Feria de San Isidro: Seis cromos de La Quinta

El torero francés Juan Bautista da un pase a su segundo toro. :: efe/
El torero francés Juan Bautista da un pase a su segundo toro. :: efe

En Santa Coloma, una corrida de impecable estampa, abierta de lineas y variada condición. Juan Bautista cobra una estocada soberbia y firma los mejores momentos

BARQUERITO MADRID.

Espléndido, impecable el escaparate de la corrida de La Quinta, que vino visiblemente abierta de líneas. Tres toros de cuajo y volumen espectaculares se abrieron en lotes distintos. Dos de ellos, primero y quinto, cinqueños bien cumplidos. El otro, quinto del reparto, cornipaso y veleto, tan astifino como los demás, fue el más ofensivo de todos.

Por pinta, los dos primeros, berrendo en cárdeno el uno y cárdeno berrendo el otro. Espectacular la estampa del primero, caribello, calzón y calcetero, anchísima la popa, casi 600 kilos con los que pudo, pero sin emplearse en serio ni en una sola baza, frío hasta el final, desganado, distraído, frenado, salidas sueltas. Insípido el pastel. Lo lidió con primor Juan Bautista. Ni así. Luego de picado, el toro, al trote. Medía por encima de las esclavinas. Intentos de Juan Bautista de traérselo por delante. En vano. Una estocada ladeada y caída. Las dos cosas.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi)
uToreros
Juan Bautista, silencio y saludos. El Cid, silencio en los dos. Morenito de Aranda, silencio tras un aviso y silencio tras dos avisos.
uPlaza
2ª de San Isidro. 16.000 almas. Primaveral. Dos horas y cinco minutos de función.

No se verá en San Isidro pintas tan exóticas como la del segundo, capirote y gargantillo, lomo nevado, de soberbia armonía. Blando en dos varas de las que se salió suelto, pronto en banderillas, fue uno de los dos toros de más nobleza de la corrida. Y, al cabo, el más sencillo. De largo se vino de tablas hasta el platillo cuando El Cid, en un gesto, abrió de largo faena.

Una faena, brindada al público, que fue, de más a menos, una apuesta resuelta en falso. Por falta de resolución y asiento cuando el torero de Salteras se vio desarmado y dos veces sorprendido. Algún bello muletazo suelto. Muchas cautelas. A paso de banderillas una estocada exageradamente trasera.

Recogido de cuerna, corto el cuello, hondo, el tercero fue el más en tipo Buendía-Santa Coloma, el de mejor aire de salida -al tomar capa por los vuelos y volver, encelarse y repetir- pero también el de más genio en el caballo. Morenito de Aranda lo recibió con lances bien tirados, seis de salirse hasta el tercio, y remató con media linda.

Juan Bautista

Juan Bautista, sereno y entero toda la tarde, firmó un templado quite por mandiles, tres, y una hermosa y cadenciosa larga de broche.

De largo pareció querer y venirse claro el toro en la brega de banderillas. Compromiso de Morenito al brindar al público una faena que no cobró vuelo. En la corta distancia, la que planteó Morenito, protestó el toro y se revolvió. No hubo cambio de estrategia, sino insistencia en el mismo palo. Alguna fruslería final.

De los tres toros de la segunda mitad, el más pastueño fue el cuarto, y el mejor tratado también. De nuevo la lidia de Juan Bautista, precisa y sobria, fue ejemplo de primor. Pronto, pero apagado a la vez, noble sin duelo, el toro, despacioso como los saltillos mexicanos tan famosos, se avino al trato suave de Juan Bautista, acoplado, inteligente, académico en faena cumplida en un palmo de terreno. Señal de buen gobierno. Fría y distante la gente. No rompió el hielo hasta que, a la hora de la verdad, Juan Bautista atacó en la suerte contraria por derecho y cobró una estocada extraordinaria. Sin puntilla el toro tras brevísima agonía. Sacaron a saludar al torero de Arles. Pesaba la idea de una corrida justa de motor. Hasta que asomaron quinto y sexto. Arreando en serio el uno, el tremendo cinqueño que se salía del cuadro; galopando el otro, que, al asomar, pareció enterarse engañosamente. El Cid abusó de los capotazos de tanteo con el quinto, tan ofensivo como agresivo, con más fijeza en la muleta que cualquier otro y una embestida de aire asaltillado y, por eso, un punto inquietante. No se confió El Cid, no consintió nada y el renuncio se hizo indisimulable.

El sexto fue el de mejor nota en el caballo, el más alegre en banderillas y el más temperamental de los seis. Se le subió a las barbas a Morenito cuando quiso estirarse e imponerse. Pesó el toro en cada viaje, se acabó poniendo pegajoso. El santacoloma pegajoso muta en incierto, se revuelve y aprende. Este fue el caso. No pasó el torero de Aranda con la espada. Increíble pero cierto: solo dos horas de función.

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