pilar, que no solo se hizo sentir con el segundo margé, que se llamaba, por cierto, Luminoso, sino que se atrevió y se dejó ir con un quinto cornalón y bramador que pegó muchos taponazos y quiso soltarse de engaño sin éxito. Aunque la faena no tuvo el calado de la primera, la gente empujó la espada con el deseo.

La gente, pero no Román, que, al tercer ataque, la enterró por el hoyo de las agujas. Rodó sin puntilla el toro, que murió pegando bramidos en tablas y pareció resucitar antes de volver a rodar. Dos muertes en una. La muerte de ese toro de tan disparatada cuerna se la brindó Román a su cuadrilla siguiendo el antiguo rito de las corridas del Pilar. Todos a escena, seis o siete abrazos y hasta el año que viene. En esa cuadrilla ha progresado tanto como en su papel Román el banderillero valenciano Raúl Martí, muy competente.

Los toros llenaron

A la gente le gustó la corrida de Margé, porque, a pesar de su desigualdad de líneas y hechuras, los toros jugados tuvieron plaza y la llenaron. Muy alto el primero, que, noble, se acabó yendo a tablas; de buen son por las dos manos el cuarto, con el que David Mora se acabó acoplando al final de una faena morosa, a suerte descargada primero, arrebatada pero templada en dos últimas tandas; muy complicado un sexto grandullón que no llegó a ir metido en el engaño sino en contados muletazos sueltos y con el que Luis David Adame recurrió a su repertorio populista solo que encarecido por hacerlo con un toro que estuvo a punto de levantarle los pies del suelo unas cuantas bazas.

El sobrero de El Torreón, cinqueño cumplido, ancho y cabezudo, acalambrado, rebrincado y claudicante, fue deslucido.

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