Corrida estelar, pero un fiasco

Ginés Marín da un pase a su primer toro de la tarde en la plaza de la Maestranza. :: efe/ raúl caro/
Ginés Marín da un pase a su primer toro de la tarde en la plaza de la Maestranza. :: efe/ raúl caro

Bella y apagada corrida de Juan Pedro con un segundo toro de buena nota, y una oreja, pero solo una de él para Manzanares

BARQUERITO SEVILLA.

Otra corrida de casi tres horas. Espeso, pobre y farragoso, el espectáculo, castigado por una sucesión interminable de tiempos muertos en trasteos vacíos, estaba del todo caído cuando saltó el sexto toro de Juan Pedro Domecq.

Ya iban para entonces dos horas y diez minutos de un festejo plano. Un aviso en cada toro para Ponce, que se lo tomó con gratuita calma y, sin salirse ni de las rayas, abrió huecos y espacios en las dos bazas, paseos entre tandas, y tandas sin apenas acento alguno.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Juan Pedro Domecq. El sexto tris, segundo sobrero del mismo hierro.
uToreros
Ponce, silencio tras un aviso y saludos tras un aviso. Manzanares, una oreja y silencio tras un aviso. Ginés Marín, saludos y palmas.
uPlaza
12ª de abono. Lleno. 12.000 almas. 25 grados a la sombra. Nubes y claros. Dos horas y tres cuartos de función.

Otro aviso para Manzanares, que, cauteloso pero acomodado -más de un muletazo bien trazado-, y muy moroso también, se encontró en la mano con la oreja del toro mejor de la corrida -el segundo- y anduvo a la deriva con un quinto tan apagado como la mayoría, y dejado a su aire de principio a fin.

Con el ambiente de naufragio, Marín brindó al público una faena que arrancó con delicado trato

Seis pinchazos hondos le pegó Manzanares a ese quinto toro. Antes del sexto cayó el aviso. La muerte del toro, afligido en tablas, fue el oscuro retrato de una tarde que, sobre el papel, contaba entre las cinco mejores del abono.

La corrida de Juan Pedro fue de preciosas hechuras, lustrosa, seria, astifina. Negros los seis, salvo el segundo, castaño lombardo, el más alto de todos, pero el de más entrega. Por las dos manos vino y quiso bien. No solo la nobleza, también el galope de salida, su prontitud en el caballo y su buen son. Lances acompasados, pero sin estrechuras de Manzanares en el recibo y un quite por verónicas de Ginés Marín muy bien tirado.

Lo que tuvo la corrida de cumplido escaparate lo tuvo también de apagada. El primero de Ponce, y el cuarto, y el tercero de la tarde, que descabalgó a Guillermo Marín y derribó el caballo de pica, y, luego, de más a menos, empezó a pararse sin que Ginés diera con la distancia ni con el motivo. Galoparon de salida todos, no solo el buen segundo, pero el sexto y último debió de lesionarse en los lances de recibo de Ginés, perdió las manos y, aunque empujó en el caballo, fue devuelto.

Entonces comenzó a hacerse interminable la cosa. Los bueyes hicieron su trabajo y no se perdió tiempo en envolver el toro lisiado. El primer sobrero, abierto de palas a diferencia de los seis titulares -todos ligeramente abrochados-, ancho y poderoso, cobró un volatín completo y casi a pulso antes de ir al caballo, quedó derrengado, claudicó en las dos varas tomadas sin sangrar y fue devuelto con más razones que el titular.

Todo, o caso todo, estaba saliendo al revés cuando se soltó, a las nueve de la noche, el segundo sobrero, que se quedó crudo de dos meros picotazos y por eso se mantuvo en la arena. Con el ambiente en deriva de naufragio, Ginés Marín brindó al público una faena que arrancó con delicado trato, de abrirse en el tercio y apretar muy lo justo. Amagó con rajarse el toro y con desencuadernarse también. Se palpaba el desencanto. Un chasco.

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