Hoy

Una bella corrida de La Quinta

El diestro Alberto Álvarez en la faena al primero de su lote. :: EFE / Javier Cebollada
El diestro Alberto Álvarez en la faena al primero de su lote. :: EFE / Javier Cebollada
  • Toros astifinos de variado remate y de conducta encastada y noble en la segunda corrida del Pilar. Una tanda de Rafaelillo, torería de Ricardo Torres, firmeza de Alberto Álvarez

Dos toros de la hermosa corrida de La Quinta, primero y tercero, llevaba el mismo nombre: Buenasnoches, todo junto. Serían de la misma reata. El primero, cinqueño, a menos de un mes de cumplir los seis años, fue de trapío sobresaliente. Por hondo y astifino. La hondura en Santa Coloma se traduce en una estampa temible. Fue el toro de más peso de la corrida. 562 kilos en báscula. El de más peso y el más difícil de los seis. La edad se tradujo en listeza. El toro se enteró enseguida, escarbó, se escupió del primer puyazo, se blandeó y cabeceó en el segundo pero sin salirse suelto, apretó en banderillas y al cabo de seis buenos muletazos de tanteo de Rafaelillo se puso pegajoso. En tablas y en el tercio, en cualquier terreno sembraba emoción. No por incierto sino por listo. La listeza de frenarse y regatear con viveza, de no pasar más allá de las zapatillas. No fue toro avieso ni artero, pero sí bélico. Oficio de Rafaelillo para sujetarse y esgrimir sin ahogarse. Marcó territorio el toro. Rafael también. Una estocada tendida y trasera, cuatro descabellos.

El segundo Buenasnoches fue el más liviano de todos y, dentro de una corrida tan bella, uno de los dos de mejor remate y uno de los tres de mejor nota. Cárdeno claro, calcetero, gargantillo y rabicano, bragado tan corrido que casi berrendo. Tan astifino como los demás. Briosa salida, y la sorpresa de ver a Alberto Álvarez, el torero de Ejea de los Caballeros, plantarse de hinojos en tablas para librar dos airosas largas cambiadas, y seguir entre rayas luego con lances templados y revolados, capote de buen tamaño pero bien domado. Toro bravo en el caballo, pronto en banderillas y en los cites a distancia, algo alta la cara en los cites en corto, serio y noble. Firme y entonado Alberto, que abrió en el platillo en cite de aliento, las zapatillas metidas dentro de la montera vuelta en el piso. Una faena de buena resolución. Muletazos templados, al aire del toro y sin violentarlo. Conjunción armoniosa. Tandas de cuatro y dos de broche. Una serie de manoletinas antes de la igualada. Por primera vez se arrancó la banda, que llevaba muy ensayado un repertorio de solo piezas del maestro Abel Moreno. 'Jabugo' sonó entonces. Un pinchazo, estocada trasera, tres descabellos.

Entre los dos galanes homónimos se jugó un toro Bailaor negro entrepelado, degollado y sacudido, goterón de Saltillo. Elástico, ágil, más peleón que entregado en el caballo de Rafael Sauco -excelente jinete-, el toro tomó con ganas el capote de Alberto Aguilar en un logrado quite por crinolinas, tan raras de ver. Ricardo Torres brindó al público. Lo vería claro. Se arrepentiría al cuarto muletazo. Muy a su aire, se metió el toro dos veces y desistió el torero zaragozano. La espada sin más dilación. Una estocada.

Los tres buenos

Salieron buenos los tres toros de la segunda parte. Negros cuarto y sexto, muy bien hechos. Cárdeno lucero el quinto, veleto y astifino, un cromo. En las tres faenas volvió a sonar la música de Abel Moreno: 'Encinasola', 'Paco Ojeda' y, naturalmente, 'Dávila Miura'. En el intermedio, 'Zalamea la Real'. Un concierto, muy afinada la orquesta. Al cuarto toro no bastaba con tocarlo, sino que había que traerlo enganchado. Cuando lo enganchó, Rafaelillo cuajó una tanda excelente con la izquierda. La joya de la tarde. Pero solo una tanda. Humilló el toro, pero se rebrincó también. Pedía trato suave. Un metisaca.

Tuvo su carga emotiva ver a Ricardo Torres torear de capa al quinto de salida con cuatro verónicas clásicas, de buenos brazos y rico compás, y media de remate. Y más emoción verlo arriesgar y componer con naturalidad en una faena calmosa con su carga de torería. Faena sin mayor vuelo, de torero de vuelta que ha toreado muy poquito, pero de carga sentimental: la forma de citar y reunirse, el ajuste propio, engaño pequeño, jugando entre la media altura y la mano baja. Hasta que dio el toro en soltarse y distraerse como buen santacoloma cuando la faena gana metraje pero no fondo. Un cabezazo, un desarme, una estupenda estocada. La dignidad.

Al sexto lo volvió a saludar Alberto Álvarez de rodillas en tablas con larga cambiada. Prueba de seguridad y no tanto un alarde. Un galleo por chicuelinas, cierta autoridad. Torero con sitio. Brindis a Simón Casas y Nacho Lloret, empresario y gestor de la plaza. Para agradecer tal vez el detalle de haber recurrido a un torero del país, como él. Palabra empeñada y cumplida. Aunque noble, embestidas encarriladitas, casi golosas, el toro se distraía con el vuelo de una mosca -la gente que se mueve en los tendidos iluminados por los focos, puntas de capote, una voz del callejón- y, sin dejar de estar vivo, se fue apagando. Firme Alberto, un punto plana, larga y a menos la faena. No entró la espada, marró el puntillero, se acabó levantando dos veces el toro, que salió de tablas hasta casi la raya en larga agonía. La casta.