Cumbre de Perera

Miguel Ángel Perera salió por la puerta grande de las Ventas con una bandera de España. / AFP/ALBERTO SIMÓN

Tarde redonda del torero de Puebla del Prior con dos faenas con dos toros muy distinguidos de Lorenzo Fraile que le valieron dos orejas que pudieron ser las cuatro

BARQUERITO MADRID.

Todo lo que hizo Miguel Ángel Perera con cada uno de sus toros tuvo sentido, carácter y acierto. Ni un capotazo de más, aunque sorprendiera, de partida, su empeño personal por fijar al primero de los seis toros del Puerto, mole de 600 kilos que había asomado dormido, al paso y oliscando. En su busca se fue Perera para desperezarlo y entenderse con él desde el primer lance de mera brega, primero de una serie de seis. En ellos sorprendió la elasticidad del toro, que se soltó del sexto. Y volvió a soltarse de otro sexto de todavía una segunda tanda de manos bajas que no violentó sino que pareció ahormar al toro, la cara arriba en dos varas y suelto de las dos. Juan del Álamo quitó por chicuelinas, tres, y dos medias bien tiradas. En lo que fue inequívoca declaración de intenciones, Perera replicó con un logrado, redondo quite mixto por chicuelinas y tafalleras, y media de remate. Lidió en banderillas con categoría Javier Ambel, y Curro Javier y Barbero prendieron tres pares sencillos peor brillantes.

Mientras brindaba Perera desde el platillo al público, el toro se había ido hasta casi la puerta de toriles. Querencia desconcertante que iba a tener segunda parte a final de faena, una faena de impecable gobierno, tan rotunda como sutil, exhibición del que Pedro Capea ha llamado toreo de trazo largo, pero también delicada y precisa versión del toreo encajado, enroscado, templado, suave y mandón. Juncal la figura, ligeramente abierto el compás, Perera se dejó ver en los medios después de sacar al tercio al toro que se le había perdido en pleno brindis. En los medios fueron tres primeras tandas en redondo, abrochadas las tres con ampulosos pases de pecho, el segundo de ellos cosido a un previo cambio de mano.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Cinco toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo y José Juan Fraile) y un sobrero -3º bis- de Santiago Domecq.
uToreros. Miguel Ángel Perera
oreja tras un aviso y oreja. Juan del Álamo: silencio y silencio tras aviso. López Simón: silencio tras aviso en los dos.
uPlaza
6ª de la feria de Otoño. Veraniego, las banderas a plomo. 21.000 almas.

A la ligazón y la firmeza con que rompió desde el primer golpe la faena vino a sumarse, en el primer tiento con la mano izquierda, una despaciosidad espléndida, a toro traído y enganchado en el vuelo de la flámula. Dos tandas soberbias. Tras ellas, una pequeña pausa. Se sintió el runrún de las tardes grandes de Madrid. Al volver al toro, Perera se adornó con un ovillo de doble rizo. Puro virtuosismo, solo que en el remate del segundo rizo perdió pie, cayó en la cara del toro, rodó para evitar ser presa, llegó a punto al quite su gente y, todavía con la muleta en la mano, puesto en pie, Perera remató la serie con un desplante. Tras el percance se puso andarín el toro, y más en rayas y a favor de querencia. Costó cuadrarlo. Laboriosa la igualada, una estocada trasera, el toro en huida imprevista, un aviso, dos descabellos. Iban a haber sido dos orejas. Solo una.

La faena y el toro, tan original, y tan noble, aplaudido en el arrastre, dejaron marcada la primera parte de corrida. Acalambrado o lesionado de tendones, el segundo del Puerto, siempre abierto de manos, rebañó, se revolvió y buscó, y Juan del Álamo, que lo había castigado demasiado en el arranque, solo pudo quitárselo de en medio. El tercero fue devuelto por cojo y López Simón no llegó a acoplarse con un sobrero cinqueño y badanudo de Santiago Domecq con las fuerzas y las ganas justas, apagado demasiado pronto.

La segunda de las dos faenas de Perera con el toro más astifino de la corrida fue de nivel y carga semejantes a los de la primera, pero con una estrategia del todo distinta. Distinto fue el toro, abanto, corretón, frenado y suelto de salida. Perera y su gente lo dejaron correr, la cuadrilla volvió a dar ejemplo de su eficacia y Perera volvió a brindar al público. Después, la apertura de alarde tan suya: dos cambiados por la espalda, de ajuste mayúsculo y encarecidos por las puntas del toro, que vino de largo galopando, y la coda de una madeja tramada en una baldosa y con la gota preciosa de dos trincherillas de cartel.

Eso fue proemio de un trabajo de supino y desenfadado aliento, pues Perera optó por el toreo en distancia, distancias aparatosas, para abrir tandas a veinte metros o más, aguantar firme la primera reunión dando siempre el medio pecho y ligar cinco, seis series sin un solo enganchón ni pasó atrás, deleitándose en los cambiado en semicírculo y teniendo el toro en la mano en todas las bazas. El final, breve, fue de traca, pues hubo que ir a buscar de nuevo al toro, que se soltaba, y fijarlo. En la suerte contraria un pinchazo, y una estocada soltando el engaño, que fue letal. Y a hombros por la puerta grande. No había otra manera de coronar una tarde tan redonda. A nadie ha engañado nunca el toreo de Perera, Ni fingimientos ni concesiones ni renuncios. Solo que hacía tiempo que no se le veía en Madrid torear tan a modo dos toros del Puerto y del encaste Lisardo.

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