Feria del Pilar: Una entretenida fiesta torista

El novillero Toñete da un pase a su primero en la novillada picada. :: efe/
El novillero Toñete da un pase a su primero en la novillada picada. :: efe

La novillada de Los Maños sirve un vibrante espectáculo solo deslucido por la pobre nota del quinto y el sexto

BARQUERITO ZARAGOZA.

En la novillada de Los Maños contaron por su calidad en la muleta tres toros. Calidades bien distintas: muy ganoso, repetidor y noble el primero de los seis; de temple y fijeza sobresalientes el tercero; torrencial por la mano izquierda el cuarto, de muy encastado aire. De reatas diferentes en apariencia, los tres tuvieron en común la prontitud, la viveza y la entrega.

Las corridas de la familia Marcuello se viven en Zaragoza no tanto en ambiente de rigor torista como a favor de obra. Méritos cumplidos para haberse convertido en los ganaderos de la tierra. Criar reses bravas en el prepirineo aragonés, en el término de Luesia, no es sencillo. Tampoco lo ha sido componer y sostener una ganadería de sangre Santa Coloma refrescada hace diez años con un providencial injerto de sementales y vacas de Javier Buendía-Bucaré.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis novillos de Los Maños (José Marcuello). El cuarto, Palmero, número 15, premiado con la vuelta al ruedo.
Toreros
Jorge Isiegas, ovación tras dos avisos y una oreja. Antonio Catalán 'Toñete', silencio y ovación. Ángel Téllez, oreja tras un aviso y palmas. Buena brega con el primero de Raúl Ruiz, que prendió al cuarto dos grandes pares.
Plaza
1ª del Pilar. 5.000 almas. Un minuto de silencio en memoria de Victorino Martín, Iván Fandiño y José Cerdán, que fue corralero de la plaza durante cuarenta años.

La prontitud es movilidad, incluso cuando saltan toros duros de manos, y la movilidad es garantía de espectáculo. Para toristas puros e impuros. Y para quienes midieron la cosa con mirada localista, que fueron probablemente mayoría y apretaron no poco para que el cuarto, el de las embestidas a chorro, y algo celosas también, se llevara los honores de la vuelta al ruedo en el arrastre. No sería tanto por la pelea en el caballo, desigual y provocada, con escarbaduras por medio, como por su manera de romper en banderillas y después.

Parte del mérito corrió por cuenta del espada de turno, Jorge Isiegas, nieto de un Octavio Isiegas novillero zaragozano que tuvo predicamento y fama en los años cuarenta cuando, siendo la de Zaragoza plaza de temporada, las novilladas se daban y celebraban en cascada. Pues este Jorge, que se ha hecho en la escuela taurina de Madrid, se encajó con valor de verdad con ese torrencial novillo -la cara alta por la mano derecha, viajes humillados por la izquierda-, le consintió, tuvo la habilidad y el acierto de perderle pasos, como era ley con el encaste santacoloma, y se templó en dos tandas de excelente corte, sin poses ni imposturas porque el toro no dejaba ni tomar aire. De un pase de pecho provocado antes de tiempo, salió Isiegas desarmado y trabado a empellones, pero ileso, entero y tan animoso que decidió rematar faena toreando de frente con temple parecido al de esa decena de muletazos que fueron la joya del festejo.

La estocada, atravesada y desprendida, y soltando engaño, no estuvo a la altura de las circunstancias, pero dobló el toro, y el puntillero, que le había levantado hasta dos veces el novillo que partió plaza, anduvo listo y certero esta vez. Aunque pasado de velocidad, tiempo y espacio -faena larguísima- también al primero le encontró Isiegas el cómo. Toreando a la voz o no, ligando en pureza o rehilando, pisando siempre firme, dando casi las mismas pruebas de seguridad que iba a dar después.

Solo que una estocada delantera, ladeada y sin muerte, y nueve intentos con el verduguillo, dieron lugar a un segundo aviso y casi el tercero. Habría sido un injusto despropósito. Y un grave desaire, porque Isiegas está anunciado el lunes, en la segunda novillada de la feria, con lisardos del hierro de Adelaida Rodríguez.

Ni la bondad infinita del primero ni el carácter del cuarto, pero el tercero, que protestó en el caballo, se distrajo demasiado y se dolió en banderillas, tuvo en la muleta son exquisito, una suerte de embestidas a compás -muchas y por las dos mano- y, aunque se acabó soltando de tanto ir a su aire, como si fuera un toro programado en laboratorio, dejó a Ángel Téllez componer, torear en línea o no, despacio y no tanto, dibujar de salón, en la distancia que fuera y abundar en una suerte triple de efecto infalible: ligar un cambio de mano con el molinete y el de pecho. Y la gente brama. Los de pecho fueron excelentes. A la faena le faltó un punto de ajuste. Sobresaliente la colocación.

Un lastre

El haber de la corrida fue indiscutible. El debe, un lastre: un segundo tardo pero pegajoso, revoltoso e incierto; un quinto de tremenda traza -530 kilos desencuadernados- que se iba al suelo manseando si le bajaban la mano y apenas quiso ni venir al paso.

Con ese quinto anduvo francamente bien Toñete Catalán: la disposición, las ideas, una facilidad sorprendente, tablas de torero rodado y su naturalidad de aire clásico. Como el toro no caló en la grada, no se valoraron ni el fondo ni las formas de tan notable faena.

El segundo de la tarde, muy bien traído de capa en el recibo, estuvo a punto de hacerle batirse en retirada, porque cortaba, lo veía en el menor hueco y hacía por él, Toñete supo sobreponerse y, antes de la igualada, en una penúltima tanda dejó al toro toreado. A los dos los mató por arriba. El sexto se llamaba Saltacancelas, como el toro de la casa que ganó hace dos años el concurso de Vic Fezensac, y como el novillo de vuelta al ruedo de Bayona en ese mismo curso. Pero nada que ver con ninguno de los dos. Repuchado en el caballo, ni la menor gana de pelea, cabezazos, escarbaduras. Pero Téllez lo intentó sin rendirse.

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