Hoy

Padilla roza la tragedia en Zaragoza

fotogalería

Padilla recibió un pitonazo en el ojo izquierdo cuando recibía a porta gayola al primer toro de Cuvillo. :: afp

  • Toreo de capa y una faena de Morante de extraordinario compás. Talavante desatado, templado e imaginativo. Padilla arrollador después de superar una cogida alarmante sin consecuencias

Pintaron primero bastos. Padilla, recibido una vez más como héroe en Zaragoza, se plantó de rodillas en la segunda raya para esperar a porta gayola al primer toro de Cuvillo. Probablemente deslumbrado, el toro no hizo por el vuelo del capote en larga, arrolló y pareció pisarle la cabeza a Padilla. Cuando se incorporó, Padilla se echó mano al ojo derecho con gestos de alarma y dolor. Sujetó al toro junto a un burladero Daniel Duarte.

En el burladero opuesto se vivieron momentos de incertidumbre. La gente estaba asustadísima. Padilla se deshizo de las asistencias y apareció de pronto por la boca de la tronera. Pero se le doblaron las piernas y cayó sin sentido a la arena. Se lo llevaron a la enfermería. A mitad de festejo corrió la voz de que el trastazo o pitonazo en sien y zona ocular no había hecho carne. Y que Padilla saldría para su segundo toro.

Padilla volvió a aparecer por el callejón de vuelta de la enfermería justo cuando Morante, gesto de satisfacción, sonrisa de oreja a oreja, acababa de pegarse una vuelta al ruedo de las de antes y de las de verdad: el capote recogido en el brazo, prendas y más prendas devueltas una por una, flores, un ramo de olivo también. En el clima de clamor que acompañó a Morante se abrieron paso algunos discrepantes. Los que protestaron la justeza de fuerzas del quinto toro de Cuvillo y tal vez su exceso de sumisa bondad.

Cuvillo echó tres toros de caramelo. Con el común de la dulzura y la nobleza, fueron de distinto sabor. Se abrieron en lotes distintos. Sería consejo atendido del ganadero. El primero de Talavante, que hizo segundo de corrida; el segundo de Morante, quinto del sorteo; y el que Padilla se guardó después de correrse turnos. Un sexto que fue, con diferencia, el toro de la tarde y, en la estirpe Domecq, el toro de la feria. Más que los dos toros de esa sangre mejor puntuados de la semana: el burraco de La Palmosilla del día 14 y el cuarto de Juan Pedro del día 11.

El de Talavante, rechonchito y colorado como un gran juguete de peluche, fue un bombón. De sorprendente resistencia, aguantó sin duelo casi medio centenar de viajes, por una mano y por otra, en línea o en rosca, por alto, por bajo y en la media altura, el natural juncal, el redondo de desmadejada apariencia pero rematado atrás, los molinetes de remate y hasta una tanda de manoletinas. Talavante, en los medios de largo para abrir con un temerario cambiado por abajo y por la espalda, fue muy dueño del espacio y los pocos terrenos donde se estuvo el toro tan dócilmente. Una estocada desprendida. El toro de Morante tuvo más ritmo que el de Talavante pero mucha menos fuerza. Llegó a rodar bajo el caballo de pica y a punto estuvo de ser aplastado por él. Algo insólito. Un morrillo como un montoncito de crema. Un galope templado y no encendido. Pegado a tablas, Morante le sacó de salida los brazos sin esperar a nada. A pies juntos los lances de recibo, revolados en cresta de ola. Y entre rayas y el tercio, casi seguido, cuatro verónicas a suerte cargada de clamoroso garbo y media dibujada a pulso en un rizo.

Flaqueza tras la segunda vara

A pesar de la flaqueza del toro tras la segunda vara, Talavante salió a quitar. La capa de Morante le había arrebatado de golpe lo que venía siendo, hasta entonces y sin contar el percance de Padilla, su protagonismo exclusivo. Un quite por verónicas someras pero ampulosas. No resistió la comparación. Por si acaso, Morante replicó: dos chicuelinas volátiles y rancias, y dos medias de ajuste mayúsculo, tanto que la segunda se saldó con un desarme.

Y, en fin, una faena, luego, que fue delicia para la vista. Ejemplo inimitable del toreo de compás en todas sus versiones posibles: en los ayudados por alto o por bajo, en el toreo a pies juntos o a compás abierto, en redondo o no, con la mano izquierda y el cuerpo abombado como en las estampas antiguas, en desmayo absoluto cuando hubo que dar al toro aire y traérselo como de la mano, en un sorprendente final de pitón a pitón, pero no de castigo sino para secarle al toro el sudor de la frente. Una estocada sin puntilla.

El de la vuelta de Padilla a escena fue el más completo de los tres cuvillos de carril. Colorado casi melocotón, calcetero, chatito. El gateo vivo propio de los toros de clase. Una fijeza de bravo y no solo de toro automático. Padilla le hizo de todo un poco: largas cambiadas de rodillas en el recibo de capa, tres pares de banderillas jaleados como hazañas y una faena de muchísimo aparato, muchos gestos y paseos, molinetes, molinillos, circulares en la suerte natural y en la contraria, de rodillas o en pie, el cartucho de pescado en los medios, un desplante doble -de frente y de rodillas, sin trastos- y esa ebriedad que destilan los toreros que se han librado por milagro de un trance. Una estocada.

Pasó, además, que Talavante se creció con el cuarto, que fue noble pero no venía solo. Se le paró dos veces. Ni un parpadeo de Alejandro, insultantes la seguridad, el descaro y el desparpajo, la soltura de brazos, la firmeza, el aguante, sus improvisaciones, el ensamblaje heterodoxo del molinete con el de pecho, las variaciones mexicanas, el acople y la verticalidad. Morante tiró por la calle de en medio con un sobrero distraído de Garcigrande. Al toro que cogió a Padilla le dio buen trato. Hasta que el toro punteó por falta de entrega y poder.