Alberto Manguel: «No creo en la lectura virtual, como no creo en el sexo virtual»

El escritor, traductor y editor argentino-canadiense Alberto Manguel./Cati Cladera (Efe)
El escritor, traductor y editor argentino-canadiense Alberto Manguel. / Cati Cladera (Efe)

«Un libro puede ser un arma iluminadora o destructiva», asegura el escritor, crítico y bibliotecario que recibe el Premio Formentor

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) fue para Borges «una máquina lectora» que iluminó su ceguera. Como el autor de 'El Aleph', dirige ahora la Biblioteca Nacional de Argentina. Y como él, ha ganado el premio Formentor, dotado con 50.000 euros y que recibió este viernes en el histórico hotel de Mallorca que creó y ampara el galardón. Decir Manguel es decir libro. A él ha dedicado su vida y su obra este argentino-canadiense que lleva en su cabeza los «fantasmas» de la biblioteca de Alejandría. «No creo en la lectura virtual, como no creo en sexo virtual», dijo este explorador de las bibliotecas del mundo al ingresar en un club con socios como Samuel Beckett, Jorge Semprún, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías o Enrique Vila-Matas.

-¿Una vida libresca o de libro, la suya?

-Siempre he vivido entre libros. Pero es más libresca, por imaginaria, que de libro. Nuestras autobiografías, lo que nos contamos a nosotros diciendo que esto sucedió así o asá, es todo ficción: recuerdos de recuerdos de recuerdos. Y bajo esa capa de memoria hay algo que seguramente ocurrió pero que se pierde en el palimpsesto de la memoria. De manera que cualquier vida es libresca.

-¿Por qué los dictadores temen a los libros, los queman, destruyen o censuran?

-Saben que la literatura mantiene intactos sus poderes desde el alba de los tiempos, cuando se contaban historias alrededor del fuego en las cavernas. Es un poder optativo que nunca se impone sin buscarlo. De enseñanza de la inteligencia, de la razón. Pero, como un cuchillo, depende del uso que le des. Puedes usarlo para asesinar o para cortar el pan. Un libro puede ser un arma educativa, iluminadora o de destrucción.

-¿Comprende alguien que ha leído casi todo que haya personas que puedan vivir sin leer?

-La mayor parte de la humanidad no lee. La lectura ha sido siempre una actividad minoritaria. Liberadora. Nos devuelve la identidad, nos enseña a pensar. Pero requiere esfuerzo y nuestra inclinación natural es hacia lo fácil. Y más ahora. Es más fácil tomar el ascensor que subir las escaleras. Ir en coche que caminar. Leer requiere la voluntad de enfrentarse a dificultades.

-Y eso ¿va contra el signo de los tiempos?

-Sí. La lectura es lentitud. Y la mayor parte de la gente no lo acepta. Esa dificultad, ese esfuerzo, tiene un valor negativo. Hay que cambiarlo.

-Google: ¿aliado o enemigo?

-Como director de la Biblioteca Nacional Argentina creo en el mundo digital. Es una herramienta fantástica. Esencial. Pero al Alberto Manguel lector, al individuo, no le gusta el mundo virtual. Si he de contrastar una cita voy al libro, a la biblioteca o a la librería. Prefiero los errores tipográficos del mundo impreso a los errores virtuales.

-El sueño de la biblioteca de Alejandría ¿se materializa con internet?

-Toda biblioteca sueña con ser la de Alejandría. Quiere tener todo en un mismo lugar, pero ninguna biblioteca lo tiene ni lo tendrá. Con internet nos acercamos al infinito pero no estamos allí ni de lejos. Una de las grandes mentiras es que en internet está todo. Es un instrumento útil, pero lleno de imprecisiones. Internet es una gran biblioteca, pero no es la biblioteca universal. No es la Biblioteca de Babel.

-¿Para que sirve una biblioteca en el siglo XXI?

-Para atesorar nuestra experiencia. Somos seres temporales. Si no tenemos un recuerdo del pasado no podemos construir el futuro ni vivir el presente. Necesitamos recordar quiénes somos para saber quiénes podemos ser. Entablar un diálogo con los difuntos, como decía Quevedo. Es necesario que la sociedad del libro y la biblioteca recupere su rol central, que ha sido remplazado por los bancos y las instituciones financieras, que no deben ocupar el corazón de la sociedad. Incluso para los no lectores, la biblioteca es el testimonio de que somos seres racionales con una posibilidad de crear una sociedad más justa y mas feliz.

-¿Es fetichista con los libros?

-Sí. Poseer el libro es tan importante como tenerlo. Borges se ufanaba de despreciar al libro como objeto. A mí me fascina. No soy un ciudadano del mundo virtual. No me gusta llevarme un fantasmas a la cama. No creo en la lectura virtual, como no creo en el sexo virtual.

-Borges y Manguel, vidas paralelas. Ambos premio Formentor, los dos bibliotecarios en Argentina, lectores proteicos....

-Son vidas paralelas como las del buey y la rana en la fabula de Esopo. Guardemos las distancias. Borges es Borges y yo soy yo. Nuestro recorridos se cruzaron. Cuando era adolescente le leía, pero él apenas sabía que existía. Era generoso con la voz que escuchaba. No había nada de relación de amistad e intimidad. Yo era una suerte de máquina de leer que él encendía y apagaba a su antojo.

-Habrá tenido la pesadilla del fuego devorando su biblioteca, ¿qué libro salvaría?

-Cuando a Jean Cocteau le preguntaron si salvaría del incendio de su casa a su gato o un Picasso, dijo que salvaría el fuego. Yo haría lo mismo. Salvar la memoria. Una biblioteca que arde se vuelve memoria. Tengo un afecto particular por mi 'Alicia en el País de las Maravillas' o mis ediciones de Kipling. Pero no salvaría un solo privilegiándolo sobre los otros.

-Vargas Llosa dice que la lengua se caricaturiza y degrada en las redes sociales. ¿Lo cree?

-Sí. Pero es un problema muy antiguo. No me agrada la deriva insensata hacia el inglés. Incorporamos lo más feo cuando tenemos equivalentes preciosos. Cuando usamos un lenguaje abreviado, rápido, sintético e imitativo dependemos demasiado de la comprensión del otro. Si digo 'ya sabes quiero decir' le otorgo al otro el poder de interpretar. Necesitamos ser los dueños del idioma que usamos. Nos dicta las ideas que pensamos. Un uso perezoso del idioma nos debilita.El idioma determina los pensamientos. No somos la misma persona en un idioma que en otro. El idioma nos dice qué somos. Nos devuelve nuestra identidad.

-Editor, librero, traductor, escritor, periodista, crítico, bibliotecario... ¿Donde está más cómodo?

-Ante todo soy lector. Pero hay que ganarse la vida y desde chico tuve la inmensa suerte de trabajar en el mundo de los libros. Jamás me arrepentido de nada, pero entre tantas tareas no elegiría la de escritor. Me gusta la traducción pero no tengo paciencia. Me gusta mucho la biblioteconomía, pero no soy ordenado...

-Su biblioteca, con más de 30.000 libros varada en cajones en un almacén de Quebec.

-Lo vivo como una ausencia muy dolorosa. Pensé que mi biblioteca francesa, con 15.000 ejemplares, sería la última. Se duplicó. Extraño mis libros. Llevan tres años en cajas y me acostumbro a pensar sin ellos. Pienso a través de los que están en mi memoria. Todos llevamos una biblioteca en la cabeza. Eso quiere decir que vivo entre fantasmas.

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