Hoy

Noble corrida de Adolfo Martín

 El diestro Jesús Martínez 'Morenito de Aranda', con uno de los toros de Adolfo Martín. :: efe
El diestro Jesús Martínez 'Morenito de Aranda', con uno de los toros de Adolfo Martín. :: efe
  • Cumplen Rafaelillo y El Cid, y Morenito resultó desafortunado en el reparto de toros en el cuarto festejo de la Feria de Otoño de Madrid

Fija en el abono de Otoño de Madrid, siempre esperada, la corrida de Adolfo Martín sorprendió por su nobleza, nota común a los cinco primeros toros de sorteo. Muy astifinos, cárdenos y en tipo los cinco, pero de remate, líneas y reatas distintas. La nobleza, carácter ya dominante en la ganadería, y el aire común dentro de ese catálogo tan variado fueron prueba de ganadero competente.

Una bella corrida, que trajo escondido en quinto lugar un toro cinqueño bizco, cornipaso y cornalón, de cuerda disparatada -casi un metro de pitón a pitón- y espíritu franciscano. El buen son más que el brío. Vino planeando el toro. Embestidas pastueñas, repetidas y humilladas en distancia generosa. Pero no en corto. Entonces se vino al ralentí, casi al paso, se paró un par de veces, se apoyó en las manos. En corto, con todo, consintió sin protestar, que es el signo de nobleza.

El Cid, firme y entregado de partida. Dos tandas en redondo cobradas de largo, bien reunidas, mano baja, despaciosas. Tras ellas, un acortamiento de espacios, y un solo terreno. Sin venirse abajo propiamente, el toro se apagó. Alarde de El Cid fue cruzarse a toro parado pero vivo. El pulso no fue el mismo de los diez muletazos de las tandas de apertura.

Muy notable la manera de estarse tan firme delante de la artillería tan fantástica de ese toro a punto de cumplir los seis años. Se llamaba Murcianito. Los gentilicios no suelen fallar en la ganadería ni en el encaste: murcianos, malagueños, madrileños. Ni los madroños. Siendo tan singular, ese quinto no fue el toro de la corrida, sino un primero de impecable trapío y áureas proporciones, de sobresaliente elasticidad, fijo y pronto. Y noble, sí, pero con un chispazo de temperamento, sentido sobre todo por la mano izquierda. Tres puyazos, se empleó en los tres, volvió el caballo en el segundo y recargó entonces. Y ganas de pelea desde la primera tanda. Siete muletazos de horma de Rafaelillo. Cambiados o en la suerte natural, lineales, ni de gobierno ni de castigo.

Tampoco al aire del toro, que pesó luego al reunirse, y hasta tuvo un punto pegajoso, recuerdo de la correa antigua. Tandas cortas, no siempre el mismo asiento, hubo que perder pasos, no pudo ser ligar con la zurda dos seguidos. La pelea tuvo emoción. Bonitos y legítimos cites frontales al natural antes de montar la espada y pasar Rafael sin duelo. Ese primer adolfo fue el toro más ovacionado en el arrastre de esta breve pero intensa feria de Otoño que va a llevar el sello de Curro Díaz y dos tremendos toros de Puerto de San Lorenzo.

El tercero de la tarde, degollado, gran trapío en estuche pequeño, cinqueño, cornipaso y veleto, muy corto de manos, completó el terceto de toros descarados, que se abrieron en lotes distintos. Solo que, frágiles apoyos, flojera de manos, claudicante, el toro, tan noble como los demás, apenas pudo. Pidieron a Morenito de Arana que abreviara.

Vuelto de cuerna, algo cabezón, el segundo de corrida cobró innúmeros capotazos de doma de El Cid y, sin embargo, se lidió sin criterio. Toro con las fuerzas justas, algunas salidas sueltas, amago de rajarse. Pero también toro bondadoso. Un largo trasteo de El Cid sin apostar en serio por nada.

Un cuarto de más cuajo que ninguno, badanudo, de seria expresión, sangrado a modo en un primer puyazo durísimo, elástico, pero nada sencillo. Costó estar delante porque fue toro mirón. Ni zapatillero ni revoltoso. Una seria faena de Rafaelillo, resuelta a pesar de un par de acostones del toro. Empeño en tandas largas, y el toro las pedía cortas, clásicas, de dos y el de pecho. Se acabó aplomando el toro. Rafaelillo cobró la estocada de la feria. Perfecta. Sin puntilla el toro, que murió de bravo.

Y un sexto negro entrepelado, algo ensillado, pegado a modo en una primera vara, de ir y venir ligero pero sin entrega, de soltarse más de la cuenta, la cara arriba. Sin hilván una faena de trámite de Morenito.