Hoy

Una corrida muy accidentada en Zaragoza

Joselito Adame en la faena al primero de su lote, de la ganadería Fuente Ymbro, ayer en Zaragoza. :: efe
Joselito Adame en la faena al primero de su lote, de la ganadería Fuente Ymbro, ayer en Zaragoza. :: efe
  • Deslucido y dispar envío de Fuente Ymbro en una tarde en la que destacó la proverbial facilidad de Joselito Adame

  • Heridos Jiménez, Fandiño y el banderillero Rafael Limón en trances muy distintos

Fino de cabos y corto de manos, el primer Flamante, muy en Jandilla, fue el mejor hecho de todos. Galopó y Fandiño le pegó demasiados capotazos. El galope fue falsa promesa. Se derrumbó desparramado dos veces. Las ruedas pinchadas, casi tullido al cabo de apenas una docena de viajes. Mírame y no me toques. Y, sin embargo, faena enojosamente larga de Fandiño, que reaparecía solo una semana después de la cornada de Úbeda. Reaparición muy apurada. Tal vez por eso, por ganar Iván confianza, fue tan largo el trasteo. Una notable estocada a volapié.

El otro Flamante, último de la tarde, abierto de palas, bizco y astifino, de fea traza, no entraba en los planes de Fandiño. No se harían lotes atendiendo a los nombres, pero, por si acaso, los dos Flamantes se abrieron. Los lotes no estaban equilibrados. En el de Joselito Adame se juntaron un segundo altísimo y muy nalgudo, de más peso que trapío, casi 600 kilos -el toro armario que de cuando en cuando aparece en el catálogo Domecq- y un quinto retinto, lustrosa pinta, muy terciadito, sin carnes y, en compensación, muy descarado. Tanto como el que más de la corrida. El que más fue el cuarto, abierto, ligeramente cornipaso, dos velas imponentes y toro parado a las primeras de cambio. Y después del cuarto y el quinto, el precioso primero. Solo escaparate, pero imponía por delante. Hasta que rodó por el suelo.

Entre el lote de Fandiño y el de Adame medió llamativa distancia. Eso acentuó la impresión de corrida postrera pero de restos. La cogida de Javier Jiménez al salir prendido por el tercero en el primer ataque con la espada puso a prueba el corazón de Fandiño. El torero de Orduña pechó con la carga de matar ese tercero -lo hizo de expeditivo bajonazo- y la de vérselas con el otro Flamante, que no invitaba a nada. La cara a media altura, punteó la muleta, pegó tralla, se sacudía el engaño como si le molestara y, a querencia, hacía hilo. En el penúltimo viaje a querencia sorprendió por la espalda a Fandiño en un descuido impropio -sería exceso de confianza-, le pegó una voltereta terrible y le rasgó la taleguilla de seda vainilla por la ingle misma. Un siete. Pudo haber sido una cornada grave: por el sitio y por lo astifino del toro. No lo fue. La Providencia, con más trabajo de lo previsto.

Arrastrado el sexto, Fandiño, que tuvo el gesto de matarlo a pesar de los pesares, pasó a la enfermería. En ella estaban Javier Jiménez con una cornada que podía haber sido más grave de lo que fue y en la camilla contigua su tercero de cuadrilla, Rafael Limón, sorprendido y arrollado por el quinto en un arreón a la salida de un par de banderillas de Fernando Sánchez, ese torero que cuartea al paso y saca los brazos en el último instante con tanta arrogancia. Pareció que Limón estaba más pendiente del par de Fernando que del toro. El trastazo, casi contra las tablas, fue tremendo. La cornada, casi nada para lo que pudo ser.

Los tres percances dejaron marcado el espectáculo, que fue, después de todo, de los de cara y cruz. La cara, Adame. La cruz, Javier Jiménez, Rafael Limón y el propio Fandiño. Adame fue todo habilidad, recursos, suficiente firmeza, facilidad. Toreo de distintos calibres dentro de una misma faena, la del segundo, que supo mantener en pie a suerte descargada tras una brillante apertura por banderas rematadas con gran trinchera y el de pecho, muy airoso. Noble la mano izquierda del toro, y naturales de uno en uno para que no se rindiera el toro. Una estocada con vómito.

Del quinto, que embistió rebotándose, dio Adame cuenta con graciosa facundia: estatuarios, pausas, el toro escupido cuando le vino descompuesto, muchos muletazos en línea pero cosidos para que parecieran un todo, un desplante desafiante -frontal de rodillas, la mano al pitón acariciándolo- y un glorioso pase del desdén antes de la igualada. Después de la igualada, una estocada atravesadísima, otra que menos y un descabello. Todo eso, y quites varios, sin despeinarse ni mancharse.

El empeño de Javier Jiménez con el tercero, montadísimo y acucharado, cómodo de cara, fue digno de mejor causa. El toro se lo pensó mucho -tardeó, por tanto-, escarbó, una remolonería exagerada. Serio el esfuerzo: firmeza, suaves toques a punto, sueltos los brazos. Muletazos cortos, que no son sencillos, porque la embestida del toro era pura desgana. En asfixiante distancia pasó todo. Cuerpo a cuerpo. Convincente la serenidad. Muchas voces. Las plazas cubiertas son muy chivatas, las paredes oyen.