Luces y sombras de Juan Bautista

El diestro Juan Bautista durante el séptimo festejo de la Feria de Otoño. / EFE/VICTOR LERENA

Con los dos toros más nobles de una desigual y armadísima corrida de Adolfo, dos hermosas faenas clasicistas, pero sin remate con los aceros. Y un renuncio con un quinto fiero

BARQUERITO

Los cuatro primeros toros de Adolfo Martín fueron muy descarados. Cornipaso el primero, veleto y también paso el segundo, vuelto el tercero y deforme por cornalón el cuarto. Los cuatro fueron ovacionados tan solo aparecer. El primero, que galopó tras un bello gateo, fue el de mejor estilo antes y después de varas, muy dura la segunda. El tercero, el más noble. Los cuatro fueron la estampa tan definida del toro particularmente ofensivo de Adolfo, solo que no tan agresivo como solía. Ni tan pronto ni tan correoso ni tan vivo.

Cada uno de esos cuatro toros fue de una manera. En manos de Juan Bautista cayeron los dos de mejor trato. Un primero de lindo pero apagado son por la mano diestra y solo por ella, y un tercero que, la cara alta, vino a engaño sin duelo pero sin romperse. A los dos los lidió y toreó con mucho primor. Dos faenas no calcadas pero sujetas al mismo canon. El canon de la compostura natural, la colocación precisa, el vuelo y no el toque, una aparente y elegante sencillez.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis de Adolfo Martín.
Toreros. Mano a mano. Juan Bautista, que sustituyó a Antonio Ferrera, silencio tras aviso, silencio tras aviso y pitos. Paco Ureña, saludos tras aviso, aplausos y aplausos tras aviso. Pedro Iturralde picó al segundo con gran estilo de jinete y varilarguero
dos puyazos de vara larga y perfecta puntería.
Plaza
Madrid. 7ª de la feria de Otoño. Nubes altas, veraniego. 22.000 almas.

Las tandas de apertura de una y otra faena tuvieron el sello del clasicismo académico: variaciones de muletazos bien cosidos, cambiados o en la suerte natural. En las dos contó el toreo en redondo y en tandas ligadas sin perder pasos, y como por sistema de cuatro y el de pecho o cambiado de remate. El grado de los cuatro de serie fue creciente: más ajuste en el segundo que en el primero, en el tercero que el segundo y en el cuarto que en el tercero. Y lo mismo que el ajuste, el compás o la velocidad. Hubo muletazos muy despaciosos. Tanto el primer adolfo como el tercero protestaron por la mano izquierda: el uno escarbó, el otro echó la cara arriba en dos viajes en corto y con freno. No insistió Juan Bautista, que solo en cambios de manos se dejó ver por el pitón de reniego. La faena del tercero, más prolija, tuvo entre oros méritos el de cumplirse entera en un terreno mínimo, casi acotado, elegido por el torero de Arles y no por el toro de Adolfo. La primera fue más imaginativa: el de pecho ligado con el molinete frontal en el remate de una tanda y, viceversa, el molinete por delante del de pecho en una última previa a la igualada, que compuso Juan Bautista toreando de frente cuando la tensión de la faena parecía haber caído.

El público estuvo llamativamente frío con Juan Bautista. Solo cuando se sacó a los medios al primero con la intención de recibirlo con la espada se hizo un silencio de admiración. La espada entró trasera, el toro se fue a tablas y a recostarse en ellas, no descubrió y hasta el décimo golpe con el verduguillo no rodó el toro. Ya había sonado un aviso. De ese ambiente refractario y de la irregular fortuna con la espada hubo segunda edición en el tercer toro, pues, tras la faena mejor armada de la tarde, pinchó dos veces antes de enterrar media atravesada que forzó el descabello, dos ataques.

Los dos del lote de Paco Ureña fueron de peor condición que los de Juan Bautista. Las dos faenas, también. El segundo, distraído, se frenaba, acabó reculando y soltándose; el cuarto, mirón, midió, se quedó, se revolvió y se defendió por falta de fuerzas. A cambio de eso, el torero de Lorca contó con el apoyo incondicional de la mayoría. La faena del cuarto, siempre al borde del precipicio, arrimón sin la menor distancia, porfía ciega, se celebró en los momentos de tensión. Con alguna discrepancia. Y lo mismo la del segundo, enmarañada, pasada de velocidad en los primeros diez viajes del toro, que fueron los buenos, y resuelta en un cuerpo a cuerpo donde no faltaron un desarme, los amagos de cogida y los cites frontales al barrigazo, forzados y heterodoxos.

El quinto sacó la gota fiera que se llevaba echando de menos desde que empezó la corrida. Veleto y cinqueño, gruesas mazorcas pero el más astifino de los seis, vino al galope en un arranque de faena que fue la apuesta mayor de la tarde: de largo el cite -Juan Bautista entre rayas, el toro en un burladero de sombra, la reunión en paralelo a tablas- y firme el encaje en cuatro de tanda en redondo. En solo la segunda tanda, cite con la izquierda, el toro atacó muy en serio, un punto incierto dos de los cuatro ataques, y a Juan Bautista pareció de pronto pesarle el toro y hasta la corrida que tan bien había resuelto antes. Al volver a la mano de confianza, se echó la gente encima. Juan Bautista desistió. Media estocada soltando engaño y un certero descabello.

Playero, fuera de tipo, el sexto fue, junto al cuarto, el de más fea traza. Genio en varas, una rara manera de medir y mirar por encima de las esclavinas de los capotes de brega, una alarmante falta de fijeza entonces y una forma de cortar en banderillas que lo retrataron. Probón, encogido y de aire artero por incierto, a nada invitaba ese último toro de corrida y feria. Y, sin embargo, se empeñó Ureña en una faena de mucho ponerse y exponer en versión agónica. Se asustó la gente, se mascó la cornada porque, fuera de cacho o metido entre pitones, el toro de Lorca tomó la vía del toreo sacrificial.

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