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Los nombres de una vida

  • En las memorias de José Corredor-Matheos los años del franquismo quedan bien retratados en toda su grisura; también la democracia, el boom económico y la crisis posterior

Nacido en 1929, el mismo año que Valente o Gil de Biedma, la poesía de José Corredor-Matheos ha tardado en ser apreciada. Como en el caso de Cirlot, su nombre aparecía más ligado a la crítica de arte que a la poesía.

La situación empezó a cambiar tras la publicación, en 1975, de Carta a Li Po, donde inicia un despojamiento formal y conceptual que continuará en los siguientes libros: «Escribir un poema que nada signifique. Salir a la terraza, respirar en la noche, no esperar que alguien vuelva, no desear ya nada. Abrir solo las manos, y que de entre los dedos alcen el vuelo mudas, asombradas palabras».

La persona que en los versos se nos aparecía con la máscara de un filósofo zen, se nos muestra ahora entera y verdadera en sus memorias, muy adecuadamente tituladas, jugando con su apellido, Corredor de fondo.

Larga ha sido la vida, y bien aprovechada, de José Corredor-Matheos, desde su nacimiento en Alcázar de San Juan, población manchega a la que siempre quiso seguir vinculado, aunque desde los siete años residiera en Cataluña, una vida caracteriza por la laboriosidad y la bonhomía, muy ajena a los desplantes elititas de otros poetas de la escuela de Barcelona.

La agenda de José Corredor-Matheos ha estado siempre llena de nombres (cerca de mil aparecen en el índice onomástico) y quizá por eso sus memorias resultan a veces un tanto tediosas (’Amigos, conocidos y saludados’ titula uno de los capítulos). Ni todos resultan relevantes para el lector ni gusta el autor de las revelaciones escandalosas.

Alguna hay, como la referencia a las artimañas de Tapies para hundir a los pintores que pudieran hacerle sombra o el disparatado comportamiento de la viuda de Ortega Muñoz, tan perjudicial para ella misma como para la obra de su marido. También se alude a las muchas cartas de amor que Aleixandre le envió al pintor Gregorio Prieto. «Cartas pudorosas, como de novios de antes», escribe.

Los nombres propios se van sucediendo rápidamente y solo de vez en cuando el autor se detiene en alguno. Se agradecen así, muy especialmente, los capítulos dedicados a Miró y a Dalí, entre los pintores, y a Rafael Alberti, entre los poetas.

El volumen tiene quizá más valor histórico y sociológico que estrictamente literario. Los años del franquismo quedan bien retratados en toda su grisura; también los años de la democracia, los del boom económico y los de la crisis posterior. El cronista está quizá más atento al mundo del arte (con sus intereses creados y sus pequeñas miserias) que al de la literatura. José Corredor-Matheos forma parte de la que algunos llamaron ‘generación de los niños de la guerra’; su evocación de esos años, desde su perspectiva infantil más felices que trágicos, coincide con la de Barral o Gil de Biedma. Pero no tuvo trato con ellos ni con los otros nombres destacados de la escuela de Barcelona. Esos poetas debieron mirar por encima del hombro a quien estudió por libre la licenciatura de Derecho y necesitó ganarse la vida desde los dieciséis años.

Importante fue la labor de Corredor-Matheos como puente entre la literatura catalana y la española en los tiempos más duros. A él se debe una influyente Antología esencial de la literatura catalana contemporánea y diversos estudios sobre sus nombres más destacados. No todos los no catalanes que vivían y escribían en Cataluña se portaron como él. Al dramaturgo Rodríguez Méndez le llamaron del Teatre Lliure para proponerle el estreno de una obra suya. «Escribo en castellano», dijo. Le respondieron que ya lo sabían y que no importaba. Su réplica, en tono desabrido, fue que él «no quería estrenar en un teatro catalán». Corredor-Matheos, por el contrario, siempre mantuvo buenas relaciones con los nacionalistas, le gusta hacer de hombre-puente entre gentes y culturas, pero se cuida de señalarlos más de una vez que no comparte la actual deriva independentista.

Desde el punto de vista literario, los capítulos más interesantes son los primeros, con su evocación del mundo mítico de la infancia, y las notas costumbristas de sus inicios laborales, todavía en la adolescencia. Como su coetáneo, el ya citado Cirlot (con quien coincide en tantas cosas a pesar de ser personalidades opuestas), trabajó durante años en la industria editorial, en concreto preparando los suplementos de la mítica enciclopedia Espasa.

¿Ayuda a entender mejor la poesía de Corredor-Matheos la lectura de sus memorias? No –quizá incluso la enturbie un tanto–, pero sí la vida cultural de la segunda mitad del siglo XX.