Roca Rey y Ginés Marín, pelea secreta de gallitos

El diestro Ginés Marín, durante su actuación en el primer festejo de la feria de Semana Grande, con toros de Zalduendo. :: efe/
El diestro Ginés Marín, durante su actuación en el primer festejo de la feria de Semana Grande, con toros de Zalduendo. :: efe

Se barrunta una competencia provocadora entre Roca Rey y Ginés Marín como toreros primeros del relevo que viene. El primer capítulo fue poco relevante

BARQUERITO SAN SEBASTIÁN.

La corrida de Zalduendo que cerró hace un año la Semana Grande fue bastante mejor que esta otra que abrió ayer abono. Ni las hechuras ni el trapío ni el cuajo ni el son de entonces. No de toda la corrida, pero sí de una mitad más que suficiente. Roca Rey asustó al miedo aquella tarde, la de su presentación en Illumbe, y Talavante y Castella también. No fueron parejos los seis zalduendos de la última edición, pero hubo tres en tipo. Y tres cornalones.

En el tipo más o menos infalible de la ganadería saltó esta vez tan solo un toro, cuarto de sorteo, 500 kilos, rico cuajo, poderoso cuello, cuerna apaisada. Solo que ese toro tan bien hecho -sin contar la cara tan abierta- dio enseguida muestras de flaqueza. Un frágil tambaleo, amagos de claudicar, equilibrio inestable. Morante lo había saludado en tablas con dos bellos y aparatosos lances de manos altas, pero enseguida hizo gestos de contrariedad.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Zalduendo (Alberto Baillères). El quinto, sobrero.
uToreros
Morante de la Puebla, silencio y pitos. Roca Rey, una oreja y silencio tras aviso. Ginés Marín, saludos en los dos.
uPlaza
1ª de Semana Grande. Cerrado el párpado de cubierta, ambiente cargado, se abrieron varias puertas para ventilar. 5.500 almas. Dos horas y veinte minutos de función.

El toro se empleó en el caballo, y en la primera vara mejor que cualquier otro, pero salió del puyazo apoyándose en las manos. Fue más el querer que el poder. Derrengado de cuartos traseros, muy codicioso. José Antonio Carretero le pegó no menos de quince capotazos de brega. Hacía tiempo que no pegaba tantos. Todos buenos, pero demasiados. Del segundo puyazo, apenas señalado, salió el toro más que acalambrado. Arrastraba una pata, la izquierda.

No llegó a caerse, pero la gente reclamó la devolución. Por frágil, y por perder las manos, ya se había devuelto el segundo de corrida. Este cuarto pasó la aduana. Morante le pegó cuatro hermosos muletazos de tanteo, por alto y ayudados, muestra linda del toreo a dos manos. Estaba por saberse si el toro iba a empeñarse, pero solo la segunda vez que se descaró Morante se le vino a la barriga y se acabó la película. Media docena de muletazos no de pitón a pitón sino de tocarle los costados al toro. La mayoría los tuvo por un desaire o un renuncio. Todo antes que aburrir: es máxima que Morante cumple fielmente. Creció un ambiente de bronca contra el torero. Tres pinchazos, media caída. Y adiós.

No se sabe si la gente estaba en los toros por Morante, que es torero con clientela propia, o por Roca Rey, y esperando al mismo Roca Rey de hace un año, o por Ginés Marín, que venía de novedad rigurosa en su temporada rampante. El primero de corrida, el más justo de todo de los seis, se vino abajo a las primeras de cambio pero se llevó la firma de cuatro lances de Morante de buen compás y una brevísima faena entre inspirada y desganada rematada con un recorte por abajo muy singular.

Entre toro y toro de los turnos de Morante libraron sin apenas eco ni ruido una especie de pelea de gallos Roca Rey y Ginés Marín. Son los dos gallos del escalafón que viene. Ginés, enrachado, y eso se dejó sentir desde que se hizo en plaza. No parecía el mismo de hace un año Roca, tan castigado por los toros el curso pasado y nada más arrancar este verano: serios percances en Badajoz y, en la corrida de la reaparición, en Pamplona hace poco más de un mes.

Al enterrar pitones se lastimó el primero de Roca Rey, el toro devuelto. No se jugó entonces el sobrero -un temible cinqueño, feo con ganas, frentudo, cornipaso, descarado, mazorcas bastísimas- sino que se corrió turno. El toro corrido era cinqueño también y tuvo trato. Marín quitó en su turno por saltilleras -una suerte de capa que el propio Roca Rey desempolvó del arca el año pasado- y Roca replicó con un atrevido quite capote a la espalda y mixto, abrochado con revolera y un desplante de su repertorio. Ya no volvieron a verse las caras porque el sobrero que escarbó y hasta pareció afligirse no invitó a nada ni a nadie.

Los dos mejores zalduendos

Los dos zalduendos de mejor aire fueron segundo bis y tercero. El segundo, por noble; el tercero, por son, el de embestidas más claras y largas.

Roca y Marín cumplieron con su papel. La faena de Roca, abierta con dos o tres temeridades -cambiados por la espalda apurando la reunión-, fue de aire circunstancial y ligero. Tuvo por mérito escondido su facilidad y, por escaparate final, un alarde de toreo encimista pero sosegado. El juego fue perder pasos con oficio, y hacer rodar la cosa para mantener a la gente en tensión. El toro, a menos, acabó rebotándose al venir a engaño.

Ginés acertó al ir abriendo al tercero de corrida, único colorado de envío, el más largo de los seis o siete, y llegó a mecerlo en muletazos de asiento y dibujo, muy caligráficos. Cuando esa faena perdió de repente fuelle -exceso de pausas-, Ginés optó por la vía popular: bernadinas desangeladas, un molinete de rodillas y, en fin, el de pecho, excelente. Roca mató de pinchazo en los bajos y media lagartijera. Marín, de tres pinchazos y una sobresaliente estocada hasta el puño.

Roca tumbó al quinto de estocada ligeramente tendida y cinco descabellos. Marín, de media y descabello al sexto. Ninguno de esos dos toros se prestó a mayores glorias. El sobrero, por lo mucho que escarbó sin disimular su intención de rajarse. El sexto, con el que Marín abrió faena en una hermosa tanda de muletazos genuflexos, porque, muy justas las fuerzas, se quedó cortito al cabo de apenas diez viajes. Entre pitones se plantó Marín en un trabajito para la galería.

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