Una bonita faena de Ginés Marín

El extremeño Ginés Marín y Padilla abandonan la plaza a hombros tras cortar ambos dos orejas. :: efe/
El extremeño Ginés Marín y Padilla abandonan la plaza a hombros tras cortar ambos dos orejas. :: efe

Notable el ritmo con uno de los dos toros de buena nota de una seria corrida de los Matilla. A favor de ambiente, y con el toro de la tarde, se embala Padilla. Firme López Simón

BARQUERITO ZARAGOZA.

De los tres hierros de la familia Matilla entraron en liza dos: el de los hermanos García Jiménez, que es el más numeroso, y el de Olga Jiménez. El tercero de los hierros, el de Peña de Francia, minoritario, no concurrió. Los Matillas le han cogido el aire al encaste Jandilla y la ganadería, de buenas hechuras por sistema, ha pasado a ser reconocible. La regularidad.

Cuatro toros del hierro de Olga Jiménez se jugaron por delante en esta última corrida en puntas del abono del Pilar. En tipo los cuatro. El más liviano, cuarto de corrida, fue el más serio de cara, y el de más calidad. El tercero, tupido colgajo, seria expresión, fue el más hondo. Los dos dieron muy buen juego. Padilla, desenfrenado, embalado, en ataque constante, le hizo casi de todo al cuarto, que había cobrado de salida dos estrellones contra las tablas en otros tantos remates de bravo, y vino con ganas a dos largas cambiadas de rodillas. Un quite eléctrico por faroles, tres pares de banderillas -el segundo, de poder a poder, de mucho riesgo- y una faena que tuvo desde casi el arranque la compañía de fondo de la banda de música y el apoyo sentimental e incondicional de la mayoría.

FICHA DE LA CORRIDA

uToros
Seis toros de la familia Matilla. Los cuatro primeros, con el hierro de Olga Jiménez, Los dos últimos, con el Hermanos García Jiménez.
uToreros
Padilla, silencio y dos orejas. López Simón, silencio tras aviso y una oreja. Ginés Marín, dos orejas y ovación tras un aviso.
uPlaza
Zaragoza. 8ª del Pilar. Corrida de la Prensa. Estival. Casi lleno. 9.500 almas. Dos horas y media de función.

Una mayoría contagiada por el ambiente de las peñas vaquilleras que llenan a diario La Misericordia en funciones matinales. El «Illa, illa, illa, Padilla maravilla» de los días felices de Pamplona se dejó oír más de una vez. El coro fue gasolina y estímulo para Padilla, que en Zaragoza, donde sufrió el percance que le costó la pérdida de un ojo, es torero con mando en plaza. De tan atacada, la faena fue muy irregular. Por exceso con la mano diestra; por defecto con la izquierda. Al toreo al natural renunció Padilla en seguida. Pero, en cuanto volvió a ver encendida la luz verde, cogió carrerilla: espaldinas, molinetes, un desplante frontal de rodillas a chaleco abierto y, en fin, una baza de mérito mayor: una estocada en los medios, que fue suficiente. Dos orejas. La segunda fue un exceso. En la vuelta al ruedo no faltaron ni las banderas nacionales -tres, constitucionales las tres-, ni los vivas a España que tantas veces se han repetido a lo largo de la semana de la feria, ni la bandera pirata en la punta cuya asta se colgó un cachirulo clásico. El toro desorejado se llevó en el arrastre una ovación casi cerrada. Uno de los más completos de la semana.

Gracia y temple

El contraste con los excesos de Padilla, incorporados ineludiblemente al repertorio propio, fue la pulcra gracia, la soltura de ligera pero sutil apariencia y el templado acento de Ginés Marín con el otro toro de nota de los Matilla. El hondo tercero, que se llevó de salida un ramillete de lances mixtos -mandiles, sedicentes chicuelinas, una airosa larga de remate- y vino a engaño luego con son del bueno. Lo vio claro Ginés desde el primer muletazo -la primera de dos banderas en tablas cosidas con trincherilla y molinete- y desde la primera tanda formal, ya en el tercio, en paralelo con las rayas, traído el toro al vuelo suave y sin obligarlo porque había claudicado un par de veces.

A las dos series en redondo, espaciadas con sendos paseos, siguieron otras dos con la zurda de mano baja, a muleta puesta y bien rimadas. Antes de pasar a una segunda mitad de faena, la primera la virtud del ritmo. No tanto la segunda. Antes de la igualada, una tanda de sedicentes bernadinas calentó al público. Fueron cuatro, abrochadas con un floreo. Media estocada en el sitio donde todos los toros se las acaban tragando enteras. Los pañuelos de las dos orejas asomaron casi de golpe y sin demora. Se abrió el grifo.

Del chorreo iba a salir beneficiado López Simón -la quinta oreja del festín- que anduvo firme y en principio acoplado con uno de los dos toros del hierro de García Jiménez, bóvida mole de 650 kilos, con los que pudo sin empacho. Solo que ese quinto toro dio en rajarse no sin haber avisado antes. A toro rajado López Simón insistió lo indecible. Prueba de su afán.

El otro toro de los hermanos Matilla, el sexto, fue de mayúscula lámina. A pesar de haberse soltado y corretear en el primer tercio, y de distraerse, la cara alta, en banderillas, Ginés repitió brindis al público. Solo en el comienzo de faena se pusieron de acuerdo las dos partes. Antes de aplomarse el toro, Ginés le anduvo habilidosamente. La música, en tarde de destajo, se arrancó cuando, algo tarde, con una marcha fallera de fondo, Ginés se metió entre pitones con la cabeza fría. Estaba parado en seco el toro. El primero de corrida, sangrado en varas hasta la pezuña, se soltó y rebrincó un poquito, Padilla le pegó muchos pases.

También la firme faena de López Simón al segundo, toro noblón, fue maratoniana y los méritos se diluyeron entre una pila de muletazos, los penúltimos en rizo. Y el postre de manoletinas.

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