Una estupenda faena de El Juli

El Juli durante la faena a su primer toro. :: efe/
El Juli durante la faena a su primer toro. :: efe

Tan firme y sereno como en su única tarde de San Isidro, Julián cuaja con refinada inteligencia un noble toro de 633 kilos del hierro de Victoriano del Río

BARQUERITO MADRID.

En el momento preciso, nada más cruzarse el ecuador de una tórrida tarde, El Juli alivió la corrida de la Beneficencia con una faena muy de su marca -precisión, determinación, clarividencia, poder, autoridad- que tuvo, además del sello de marca, detalles singulares de toreo muy bien firmado. De firma refrescada y casi novedosa en un torero de tan largo recorrido fue el toreo en redondo embraguetado y trazado con rico compás, vertical y relajada la figura, natural compostura. No una sino dos tandas, hasta tres. La tercera fue bellísima.

Del repertorio personal que El Juli prodigaba más antes que ahora fueron, también, los muletazos de apertura, cambiados o no, tan largos como suaves, y la graciosa manera de coserlos con el cambiado por alto, el del desdén y el obligado de pecho. No fue la tanda que más obligó al toro, pero sí la que dejó resuelta la pelea, que tuvo tres partes: una ceremoniosa primera, la apertura y, en los medios, una primera serie de toreo en redondo muy enmadejado; una segunda de transición, y entonces El Juli se enroscó con el toro por la mano izquierda, en una soberbia tanda de mucho gobierno; y una tercera inesperada e improvisada, cuando, a toro parado y rendido, la deriva de la faena fue de dos caras, una para tirar del toro tan a pulso que una embestida en corto se hacía de repente interminable, y otra para exponer a cuerpo gentil entre pitones, en terreno imposible.

FICHA DE LA CORRIDA

uToros
Cinco toros de Victoriano del Rio -el tercero, con el hierro de Toros de Cortés- y un sobrero -2º bis- de Domingo Hernández.
uToreros
El Juli, silencio y una oreja. Manzanares, silencio tras un aviso y silencio. Talavante, silencio en los dos.
uCuadrilla
Buenos puyazos de Pedro Chocolate y Paco María.
uPlaza
Madrid. Corrida de la Beneficencia. Calor asfixiante. 38 grados. A plomo las banderas. 24.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función, que comenzó con diez de retraso. El rey Felipe en el palco regio, recibió brindis muy aplaudidos de los tres espadas. Tapices de gala. Monas, divisas y banderillas de lujo.

No fue un arrimón al uso, tampoco un homenaje al Dámaso primer inventor del toreo sin distancias, tampoco un arriesgado juego de péndulos, intercalados en una misma tanda cuando el toro, muy noble, pareció pedir a Julián una tregua. Tregua hubo sin ser sentida. Como si sintiera el fondo frágil del toro, El Juli lo administró. No siempre la mano baja; a punto el oxígeno si el toro protestaba, y lo hizo más de una vez por la mano izquierda. Por ahí invitó más El Juli. O provocó. Con la diestra estuvo siempre dibujando. Los cambios de mano fueron recurso repetido. Y los enroscados de pecho, también.

Secreto de la faena fueron, por lo demás, la ligazón sin perder pasos y, desde luego, el sabio criterio de que prácticamente la cosa entera se resolviera en un terreno mínimo. No faltaron algunos gritos reventones. Muy pocos. Con ellos pudo el refrendo sonado de la inmensa mayoría. Una estocada a ley, tal vez algo trasera. El toro, de cara a tablas, resistió de bravo al borde de la primera raya tragando sangre y abierto de manos. El Juli lo dejó morir a solas, no consintió a nadie ni un toque de capa. Rodó sin puntilla este toro Almirante, 633 kilos, remangado de cuernas, llamativamente largo. Y el de mejor nota de una corrida que ni en escaparate ni en fondo ni en fuerza tuvo demasiado que ver con la que Victoriano del Río lidió en San Isidro hace solo dos semanas.

Un primer tardo y al cabo paradito que cabeceó en banderillas endemoniadamente y pegó en la muleta unos cuantos cabezazos más. El Juli hizo el gasto sin exceso. Hasta que el toro dejó de pasar. El segundo, sardo de hermoso porte, se derrumbó antes de varas, claudicó después y fue devuelto. Manzanares no le encontró el aire ni el gusto a un sobrero de Domingo Hernández, bravo en el caballo, pegajoso por la mano diestra y claro por la otra.

El tercero, del hierro de Toros de Cortés, empezó atacando con todo, acusó las secuelas de dos puyazos muy traseros, Talavante se precipitó al arrear de salida sin medirlo ni acoplarse al verlo descompuesto, y la cosa acabó con el toro, entre fiero y bravucón, buscando las tablas antes del cuarto asalto. Los dos últimos toros de Victoriano tuvieron menguadas fuerzas. El quinto, de buenos apuntes, se derrumbó al tercer muletazo, claudicó luego dos o tres veces más, no hubo caso. El sexto fue de parecida fragilidad a pesar de haber cobrado tan solo un puyazo sesgadito y un refilonazo. Talavante tuvo la feliz idea de abreviar.

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