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La segunda vida de Rubén Pinar

  • Solo cuatro toros del Conde de la Maza pasaron reconocimiento. Completaron corrida dos aldeanuevas de El Risco, devueltos los dos, y entraron en juego dos sobreros, uno de El Cortijillo, que se enteró y se puso por delante, y otro del Conde de Cabral, de la línea Juan Pedro, muy bien hecho, glorioso morrillo, pero de los de venir andando sin humillar ni una sola vez, sin segundas intenciones tampoco

Solo cuatro toros del Conde de la Maza pasaron reconocimiento. Completaron corrida dos aldeanuevas de El Risco, devueltos los dos, y entraron en juego dos sobreros, uno de El Cortijillo, que se enteró y se puso por delante, y otro del Conde de Cabral, de la línea Juan Pedro, muy bien hecho, glorioso morrillo, pero de los de venir andando sin humillar ni una sola vez, sin segundas intenciones tampoco. Cada uno de los cuatro toros del Conde de la Maza fue de una manera. Muy sacudido de carnes y con cara, pero protestado por falta de trapío un primero tardo, justo de poder y algo brusco y, pese a todo, relativamente tratable. Con ese toro confirmó la alternativa siete años después de haberla tomado Sergio Serrano. No se acopló con el toro Sergio ni se entendió con él salvo en algún largo muletazo con la diestra. Hasta tres desarmes, más decisión que claridad de ideas.

Largo y hondo, casi 600 kilos, lomillano, muy en Villamarta, el segundo pareció derrengado de cuartos traseros. Fue el toro de la devolución de trastos. Anduvo más que bien entonces Rubén Pinar. La tanda de siete doblones con que abrió faena ganando terreno fue, al cabo, la tanda más lograda de toda la tarde. No fue sencillo gobernar la embestida entre frágil y protestona del toro, la cara arriba, sin golpe de riñón, pero pudo con la empresa el torero de Tobarra, que le acabó pegando al toro hasta una tanda de cuatro naturales y el de pecho de hermoso asiento, ligazón clásica y segura autoridad. Dos pinchazos y media.

Negros los dos primeros del Conde, castaño ojalado y fosco el tercero, de línea y hechuras muy distintas a las de los otros. Estuvo a punto de saltar al callejón. Después del intento, se espabiló, se picó corrido, punteó, se revolvió, escarbó y se movió sin fijeza, cortando viaje, metiéndose o quedándose. Complicaciones. Una versión del llamado toreo popular a cargo de Alberto Lamelas, todo afán, esforzado, habilidoso para librar viajes en muletazos marcados por el peligro constante. Estocada desprendida.

El cuarto de los cuatro mazas, el más hondo de todos, imponente seriedad en cara y expresión, salió muy peligroso. Probón y predador, el dedo en el gatillo, estuvo mirando y midiendo a Pinar desde el primer asalto. Gañafones terribles, dinamita pura, un saco de bombas. Artero de verdad.

Antes de entrar en jurisdicción ya estaba viniéndose encima de Pinar. Fue de admirar la entereza de Rubén para resolver y aguantar sin volver la cara ni arrugarse. Y más de admirar la reacción tras una cogida que se venía mascando pero fue a traición y casi alevosa. Por la pantorrilla lo prendió el toro. Dos cornadas, una en cada pierna. Pinar se levantó sin dolerse, perfectos al quite sus banderilleros, y volvió al toro para, antes de cuadrarlo, echarle todavía un pulso. Media estocada, un descabello. Confirmó que ha empezado una segunda vida de matador. Seriedad extraordinaria.

En el sexto, Lamelas volvió a hacer un alarde de toreo popular. Faena animosa, tozuda, más firme que templada. Cinco lances de mano baja, limpios, ajustados y desgarrados.