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Tango y más

  • El de Matamoro es un libro para leer a saltos, pero que nos ayuda a entender Argentina, un país que periódicamente gusta de asomarse al abismo, pero que nunca acaba de caer en él

Pocos países tan noveleros, fantasiosos y contradictorios como Argentina, un país que antes de convertir a los exiliados en su principal materia de exportación se vio a sí mismo como una ciudad europea, Buenos Aires, transplantada al remoto continente austral y rodeada de inmensas extensiones de terreno aptas solo para la explotación ganadera.

La indagación sobre la identidad argentina es uno de los temas fundamentales de su literatura y cuenta con importantes aportaciones ensayísticas y narrativas, de Ezequiel Martínez Estrada a Eduardo Mallea o Julio Cortázar.

Blas Matamoro, que nació en Buenos Aires en 1942, pero ha pasado la mayor parte de su vida adulta en España, es hombre de muy varios saberes y aficionado a las indagaciones arriesgadas a las que no se atreven los especialistas en una sola materia. Ha estudiado la vida familiar de los escritores, el amor en la literatura, la relación de Nietzsche o de Proust con la música. En Con ritmo de tango nos ofrece «un diccionario personal de la Argentina», dirigido en primer lugar a los lectores españoles, pero que sin duda podrá ser consultado con provecho y alguna controversia por los propios argentinos.

El género, o subgénero, del diccionario personal resulta más atractivo que la convencional monografía. No necesita ser leído de la primera a la última página. Como cualquier diccionario, está hecho para ir directamente a la entrada que más nos interese en cada momento. Pero es importante subrayar el adjetivo «personal», que permite una cierta arbitrariedad en la selección de entradas. Aquí está Jorge Luis Borges, pero no Adolfo Bioy Casares; Victoria Ocampo, pero no Silvina Ocampo. Se habla ampliamente de Julio Cortázar, como no podía ser de otra manera, pero muy parcialmente de Ernesto Sábato. Y las tres líneas dedicadas a Julio Camba, cuya iniciación adolescente al anarquismo tuvo lugar en Argentina, parecen una broma.

No importa demasiado. El retrato que Blas Matamoro ofrece de Argentina también tiene algo de autorretrato. Autobiográficas resultan las líneas dedicadas al fútbol, esa gran pasión argentina y universal, y en ellas se habla del caso Maradona, que no cuenta con entrada aparte.

Las páginas dedicadas a Eva Perón y a Juan Domingo Perón están entre las primeras que buscarán los lectores. No les defraudarán. Ayudan a entender a esos contradictorios personajes, héroes de polichinela, y a la mitad del país que los endiosó y a la otra mitad que los odió y los ridiculizó impiadosamente.

Otro tirano contradictorio, de mucha presencia en la literatura, Juan Manuel de Rosas, recibe también la atención adecuada, lo mismo que el héroe de la independencia, José de San Martín, o los prohombres que dieron solidez intelectual al país: Juan Bautista Alberdi, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, famoso por su dilema «civilización o barbarie» (Matamoro nos explica cuánta barbarie había en lo que en el siglo XIX, y después, se entendía por civilización).

La entrada dedicada al psicoanálisis (ese embeleco vienés que acabó siendo tan argentino como el tango) estará, sin duda, entre las que más curiosidad despierten en los lectores y entre las que pueden leerse con mayor provecho, como todas las dedicadas a música y músicos, una de las grandes pasiones del autor.

La devoción por Francia, la conflictiva relación con Inglaterra (sin olvidar la historia y la guerra de las Malvinas), el amor-odio hacia España son otros de los temas tratados con inteligencia y las adecuadas dosis de humor.

Un libro este (como todos los diccionarios, sean personales o no) para leer a saltos, para picotear acá y allá, aunque no sea propiamente una obra de consulta, pero que acabamos leyendo entero y que nos ayuda a entender mejor un país que periódicamente gusta de asomarse al abismo, pero que nunca acaba de caer en él, un país cuya historia parece imaginada por algún melodramático folletinista que gusta de la inverosimilitud, el país de Borges, de Maradona y de Jorge María Bergoglio, un país que nunca parece que dejará de asombrarnos, irritarnos y fascinarnos al mismo tiempo.