Ponce seguirá soñando con Logroño

El torero extremeño José Garrido con el segundo de la tarde, al que cortó una oreja. :: efe/abel alonso

José Garrido y Adame lograron una oreja por coleta en una corrida de Juan Pedro en la que salió un superclase El valenciano pierde un gran triunfo tras un bajonazo imperial después de una faena con aroma a dos orejas

PABLO GARCÍA MANCHA

logroño. La tuvo Enrique Ponce en la mano, a un milímetro, como nunca de cerca. Atisbada, soñada y casi acariciada la puerta grande de La Ribera como nunca en su carrera. El único gozne del orbe taurino que se le resiste a girar sigue impasible a su paso feria tras feria a pesar de que esta temporada las suma por docenas. Pero Logroño, no. En esta plaza parece que se tienen que concitar un millón de conjunciones astrales para que el diestro de Chiva obtenga el pasaporte de una puerta que en realidad es imaginaria.

Parece una confabulación, la única puerta que le falta en realidad no existe porque la moderna arquitectura de nuestro funcional coso la soslayó, pero Ponce seguirá soñando con ella al menos un año más.

Toros
Toros de Juan Pedro Domecq, de desigual presentación y juego. Destacó por encima de todos el lidiado en segundo turno, 'Ordinario', nº 128, de bellísima lámina y que fue un auténtico superclase. El primero se escobilló el pitón derecho. También tuvieron nobleza el tercero y el sexto. El quinto se lesionó en los primeros tercios y en el lote de Ponce sobresalió el segundo, un astado con muchos registros en la muleta.
uToreros. Enrique Ponce
silencio y oreja. José Garrido: oreja y silencio. Luis David Adame: oreja y silencio.
uPlaza
4.000 personas. Se guadó un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de México. 3ª de abono.

Una de las conjunciones que quizás faltó ayer es la que se pudo dar si Enrique se hubiera encontrado con 'Ordinario', el segundo 'juampedro' de la corrida. Un toro sencillamente excepcional, bellísimo, largo, bajo, de caña fina, con su morillo apretado y dos pitones corniapretados que coronaban un cuello interminable.

Lo mejor del festejo fue la voluntad de Ponce por agradar en una tarde de maestroLo peor fue que el cartel de la corrida no estuvo a la altura de La Ribera

Le tocó a Garrido, sustituto sobrevenido de Antonio Ferrera que a su vez iba a tapar el hueco de Morante. No quiero ni imaginar si hubiera caído en suerte al de la Puebla, aunque soñar es un ejercicio de libertad y es uno de los escasos refugios que le quedan a la afición de este arte incomprendido.

Sea como fuere, el caso es que le cupo en suerte a Garrido y obtuvo una oreja por el gran espadazo con el que lo despenó. La faena fue pulcra, limpia, con buenas series por ambas manos de un torero que camina por la senda de lo barroco y de la máxima intensidad, pero que se quedó a años luz de la calidad del toro. Un astado para soñar el toreo, para abandonarse, para rizar el rizo, ese que cuando se riza provoca en los aficionados contracturas del alma.

Así que Ponce no le tocó el gran premio de la corrida y tuvo que sacar su asombrosa técnica para cuajar una gran tarde de toros ante dos astados medios. El coloradito primero -que se escobilló un pitón- no tuvo fondo alguno y el de Chiva se lo trabajo afanoso por ambos lados con la muleta a media altura.

Sin embargo, con el cuarto dio una lección de colocación, sitio y entrega. Hambre voraz en un tipo que dio la cara, que le buscó las vueltas a un toro que tenía cierta claridad para lancearlo en redondo pero que careció de entrega por el pitón izquierdo. Para el aficionado fue un placer contemplar a Enrique entregado, limando las querencias del animal y jugando con las alturas de la muleta para tocar al toro un poco por arriba, casi con el estaquillador, y llevarlo cosido con el fleco del vuelo al final de cada lance. El espazado emborronó la obra y posiblemente la anhelada puerta imaginaria, pero el valenciano marcó una diferencia abismal entre su compás y el de sus dos compañeros de terna.

Luis David Adame, que se presentaba en Logroño, obtuvo una oreja como resultado de la conmoción de la voltereta que recibió al cobrar la estocada. Estuvo entregado el joven mexicano pero no más, apenas nada más. En el sexto, el toro de más peso y de menos trapío del envío de Juan Pedro, volvió a demostrar sus evidentes carencias. Llegó a Logroño metido por el calzador de la alianza empresarial de la empresa Chopera con el mexicano Bailleres pero no fue capaz de justificar su entrada en semejante cartel.

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