Un discípulo de El Soro

Jesús Chover sale a hombros de la plaza de Valencia. :: efe/
Jesús Chover sale a hombros de la plaza de Valencia. :: efe

Espontaneidad desatada, no un virtuoso sino un torero de afición desmedida, Jesús Chover, logra un meritorio triunfo con dos extraordinarios novillos de Fernando Peña

BARQUERITO VALENCIA.

Dos de los seis novillos de Fernando Peña fueron de muy buena nota. Un primero astifino y escurrido, pura fibra, memorable resistencia, y memorable por su ritmo tan regular, la prontitud que denota bravura. Dos puyazos certeros de Jaime Soro templaron al toro, que se movió de partida con gran agilidad. No el mero correr, y eso que pareció engañosamente corretón, sino las ganas de pelea. Antes de banderillas llevaba veinte capotazos puestos. O veintiuno si se cuenta como capotazo y no mero lance la larga cambiada con que Jesús Chover lo saludó de rodillas no a porta gayola sino bien fuera de la segunda raya. Para ver venir y medir la velocidad del viaje. Estaría avisado.

Jesús Chover, que debutó con picadores en 2010 en esta misma plaza de Valencia, y se presentó en Madrid hace ya seis años, es un caso de afición desmedida. Por eso sería su entrada en esta primera de las dos novilladas de Fallas. Valenciano del barrio de Benimámet, cumplirá en octubre 28 años. Por el camino se apareció un día El Soro, el Soro grande, Vicente, que cuenta en la historia de los toreros del país como un ídolo de masas.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis novillos de Fernando Peña Catalán.
uNovilleros
Jesús Chover, vuelta y dos orejas. Alejandro Gardel, silencio en los dos. Ángel Téllez, silencio tras dos avisos en los dos.
Plaza
Valencia. 2ª de feria. 3.000 almas. Soleado, fresco, Dos horas y cuarenta minutos de función.

Lo fue de novillero; más todavía en su primera época de matador de alternativa; no tanto cuando las lesiones y cornadas empezaron a pasar factura; pero todavía hace tres años, renqueante y limitado por sus lesiones de cadera y rodilla, se vistió de luces en Fallas y toreó con emoción inefable y ese sentido del compás que solo atesoran los matadores con más de 30 años de historia, que era entonces su caso. El Soro contó de siempre con brillantes apoderados -Pepe Camará, los hermanos Lozano, de las dos ramas- y sin duda de ellos aprendió oficio. El Soro ha apoderado a unos cuantos novilleros del país sin particular suerte y sin que ninguno de ellos se animara a imitar o emular el modelo taurino del propio Soro: su pundonor indesmayable, su sentido de la colocación, sus juegos malabares en banderillas, su fe con la espada y, sobre todas las cosas, un sentido del espectáculo casi eléctrico. Con esa pasión arrebató en sus años dorados.

Este Jesús Chover ha decidido a última hora encajarse en el patrón de su digamos maestro porque, visto lo visto en esta tarde de Valencia, que parecía destinada a ser la de su despedida, la retirada tendrá que esperar un poco. La heterodoxia natural de su maestro y apoderado, pero su valor para encajarse sin pasos atrás ni renuncios. No importó que se equivocara de distancia con ese primer novillo tan sobresaliente, ni que, con la zurda, abusara del toreo a suerte descargada, pero contó su legítimo arrimón de última hora y un intento no del todo logrado del péndulo entre pitones que el Soro tomó de la tauromaquia de Dámaso, pero para interpretarlo festivamente. Además, de la larga cambiada de saludo, tres pares de banderillas de defectuosa solución, pero de tomar riesgos y, en fin, una estocada trasera y perpendicular. Los amigos de Benimámet reclamaron una oreja. No cundió la petición.

Del cuarto novillo de Peña, de embestida más profunda o menos volátil que la del primero, sí se llevó las orejas Chover, y las blandió como si fueras dos diamantes en una vuelta al ruedo de contagiosa alegría. A este cuarto novillo lo esperó de rodillas frente a la jaula o gayola, lo toreó enseguida a pies juntos soltando mucha tela, pero templándose, le puso tres pares de banderillas bastante más certeros que los de la primera baza -el segundo de ellos, en reunión al molinillo fue homenaje manifiesto a su mentor de ahora- y lo pasó con ajuste, raudo ritmo y temple en una faena vibrante, desgarrada, de darlo todo y más, de resolver sin perder tiempo ni venderse barato, y lo mató de media y estocada trasera. Fue tan fuerte la petición de orejas que el palco, serio y riguroso, tuvo que ceder. El novillo se arrastró con una oreja colgando. Hubo que ir a buscarla al patio de arrastre. Se olvidaron de premiar al novillo quién sabe si con una merecida vuelta al ruedo.

Los otros cuatro novillos fueron de otro calado. Apagado y de corto viajes el segundo, solo manejable el quinto, y con los dos dijo poco o nada el madrileño -de Pinto- Alejandro Gardel, que ha cubierto una brillante etapa en festejos noveles. Ángel Téllez, salido de la Escuela de Madrid, mostró su gusto académico -lances hondos, muletazos severos- pero no se avino ni con un tercero de corrida maleado por una lidia engorrosísima ni con un sexto que reculó cobardón. Se fue de tiempo, no pasó con la espada y lo castigaron con cuatro avisos, dos en cada toro. Esos avisos y la tramoya latosa de los toros de Valencia propiciaron una fiesta de casi tres horas que pesó como plomo candente en tarde fallera y por lo tanto fría.

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