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Tarde cumbre de El Juli en Valencia

Talavante, durante la faena a su primer toro en el décimo festejo taurino de la Feria de las Fallas, ayer. :: efe
Talavante, durante la faena a su primer toro en el décimo festejo taurino de la Feria de las Fallas, ayer. :: efe
  • Las dos faenas del madrileño pesaron a Alejandro Talavante, en una tarde de muy desiguales invenciones

Competentes y oportunas las tres cuadrillas. Fernando Pérez, tercero de la de El Juli, cortó con categoría dos veces al primero, que quiso atacar a los dos caballos de pica nada más hacerse en plaza.

Las dos faenas de El Juli fueron de una precisión y un rigor fantásticos. En la corrida de los dos hierros de los Hernández Escolar -Garcigrande y Domingo Hernández- vinieron tres toros de muy buena nota en la muleta. Los tres, del hierro de Domingo: segundo, tercero y sexto. De hechuras y estilos diversos dentro del fondo común de las dos ganaderías, que son de hecho una sola y la misma.

Ninguno de los dos toros de El Juli entró en el capítulo sobresaliente. El quinto, el único complicado de la corrida, tampoco cayó en el lote de Julián, que se echó por delante el de más carnes y volumen de todos -un garcigrande negro zaino, ancho y acodado, largo, corto de manos y cuajado, 565 kilos- y se guardó para el postre el más liviano -530 kilos- y que, tan legítimo como los demás, no tuvo tanta plaza como los otros. El tercero -albardado, muy finas cañas, lustre llamativo para ser el mes de marzo- fue bellísimo. Los dos colorados ojos de perdiz, ligeramente calzados, segundo y sexto, muy en el tipo del juampedro clásico, tuvieron impecable lámina.

Al garcigrande con que abrió plaza, faena y boca, El Juli lo fijó en tablas con cinco muletazos de horma rodilla en tierra -una sola rodilla, que es el canon clásico, y no las dos- abrochados con uno del desdén ya en la vertical. En la raya segunda se estiró Julián en redondo, vino el toro gazapeando y en el muletazo cambiado de remate se revolvió. Solución inmediata: cambiarse de mano. Una cumplida tanda de cuatro naturales bien traídos y dos de pecho bien librados. Y vuelta a la diestra, para asegurar las tuercas. Tanda abierta con molinete, cuatro en redondo de mano bajísima, un cambio de mano por delante, el de pecho y un desplante clásico, de medio pecho y espada blandida hacia el testuz pero sin llegarle.

Más mano izquierda: escarbó el toro y se revolvió más de lo esperado, pero pudo con eso la resolución de El Juli -una de sus faenas patrón, sin pausas ni tiempo perdido, milimetradas -y, desde luego, su saco de recursos, para perder pasos cuando convino y para torear casi de frente cuando volvió a convenir. Un desarme. La banda de Montroy cortó cuando el desarme una versión afinada de «Cielo Andaluz» pero a los dos muletazos siguientes volvió la música para subrayar el final de plenitud de la faena, en redondo dos tandas, la segunda de ellas abrochada con el molinete de salida ligado con el de pecho. Todo, en un ladrillo. Deslumbrante autoridad. Una estocada entera desprendida.

La faena del cuarto, fijado de salida con siete lances templados y una revolera, fue bastante más difícil. Por todo: primero, porque el toro enterró un pitón después de picado, lo acusó y se puso muy andarín. Un gazapeo de no menos de una docena de viajes que El Juli corrigió en una exhibición singular de maestría. El trato suavecísimo del toro y la manera de andarle y torearlo por delante, y de acompañar las embestidas gazaponas con un juego de pies, fueron una delicia técnica. La inmensa mayoría, fría o ajena, apenas celebró el logro. O los logros, que fueron muchos porque no hubo muletazo que no tuviera su razón de ser o su sentido.

Cuando el toro dejó de gazapear -ya dominado, en la mano de Julián- se paró rendido y entregadito. Y entonces vino una apoteósica segunda mitad de faena. También difícil. El Juli, encajado entre pitones, con una firmeza monumental y tirando del toro sin duelo en lazos y trenzas del repertorio del toreo sin distancias, pero abriendo a su antojo el toro por las dos manos, ligando cambios de mano con el de pecho y el natural, sin ceder ni un paso ni rectificar ni una sola vez, dejándose acariciar los oros de una elegantísima taleguilla de estreno, de seda azul real.

Sin perder la cabeza, faena de pura ebriedad. Una faena de Sevilla, digamos, porque en Sevilla se habría aquilatado entera y no solo la segunda parte, que fue la de los juegos de manos. Un delirio. Dos orejas, ligeramente ensombrecidas por la decisión sorprendente y arbitraria del presidente, que premió al toro con la vuelta al ruedo. Vuelta con el telón de fondo de una bronca cerrada.

Las dos faenas de El Juli pesaron. A Talavante, en tarde de muy desiguales invenciones, apenas acoplado con las tumultuosas y algo desiguales embestidas del segundo, que se estiró con un punto primero de fiereza. Y a López Simón, que todo tesón, voluntad y estoica postura, no dio con la tecla de las grandes calidades del tercero de la tarde, el dije de la corrida. Después de arrastrado el cuarto, con El Juli amo de la cosa, a Talavante le costó todavía más, y, encima, el quinto de corrida punteó, cabeceó, se acostó y estuvo a punto de empalarlo dos veces.

Y, en fin, un final de festejo que concluyó con el indulto del sexto de corrida. Un toro Pasmoso, de prontitud y nobleza notables, y muy buen son, repetidor, con gasolina y corazón, noble en bravo. Atornillado en la arena. López Simón le pegó no menos de cuarenta o cincuenta muletazos con variaciones de cambiados por la espalda intercalados a veces abusivamente. La chispa de la firmeza, la buena colocación -a veces en ventaja- y un querer y querer. Sin renuncios.