Julio Verne, realidad y ficción

Julio Verne, realidad y ficción

Un libro descubre la faceta más personal del gran autor francés, que publicaba por contrato tres novelas al año y se compró tres yates

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

La primera vez que Julio Verne subió a un globo estuvo a punto de no contarlo. Aquellos armatostes de mediados del siglo XIX bastante hacían con ascender a los cielos, pero a aquel joven aspirante a escritor poco le importaba jugarse el pellejo, así que se montó en la cesta, voló unos kilómetros y el aterrizaje lo hicieron con la barquilla al revés. No fue la mejor de las experiencias, pero a Verne no le importó: de ahí sacó el argumento para una de sus grandes novelas y ya nunca perdió la curiosidad por la ciencia y por la experimentación.

Los sueños de Julio Verne (Nantes, 1828-Amiens, 1905) están contados en sus novelas, que anticiparon, en algunos casos con extrema precisión, los adelantos científicos que llegarían después: las naves espaciales, los helicópteros, los submarinos y hasta internet. Pero mucho menos conocida es su vida, un vacío que pretende cubrir el libro 'Jules Verne. Viaje al centro de la mente' (Páginas de Espuma), que recoge los ensayos literarios y científicos y las reflexiones políticas del legendario escritor francés.

«Desde niño, Julio Verne fue un apasionado de la geografía y de los mapas, y de ahí pasó a la arqueología y los viajes. Aunque no tenía formación científica, leía todas las publicaciones de este tipo que llegaban a sus manos y a partir de esos datos, hacía proyecciones futuras. Y muchas veces, acertaba de pleno», explica el escritor y traductor Mauro Armiño, autor del prólogo de la obra. Por ejemplo, en el tren monorraíl, al que nadie le daba futuro salvo él, y que ahora funciona en ciudades de todo el mundo.

En Nantes, ciudad portuaria en la que navegaban los buques que subían el río Loira y en la que los marineros traían las grandes ballenas que cazaban en el Atlántico, la imaginación del joven Verne se disparó. Desde su habitación, con un telescopio, pasaba los días observando los navíos. Pero, obligado por su padre, se fue a París a estudiar derecho. Allí se hizo amigo de Alejandro Dumas hijo y publicó sus primeras obras de teatro. Su suerte literaria estaba echada.

En 1965, Verne firmó con el editor Pierre-Jules Hetzel uno de los contratos literarios más importantes de la historia. El autor escribirá tres novelas al año a cambio de 750 francos mensuales. Con los años, cambiaron las condiciones y Verne escribía dos novelas a cambio de algo más de dinero. Pero el acuerdo se mantuvo en su esencia y proporcionó a escritor y editor pingües beneficios, además de enamorar a miles de lectores, que leían las aventuras extraordinarias en los periódicos de la época.

Pero más allá de los libros, Verne fue un ciudadano de su tiempo. En Amiens, la ciudad de su esposa, a la que se trasladó, se integró como un burgués de pensamiento reformista. Participa en la Sociedad Industrial, en la Sociedad de Horticultura, presidirá la Academia de las Ciencias, Literatura y Artes de la ciudad... Y con el dinero acumulado disfrutaría de una de sus grandes pasiones, los yates. Tuvo tres, con los que navegó por los mares de Francia y Reino Unido y por el Mediterráneo. Murió de diabetes y a su entierro, en Amiens, acudieron 5.000 personas.

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