Manzanares y Diego Carretero salen a hombros en Alicante

BARQUERITO

Alicante. Tres toros de condición sobresaliente de una corrida de Juan Pedro Domecq que ni pintiparada. Terciados, golosos, lindos, reunidas las caras con sus puntas, las fuerzas precisas, el noble son. El primero fue el toro que en casa de Juan Pedro se reserva para compromisos como el de una alternativa, la de Diego Carretero, en este caso.

Inédito con un tercero flojísimo, Manzanares le dio fiesta al toro planeador. No de capa -brega de mero trajín- pero sí después de banderillas y a lo largo, lo largo y lo ancho también, de una faena planteada de partida en los medios, pero resuelta en seguida en terrenos varios y en distancias diversas. Hubo pausas entre tandas, que fueron largas, pero la gente llevaba esperando calentarse cuatro toros y compró. Dos orejas Manzanares. Lo que la inmensa mayoría había ido a ver.

uToros
Seis toros de Juan Pedro Domecq, tres de ellos, excelentes.
uToreros
Morante de la Puebla, aplausos y división. Manzanares, silencio y dos orejas. Diego Carretero, que tomó la alternativa, oreja tras un aviso y dos orejas.
uSubalternos
Un puyazo perfecto de Paco María al quinto.
uPlaza
Alicante. 4ª de Hogueras. Casi lleno. 10.000 almas. Estival. Dos horas y cuarto de función.

Diego Carretero hizo el esfuerzo debido. Las dos faenas, trabajosas, de composición y trazo desiguales, tuvieron por marca común el afán, el querer, el estarse firme donde fuera, no volver la cara, recurrir a los circulares o semicirculares inversos cuando el toreo por derecho se trababa o enganchaba, y romper con la pana tirando de un recurso añejo: los desplantes semigenuflexos y frontales, sacados del toreo de sepia. Hasta cuatro desplantes, casi ligados. El efecto fue perfecto. Fulminantes las dos estocadas.

Así que el único que se quedó sin toro que llevarse a la boca fue Morante. Pero Morante hizo las cosas más bellas de la tarde y de la feria. Morante lució sus patillas decimonónicas y una chaquetilla y taleguilla de bordados y motivos bizantinos de todos los colores. Pero además, se deleitó con genuina maestría al torear de capa con su primor privilegiado: el lance mecido y acariciado de insuperable compás, pintado con la punta del pincel, como si el capote fuera de papel de seda.

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