Hoy

Ponce y un notable Juan Pedro, casi un vals

Toreo al natural de Enrique Ponce al segundo de su lote de ayer en Zaragoza. :: afp
Toreo al natural de Enrique Ponce al segundo de su lote de ayer en Zaragoza. :: afp
  • Una faena de elocuente escaparate del torero de Chiva, sin acierto con la espada, y medio centenar de embestidas de sorprendente ritmo

zaragoza. El primero de los seis toros de Juan Pedro estaba echando los bofes antes de banderillas. Había claudicado tantas veces que cobró cuerpo una reclamación. No llegó a caerse del toro. Sí a aplomarse en prueba inequívoca de mansedumbre. Como si le pesara todo. Lo pitaron en el arrastre. Aunque el toro se le ahogaba a ojos vista, Ponce se resistió a cambiar de espada. Lo hizo cuando volvieron a sentirse protestas. Una estocada ladeada, dos descabellos.

El segundo pasó la frontera de los 600 kilos. No los aparentaba. El de más motor de los seis. Solo que se dejó en el caballo y en dos severos puyazos de Luis Miguel Leiro media vida. Cayetano había abierto con una gran temeridad: a porta gayola, arrodillado en la segunda raya. Un gesto. Expectación pero no silencio. Gritos de quienes no contenían la angustia. Una larga cambiada y, en pie Cayetano, a pies juntos, cuatro o cinco lances a media altura bien librados, airosos y firmes, una serpentina con revolera y una larga frontal embozada. No iba a verse en toda la tarde más toreo notable de capa que el de Cayetano. En esa primera de sus bazas. Y en la segunda también.

Al iniciar un galleo para llevar el toro al caballo, sufrió un desarme. Arreaba el toro, que estuvo a punto de derribar en la primera vara. Un buen quite de Cayetano: tres verónicas y una excelente media frontal a pies juntos. La media amanoletada.Y, en fin, una faena de ímpetu y hasta estilo novilleriles, de torrencial arranque -cuatro de rodillas en tablas-, de decisión y firmeza innegables pero falta de ritmo. El toro, entregado al toque, y no tanto si venía suelto, quería más calma que arrojo. Puesto encima, Cayetano llegó a cruzarse al pitón contrario. Muletazos cortos, lacios. Un par de hermosas trincheras, uno de pecho ligado con la primera de las dos. Dos pinchazos, una estocada a paso de banderillas.

Justo de trapío, el tercero, cabeceó en la primera vara, apenas cobró en la segunda, se abrió y rebrincó. Un toro de tantos. López Simón se compuso en una faena de tantas: despegadilla, de aprovechar la inercia dócil del toro, sin apenas ligazón ni mayor relieve. Y una estocada.

Los tres primeros de corrida fueron negros. Cuarto y quinto, colorados. Castaño el último, que fue el de más cuajo. El cuarto, que iba a ser premiado con la vuelta al ruedo, salió corredor y suelto. Ponce trató de empeñarse de capa a pies juntos. Solo dos picotazos, pero no perdonó Manolo Quinta. Sangró lo suyo el toro, que galopó en banderillas. Ponce sacó a sus tres banderilleros y sus dos picadores a la boca de la tronera de capotes y les brindó la muerte del toro, el último del curso. El clásico brindis de Zaragoza, que fue famoso y cayó en desuso un buen día.

Muy claro el toro, que se sumó al brindis con una embestida algodonosa y acompasada, de ritmo regular y sostenido. No solo el toro pastueño. También vibrante. Y una larga faena de Ponce, de industrial dimensión y no pocos cambios de idea. En tablas, primero, cinco muletazos de tanteo por bajo. De abajo arriba una primera tanda de redondos en rayas rematada con un cambiado exageradamente abierto. En el tercio la tercera serie, que fue casi el calco de la segunda. La calidad del toro se dejó sentir no tanto en la forma de humillar como en la de repetir. Fijeza y prontitud se daban por descontado.

En las cinco o seis tandas que siguieron luego abundaron los molinetes recostados de entrada, que fueron alivio para sucesivos cambios de mano y el toreo con la zurda intercalado, traído con un raro aleteo de muleta y no con el vuelo. Ese detalle, tan heterodoxo, se subrayó con clamores. La banda se había arrancado con el Cielo Andaluz, de Pascual Marquina, el músico de Calatayud, pero la ruidosa sordina de plaza cubierta y cerrada se comió la música. Un final de toreo en cuclillas en los medios fue tenido por fantasía. También la manera de buscar con cambios de manos la igualada. «¡No lo mates!», gritó uno. En la suerte contraria, pinchó Ponce tres veces antes de enterrar una entera tendida. Vuelta para el toro. Y la tradicional vuelta de Ponce ceremoniosa a capa arrastrada.

El quinto, muy afilado, de hechuras idénticas a las del cuarto, se llevó en el saludo y en el mismo platillo tres largas preciosas de Cayetano, de repertorio antiguo. Y el remate de revolera y brionesa. En una última larga se quedó el toro debajo. Lo hizo también en la muleta dos veces. Estuvo tan firme como suele Cayetano -bella apertura agitanada por alto-, pero fiado más de la inercia del toro que de recursos propios. No fue toro sencillo ni complicado. Dos estatuarios antes de la igualada. Una rareza. Un metisaca, un pinchazo, dos descabellos.

El sexto, trotón, suelto de partida, se dolió en banderillas, se distrajo bastante sin llegar a ser toro incierto «¡Torea un poco!», dijo uno. Frase lapidaria. Un trasteo de López Simón bastante reiterativo. Muletazos alicortos, sensación indisimulable de fin de curso y de un año de torear setenta corridas, cuyo peso se siente en estas fechas. Un intento de matar en los medios, a la tercera entró en tablas el estoque entero, un aviso, dos veces se levantó el toro. Y se acabó.