La revelación de Pablo Aguado

El diestro Pablo Aguado da un pase a su segundo toro. :: efe/
El diestro Pablo Aguado da un pase a su segundo toro. :: efe

En la segunda corrida de su carrera como matador de alternativa sorprende con un toreo de quietud, ritmo, inteligencia y sentido clásicos. Corrida distinguida de Torrestrella

BARQUERITO SEVILLA.

La hermosa corrida de Torrestrella fue, por fondo y estilo, de tres y tres. Tres toros de notable condición, pero bastante distintos entre sí. Y otros tres de poco o raro juego: el primero, por distraerse y aplomarse; el cuarto, por descompuesto y escarbador tras un prometedor arranque; y el quinto por su noble, pero mansa y floja desgana. De los tres notables, el segundo fue el más completo en varas de toda la corrida; el tercero, que cabeceó con genio en el caballo, descolgó en la muleta y, aunque un punto tardo, se acabó entregando; el sexto, apenas picado y al relance, hizo buena salida del caballo y fue, banderillas en adelante, el de mejor nota. Nota casi constante de la corrida fue su emoción. Caprichos del sorteo: con el segundo se levantó la liebre, con el tercero se calentó en serio la cosa, por difícil el cuarto tuvo a la gente en vilo y tras el paréntesis del quinto -el de menos interés de los seis- se vivió con el sexto, y con luz artificial, una fiesta de muchos quilates.

En corrida de acusada personalidad fue protagonista muy relevante Pablo Aguado, tercero de terna, que solo el pasado septiembre tomó la alternativa aquí mismo, en la Maestranza. Esta de Torrestrella era solo la segunda corrida de su carrera. Carrera de novillero no se sabe si de vocación tardía. Con 23 años debutó con picadores en Olivenza. Con 25 la alternativa. Con 26 cumplido el pasado enero este compromiso de Sevilla, que es su tierra, saldado como un verdadero aldabonazo. Un éxito rotundo. Con su carga de sorpresa porque nadie se lo esperaba ni tan firme, ni tan templado, ni tan capaz. Capaz de pensar, de poder, de atreverse y de interpretar sobre la base del repertorio clásico. Imposible torear con mayor quietud o encaje, como atornillado en las reuniones todas, pero suelto de brazos, perfecto el juego de cintura justo en el momento de la reunión. Torear con los riñones metidos y ajustarse lo indecible produce un irresistible efecto plástico. Y ligar sin ventajas. El ajuste con el excelente y serio sexto de Torrestrella contó con el favor del toro, abrochado de cuerna; con el tercero tocó arriesgar muy en serio porque no estuvo claro el toro hasta no sentirse sometido y descolgar entonces. El ingrediente del valor fue idéntico en las dos faenas, pero las dos fueron distintas. La del tercero, de mucha mano izquierda en todos los sentidos: toreo al natural y listeza para manejar terrenos, modos y distancias. En la del sexto, vivida con sonoro clamor -el clamor tan singular de la Maestranza-, abierta con una soberbia tanda de cinco doblones, el de pecho y el natural, fue la mano derecha la que llevó el timón. Toreo en redondo a suerte cargada, pases de pecho monumentales, sobrios adornos con cambios por delante, la trinchera vazqueña de apertura en la primera de las tandas, que obligó a la música a arrancarse sin remedio. De frente o dando el medio pecho, el encaje impecable. El ritmo sin pausas de las dos faenas fue contagioso. Se sintió como una revelación. Dos pinchazos y una entera caída dejaron sin premio la difícil faena primera. La del sexto, brindada a Curro Romero, tuvo al segundo intento el colofón de una estocada a volapié soberbia. De modo que en el catálogo de los toreros de refresco y novedad -más necesarios que nunca- hay que apuntar el nombre de este Pablo Aguado.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Torrestrella (Herederos de Álvaro Domecq y Díez).
uToreros
Javier Jiménez, silencio tras aviso en los dos. Lama de Góngora, saludos y silencio. Pablo Aguado, saludos y una oreja.
uPlaza
Sevilla. 3ª de abono. 4.500 almas. Oleado, fresco y ventoso. Dos horas y cuarto de función.

El cartel era el único del abono con terna de toreros sevillanos. Lama de Góngora, nacido y criado en el Arenal, volvía a la Maestranza tras casi dos años de estancia en México y toreando en los estados. Fue tratado con más sensible afecto que antes de la partida. Buenos lances en el toro del regreso, tan bravo en varas, y una faena de muleta de lindo arranque -toreo en redondo acompasado, bien rematado- pero declinante cuando Lama quiso torear con la mano izquierda. El quinto no se prestó a casi nada. Defectuosa espada.

Javier Jiménez se embarcó en dos faenas demasiado largas o espaciadas no se sabe si por capricho o necesidad. A las dos les sobró un último tramo. En las dos fue sensible el buen manejo del toro, del primero, bondadoso pero aplomado y a su aire, y del cuarto, que, descompuesto después de banderillas, tuvo su chispa fiera hasta a la hora de frenarse. A los dos tuvo que torearlos con viento levantado.

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