Indulto de un toro de Jandilla

Andy Younés da la espalda a Lastimoso antes de terminar la faena en la que le indultó. :: AFP/
Andy Younés da la espalda a Lastimoso antes de terminar la faena en la que le indultó. :: AFP

Un bravo 'Lastimoso' de embestidas de codicia y calidad singulares por las dos manos. Triunfo del joven Younés, firme y entregado. Éxito de un Perera muy en maestro

BARQUERITO ARLES (FRANCIA).

Perera toreó con categoría el primero de los seis toros de Jandilla. Ciencia pura para tener en la mano el toro de punta a cabo de una faena de rotunda seriedad e impecable dominio. Mano baja, toreo ligado, templado y ajustado, calma vertical, son rampante. No perder pasos al toro, de mucha nobleza, ni una sola vez y cumplir la faena entera en un minúsculo espacio acotado en el platillo mismo: una cosa y otra fueron sobresalientes.

Brillante la idea clásica de ligar por dos veces el natural con el de pecho dentro de una sola tanda, La apertura fue espectacular, muy del repertorio de Perera: pies juntos, toro templado por alto, no ceder ni un milímetro, el remate de pecho. El final, más espectacular todavía: rizos rizadísimos, bucles, péndulos, desplantes, firmeza en la zona cero, que es terreno del toro. Todo llegó con fuerza a la gente. Perera, orillado de ferias francesas sin mayor razón, no había toreado en Arles desde el año 2004. El regreso fue a lo grande. Dos orejas tras una estocada hasta la bola. La muerte del toro se la había brindado Perera a Juan Bautista -esta vez en su papel de empresario del Anfiteatro- y todo el mundo entendió que el brindis iba por la memoria del difunto Luc Jalabert. Ginés Marín y Andy Younés repitieron brindis idénticos. Las tres dedicatorias se subrayaron con sentidas ovaciones.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Jandilla (Borja Domecq Noguera). Indultado el sexto, Lastimoso, colorado, número 80, 550 kilos.
Toreros
Miguel Ángel Perera, dos orejas y saludos tras un aviso. Ginés Marín, vuelta y oreja tras un aviso. Andy Younés, saludos tras aviso y dos orejas simbólicas del toro indultado.
Subalternos
Javier Ambel prendió al cuarto dos grandes pares.
Plaza
Arles. 3ª de Pascua. Media plaza. 6.000 almas. Primaveral. Dos horas y cuarenta minutos de función.

Lo que medió entre el triunfo de Perera y la suelta del sexto toro no tuvo mayor relevancia. El segundo jandilla cobró al salir del primer puyazo un volatín completo que lo mermó. Luego, muy a su aire, se abrió, fue pronto, metió la cara en viajes sueltos y recorrió mucha plaza. Ginés Marín la recorrió también. Algún detalle caro en una faena de aprovechar la inercia más que buscar el fondo del toro. Andy Younés salió feamente volteado por el tercero. Un toro sin mayor misterio, pero había que tirar de él y encelarlo. Para torero con más horas de vuelo. Solo el pasado septiembre tomó Younés la alternativa en Nimes. Esta fue su primera tarde como matador de toros en su Arles natal. El último matador salido de la escuela taurina local, que acaba de cumplir treinta años de vida. La voltereta y varios varetazos no hicieron mella en Andy, que iba a ser a última hora la estrella más vibrante de la tarde.

Miguel Ángel Perrera
Miguel Ángel Perrera / AFP

El cuarto toro, más alto que los demás, cabeceó en varas, mugió mucho, adelantó por las dos manos, tuvo celo revoltoso y protestón, perdió las manos más de una vez. Paciente, Perera llegó a enjaretarle muletazos larguísimos que, a comienzo de faena se antojaban imposibles. Un derroche de técnica y poder con el hueso de la corrida. Con su flojera y sus claudicaciones el quinto jandilla fue de los buenos. Ginés Marín se embraguetó en muletazos buenos de filigrana dentro de una faena de desigual hilván, pinceladas pintureras, dibujo bien rimado, exceso de pases mirando al tendido, pausas gratuitas. Y sus virtudes seguras: el manejo tan preciso de los avíos, el toreo de salón de alta escuela y la gracia a pies juntos.

Y, en fin, la hora del terremoto: un sexto jandilla, colorado ojo de perdiz, alto y estrecho, pero de poderosos golpes de riñón que no paró de querer, venir, embestir y repetir. Y que, entre tanda y tanda, escarbó también como un poseso atacado de picazón. Cumplió de bravo en varas -romaneó en la primera, recargó, peleó en la segunda- y galopó en banderillas. El toro perfecto para un torero nuevo como Andy, que puso en seguida el ambiente a hervir, no solo por el favor de los paisanos, sino, sobre todo, porque supo templarse en casi todas las bazas, estarse colocado y firme, ligar sin irse, resolver, encajarse como los grandes, soltarse de brazos, sentirse y hacer sentir a la gente lo mismo que él sentía. Emoción desbordante. En su estela cundió la petición de indulto, que se hizo esperar, pero no fue caprichoso.

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