Una rica faena de compás de Ponce

Enrique Ponce lidiando al segundo de su lote, al que cortó dos orejas. :: EFE / Juan Carlos Cárdenas/
Enrique Ponce lidiando al segundo de su lote, al que cortó dos orejas. :: EFE / Juan Carlos Cárdenas

Un toro dócil y pastueño pero no frágil de Juan Pedro Domecq y un trabajo de excelente ritmo, caro y sutil dibujo por la mano derecha y de toreo a ratos paladeado

BARQUERITO VALENCIA.

La primera mitad de corrida, bandeja de pasteles de Juan Pedro, duró casi dos horas. Se derrumbó dos veces el segundo después de picado y fue devuelto. Lo fue también el tercero, claudicante y derrengado. Perera apostó por el sobrero. López Simón corrió turno y acabó matando dos toros de casi 600 kilos. El sexto, segundo sobrero, de Parladé, con más cuajo que cualquiera de los siete juampedros vistos por delante. Y mucho más astifino.

No hizo falta ni arrear los bueyes para envolver los devueltos. El uno lo hizo dócilmente; el otro, por su cuenta. Un aviso para Ponce en el primero, que apretó en una primera vara y, sin ser propiamente ganoso, fue toro manejable. Perera le hizo un quite de ajustadas chicuelinas. En rayas y frente a toriles, Ponce lo gobernó con serena suficiencia. Muy montada la muleta porque se levantó entonces algo de viento. Faena maratoniana sin necesidad ni mayor razón. Le dieron los músicos casi tres vueltas al Morenito de Valencia.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Cinco toros de Juan Pedro Domecq -el segundo bis, sobrero- y uno, sexto, segundo sobrero, de Toros de Parladé (Juan Pedro Domecq Morenés).
Toreros
Ponce, que sustituyó a Cayetano, silencio tras un aviso y dos orejas tras un aviso. Miguel Ángel Perera, saludos tras un aviso en los dos. López Simón, oreja tras un aviso y oreja. Brillantes pares de Javier Ambel y Curro Javier.
Plaza
Valencia. 7ª de Fallas. 9.000 almas. Primaveral. Tres horas de función.

Pareció que a Perera le gustó el toro que iba a descarrilar enseguida y a volver a corrales. A pies juntos lo saludó en tablas con lances despaciosos. Suave fue en la muleta el trato que le dio Perera al sobrero. Con él se dejó ver en los medios, siempre empapado el toro en el engaño. Cuando vino el toro sin duelo y cuando tocó tirar de él, que fue durante la segunda mitad de otra faena mal medida. Por larga. Las dos tandas redondas y calientes -un bucle, un natural soberbio como remate- fueron las últimas. Una estocada caída y trasera. Y un aviso.

El torero valenciano, que repitió, salió a hombros junto a López Simón y el extremeño Miguel Ángel Perera se fue de vacío

Amigo de los largometrajes, López Simón también recibió el castigo de un aviso, y una oreja de compensación y de mérito, porque el toro, sexto de sorteo, de grueso calibre, los riñones a modo en la primera vara, imponía más que cualquiera de los cuatro soltados por delante. A este toro le hizo Ponce un quite gracioso por delantales, pero salió aperreadillo de una media revolera de remate que el toro tomó codicioso. Toro de bondad pareja a la de su tamaño, las fuerzas justas. Se animó con él López Simón en una primera parte de faena pensada y resuelta, firme la planta, suelto el brazo, bien templado. Hasta que el torero de Barajas optó por acortar distancias, meterse encima y asustar a la gente. A toro arrancado, y en recurso forzado, una estocada inapelable. Casi dos horas para ver todo eso, incluido el paseíllo, a cuyo término sacó la gente a saludar a Ponce. Ponce se aupó al cartel como sustituto de Cayetano.

La joya de la corona

A manos de Ponce vino a parar no la joya de la corona, pero sí uno de esos toros de Juan Pedro que, por pastueños, llegan a parecer de peluche, el toro de juguete, el fuelle indispensable, la música del minué. O sea, un artista. El toro soñado que, en manos de Ponce, y en ese terreno de rayas adentro donde tanto se divierte y juega, fue como un caramelo de algodón americano. Acaramelada la embestida, que fueron muchas. Ponce las acarició a placer, compuesta la figura untuosamente. Faena prolija, abusiva porque el toro hizo amago de rajarse, y se rajó, pero no del todo, y la obra estaba hecha y sobrada bastante antes de que sonara un aviso. Un aviso antes de cambiar Ponce de espada.

No menos de diez, once o doce tandas. La última de rodillas, espaldinas con abanico; la penúltima, de abalorios, los muletazos en cuclillas circulares que son la cruz y el desdoro del llamado buen gusto torero. Antes del aviso, y antes de tan impropio final, Ponce toreó con la mano derecha en recreo constante y fiel a su doctrina: madejas sedosas, precisión geométrica, la costumbre del cambio de mano para abrochar el toreo en redondo, los molinetes de apertura que son un blindaje antes de ofrecer la zurda, el cartucho plegado, el compás. Al cabo de los treinta viajes el toro echaba los bofes, el gesto rendido y manso, descascarillado. Sin contar el empachoso postre, el ritmo de la faena fue de gran armonía. Una estocada sin puntilla.

A las siete y cuarto de la tarde, ya era de noche en Valencia, salió Perera a vérselas con un quinto de amplia culata. Salida entre arrolladora y atropellada: cuatro lances de rodillas en tablas, dos más en las rayas, delantales, una media a pies juntos soberbia. Arriba el toro en banderillas -aunque se quedó con un palo en la mano, Curro Javier prendió ese medio par, que fue monumental- y un arranque de faena -de largo, en los medios, cambiados por la espalda- que no iba a convenir al toro sino a descomponerlo, a avisarlo y hacerle adelantar por la mano izquierda, a no darse en la muleta. Perera quiso traerlo de largo y tampoco eso sirvió. Un último rizo de ochos encadenados. Cinco pinchazos y entera en los blandos. El quinto aviso de la tarde.

El sobrero, que no pudo con el caballo de pica aunque lo intentó. se encontró a López Simón tan fresco, calzado y no descalzo, entregado, de rodillas y en la vertical, descarado y bien seguro. En línea el dibujo al natural, más logrado el toreo en redondo. Y una estocada de gran corazón.

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