Inspiración de Talavante y cornada a Rafa Serna

El diestro extremeño Alejandro Talavante, en la faena con la muleta a su segundo toro. :: efe

El torero sevillano, que tomaba la alternativa, resultó cogido de gravedad en la segunda y última corrida de la feria de San Miguel

ÁLVARO R. DEL MORAL SEVILLA.

La buena actuación global de Alejandro Talavante, que no estuvo acompañada de solvencia estoqueadora, hizo olvidar en parte el amargo sabor del percance de Rafa Serna, que resultó cogido de gravedad por el toro de su alternativa, ayer en el último festejo de la feria de San Miguel de Sevilla. Las cosas no pudieron salir como se habían planeado. Serna recibió una seca y certera cornada al entrar a matar al toro de su alternativa y no pudo salir a matar al sexto. El flamante vestido de torear que le había diseñado el pintor Ricardo Suárez se empapó en sangre mientras las asistencias le conducían a la enfermería.

Fue el final inmerecido de una entregada actuación, a veces incluso acelerada, que había comenzado con una arriesgada larga cobrada a portagayola. El toro estuvo a punto de arrancarle la cabeza pero el inminente matador no se arredró aunque pudo comprobar que las condiciones de su enemigo no eran las más idóneas para sacar lucimiento.

FICHA DE LA CORRIDA

uToros
Seis toros abiertos en los tres hierros de la casa Matilla. Hubo dos de Olga Jiménez -primero y quinto-; tres de Hermanos García Jiménez -segundo, tercero y cuarto- y un sexto de Peña de Francia que, a la postre fue el peor del envío junto al quinto. Los más potables fueron segundo y cuarto. El tercero no tuvo alma y el primero tampoco acabó de romper.
uToreros
Alejandro Talavante, ovación tras aviso; oreja con petición de la segunda y palmas de despedida. Andrés Roca Rey, ovación y ovación. Rafa Serna, que tomaba la alternativa, ovación que recogió la cuadrilla en el único que mató. Fue operado en la enfermería de «cornada en axila derecha con trayectoria distal de 12 centímetros. Grave.
uPlaza
La plaza casi se llenó.

Serna recibió los trastos del oficio de manos de un padrino imprevisto. Brindó a su padre y se entregó sin fisuras en un trasteo decidido y apresurado que no tomó vuelo por culpa del animal. Montó la espada y cobró una estocada, cambiada por la cornada. El toro murió sin puntilla a la vez que el nuevo matador alcanzaba el quirófano. Ese padrino imprevisto era Talavante, que había sembrado alguna duda en su actuación de la víspera.

Convertido en base inesperada de la Feria de San Miguel, esta vez salió dispuesto a poner a todo el mundo de acuerdo en una faena inspirada, reunida y explayada que brilló especialmente por la mano izquierda. Fue la mejor versión de un torero que a veces deja la sensación de que puede dar más de lo que da.

La expresión de su toreo cobra otra dimensión cuando el diestro extremeño se entrega, se ajusta y se espatarra con los toros. El mal manejo de la espada le privaría de cortar una oreja con fuerza. Pero el trofeo sí acabó cayendo después de la impresionante cogida que cambió por la estocada al cuarto de la tarde. Fue una faena menos rotunda que la anterior, dicha muy para adentro y siempre de menos a más. Decidido a no dejar pasar en blanco, aseguró la estocada que cambió por esa fea y aparatosa voltereta de la que salió con el vestido roto pero milagrosamente indemne. Le quedaba el sexto, al que tuvo que matar por el percance de Serna. Lo recibió a portagayola pero el animal no le iba a dar ninguna opción en la muleta.

El testigo de la ceremonia había sido el peruano Andrés Roca Rey, que se esforzó con sus dos toros con pocos resultados. El primero humilló sin emplearse de verdad y el quinto, distraído, acabó renunciando a la pelea a pesar de la meritoria entrega del torero.

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