Hoy

El francés Juan Bautista con el quinto de la tarde de ayer en Zaragoza. :: efe
El francés Juan Bautista con el quinto de la tarde de ayer en Zaragoza. :: efe

Una primorosa faena de Juan Bautista

  • El de Arles marca la diferencia con un descarado cinqueño del hierro de Toro de Cortés tratado con autoridad

  • Corrida ofensiva de Victoriano del Río en la que solamente un tercer toro tuvo hechuras y notas buenas

Los dos toros más ofensivos de la corrida de Victoriano del Río se abrieron en lotes distintos. Cinqueños los dos. Segundo y cuarto. El uno, negro salpicado, ancho balcón y veleto, badanudo, aire de toro viejo, solo pegó cabezazos. Embestir a golpes. Defendiéndose o protestando. Estuvo encelado con el caballo de pica vuelto y pareció entonces lo que no era. El apretón al caballo fue de dolerse. El Fandi prendió tres celebrados pares -el violín cuenta como par sin serlo en puridad- y todo fue, luego, un afán ingrato. Antes de pararse, el toro se rebrincó. Y antes de pararse y rebrincarse, topó.

El otro cinqueño, del hierro de Toros de Cortés, tuvo todavía más cara. Cornipaso y vuelto. Sacudido y largo, corto de manos, ni bien ni mal hecho. La primera impresión fue como la del toro del aguardiente. Frío y acalambrado de salida, un trotecillo borriquero después de varas -en las dos sonaron como campanas lejanas los estribos del caballo de Puchano-, un equilibrio solamente regular. Sereno y entero, Juan Bautista se estiró en sobrios lances limpios y bien volados antes de verse más nada. La brega de Rafael González -con los vuelos del capote- fue sobresaliente. Algo celoso, el toro apretaba para adentros, parecía medir.

La solución llegó enseguida. En tablas, en el mismo terreno donde Rafael González había fijado al toro, Juan Bautista abrió con una tanda de tanteo y segundo asiento. Un manojito de muletazos de calidad, preludio de lo que iba a ser la faena de la tarde. Por armonía, temple y compás. Por su firmeza, autoridad y criterio. Ni un muletazo de más ni de menos. Pura precisión, los brazos sueltos. Tres tandas cortas y ligadas con la diestra, el toro traído siempre por delante, dominado un ligero punteo que delataba la justeza de fuerzas.

El trato tan suave fue para el toro como un bálsamo. Lo fue también el ritmo de la faena, sin cortes ni pausas ni tiempos muertos. Faena con sorpresa porque casi nadie había reparado en que la mano buena del toro era la izquierda. La de más humillar y mejor darse, y darse con nobleza. Y por ahí rompió en son mayor la cosa. La gente estaba encogida. Pero dos tandas de naturales ajustados, enroscados y ligados con rigor rompieron el hielo. La joya de la corrida. Nadie había toreado al natural tan bien en toda la semana. Después llegó una tercera tanda, abierta con un cambiado por la espalda, salpicada antes del remate de pecho por un molinete puro y de alta escuela.

Y después preparativos para un propósito habitual en el toreo de Juan Bautista, que decidió recibir el toro con la espada. En los medios perdía la mirada el toro y lo cerró a las rayas. Muy pendiente el toro del torero, no le dejó meter el brazo en la reunión y lo desarmó. Un metisaca. Y al rato, entrando por derecho Juan Bautista, una estocada caída, ladeada y sin muerte. Un aviso. Dos descabellos. Sin premio mayor un trabajo tan refinado. De los que no suelen verse con toros de tanta envergadura y tal edad. Le faltaban días para cumplir los seis años.

El toro mejor de los seis fue el tercero, menos cara que los demás, la cuerna tan reunida que llegó a meter la cabeza entera por el hueco de un burladero. Bien armado. Metió los riñones al pelear en varas, recargó en la segunda y quiso en la muleta a todo y donde fuera. Briosa nobleza. Una larga faena de David Mora, abierta en pausas y paseos gratuitos. Solo que cada vez que volvía al tajo, el toro lo esperaba con cara de bueno como las de los perritos golosos. Repeticiones casi a resorte que consintieron tandas profusas. Toreo rehilado pero no ligado, a suerte no siempre cargada, muchos muletazos mirando al tendido y haciendo casi un guiño. Más ligera que de fondo la cosa toda, la idea y la ejecución. El toro que nunca espera nadie encontrarse a final de año. Una estocada muy trasera, el toro se dio una vuelta completa al anillo pero sin barbear las tablas, un aviso, dos descabellos.

Tres toros más y ninguno bueno. El primero, geniudo, cortó en banderillas, embistió más con el cuello que con los riñones. Una prenda. Juan Bautista lo trató con mimo parecido al que iba a gastarse luego. Faena sencilla, breve, segura. Un pinchazo, una buena estocada. El quinto, bizco y abierto, galopó en banderillas. Había sangrado en dos varas, pero sacó en la muleta violento estilo. No dejó de pegar taponazos. Áspero, se soltaba. El sexto, de fea traza, escarbó y oliscó, no humilló ni en un solo viaje, arreó de manso en banderillas, topó en la muleta. Un empeño porfión de David Mora. Apoyó la gente. El público del día del Pilar en Zaragoza ya no es el que era. Era muy exigente. Y ya no.