Gran corrida de Escolar

Rafael Rubio, Rafaelillo, da el pase a uno de sus toros. :: EFE/
Rafael Rubio, Rafaelillo, da el pase a uno de sus toros. :: EFE

La primera de las tres corridas de encaste Albaserrada anunciadas en San Isidro pone muy alto el listón

BARQUERITO

madrid. El tesoro de la feria estaba escondido en la primera de las tres corridas de sangre Albaserrada anunciadas en San Isidro: la de José Escolar. La vigesimosegunda de las vistas y jugadas en lo que va de feria. Ningún toro aplaudido de salida -con la excepción de un quinto, fue corrida lustrosa, impecable, y muy bien hecha, aunque no espectacular- pero para cinco de los seis, para todos menos el quinto, hubo en el arrastre aplausos. Muy notable corrida. De ganadero, de público y de toreros también.

Las embestidas del sexto, el de mejor nota, se subrayaron con ovaciones. Tanto las muy encendidas por la mano diestra como las de la siniestra, que, al ralentí pero con la seriedad de la bravura, llevaron el sello privativo de la sangre Saltillo-Albaserrada. Ese último de corrida, definido casi de salida -la vivacidad tan peculiar del saltillo-, no pudo verse con propiedad en el caballo, con el que se enceló sin dolerse, se cantó en banderillas, y se cantó de bravo, y fue en la muleta uno de los más completos de la feria. El mejor dentro de la línea de su encaste.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de José Escolar.
uToreros
afaelillo, silencio en los dos. Fernando Robleño, saludos tras aviso y silencio. Luis Bolívar, silencio tras dos avisos.
uPlaza
Madrid. 29ª de San Isidro. 15.600 almas. Nublado, fresco. Dos horas y cuarto de función.

Al fondo del toro no llegó a asomarse del todo Luis Bolívar, que ya había dejado pasar en blanco las calidades del tercero de corrida. Las embestidas de ese tercero por la mano izquierda fueron más largas, claras y boyantes que las de ese otro sexto que tan conquistada dejó a la gente toda. Las embestidas más bonitas de la corrida. Nervioso desde la salida de ese tercero, lances de recibo que más que templar descompusieron al toro, capotazos y más capotazos, Bolívar se empeñó entonces en el toreo de abajo arriba, que era tanto como llevarle la contraria al toro.

Para entonces, y antes de cumplirse la mitad de festejo, la corrida ya estaba marcada por unas cuantas virtudes comunes: fijeza, nobleza, poder y temple. Las cuatro, virtudes cardinales de la bravura. Solo que el primero, frío de partida, pero franco, brioso y repetidor en cuanto tomó capa, descolgado pero nervioso, tuvo un punto de temperamento, protestó por alto, se revolvía a muletazo recortado y, cuando Rafaelillo, se descubría, lo veía y lo apuntaba. Sin hacer por él. De los toros buenos de la corrida, cuatro, este primero, muy castigado en dos puyazos, fue el que menos convino. Tampoco convino al toro una faena de las de sota, caballo y rey. Derechazos apilados, un trabajo maquinal o no pensado.

Galopó el segundo con rico gas. Para compensar lote -la traza tan desigual del quinto, talludo y montado, muy relleno, 580 kilos-, este segundo, las borlas del rabo barrían la arena, fue el mejor hecho de los seis. Elástico, lustroso, degollado sin exceso. 515 kilos, trapío aromosísimo. Fijo en el caballo, no pudo con la estatua ecuestre del piquero, aunque apretó en dos varas, y tras un amago de escarbadura vino a pelear con mucha entrega, en embestidas de llamativa regularidad.

Con ese notable segundo. la de Fernando Robleño resultó la faena mejor compuesta de cuantas se vieron, que fueron solo dos. La de Bolívar con el sexto, de muchos dientes de sierra, entrega, pasión, dudas y renuncios también, más querer que poder o atreverse de verdad- fue la otra, con sus momentos incandescentes. Robleño cuajó la suya en un palmo de terreno, se embraguetó más que nadie, llegó a enroscarse el toro en muletazos muy ceñidos, apuró cruzado hasta el último suspiro del toro y, antes de la igualada, remató faena con una soberbia tanda en redondo. Como la faena pecó de larga, no de liviana, sonó un aviso antes de la igualada.

Después de arrastrado el tercero, con tantas palmas como el segundo, se tuvo la sensación de que se habían ido al desolladero no menos de tres orejas de premio. Y después de arrastrado el cuarto, otra más, a pesar de que el cuarto, picado muy trasero, siendo toro de ley, sacara una gota de fiereza que por entonces se echaba hasta de menos, porque lo propio del toro de Escolar es el aire fiero. No estuvo a gusto Rafaelillo. La muleta escondida, ligero gazapeo del toro si no venía sometido, aunque fuera abriéndolo, un desarme y adiós sin relieve a la feria, que Rafael ha cumplido en apenas setenta y dos horas. Es probable que acusara en esta tarde de martes la paliza terrible que solo el domingo pasado le pegó el primero de los seis miuras. El quinto reculó distraído, escarbó, desparramó la vista y midió, fue toro reservón. Escaparte de no embestir. Y no embistió. No entró en cuenta ese toro.

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