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La guerra que mató a Aquiles

Algunas reseñas se escriben rápido. Esta es una de ellas. Querido lector: si está leyendo este periódico mientras toma una cerveza o un café en el bar, deje cuanto antes el café o apure de un trago la cerveza, diríjase a la librería más cercana y pregunte por la última novela de Javier Cercas. Si está leyendo este artículo en un ordenador o en el teléfono móvil, acabaremos antes. Apague el ordenador. Encienda el mundo real. Vaya a una librería y sienta el placer de leer un buen libro. Con eso está todo dicho. Ni siquiera hace falta que lea esta página hasta el final.

El primer motivo y quizás el fundamental para recomendar este libro es que no hace falta recomendarlo. Basta con leer la primera página para querer llevárselo a casa. La buena literatura es, aunque a veces se nos olvide, una cuestión de estilo: depende de la calidad de la prosa, de la fuerza de la frase, del ritmo y de la capacidad de unir con talento unas palabras con otras hasta lograr que la historia tenga vida.

La segunda razón para recomendar este libro es precisamente la historia que cuenta. 'El Monarca de las Sombras' narra la aventura de Manuel Mena, tío abuelo del autor, alférez provisional del Ejército franquista y muerto con 19 años en la batalla del Ebro.

Parece una historia personal, pero es una historia colectiva. Parece un relato sobre el pasado, pero es un relato sobre el presente, sobre quiénes somos, sobre ahora mismo. Al contar la historia de su tío abuelo falangista, Cercas afronta un pasado que no se llegaba a mencionar en su novela más conocida, 'Soldados de Salamina', pero que ahora ayuda a entender y de algún modo completa la historia narrada entonces.

Lo resume mejor el cineasta David Trueba, director de la película 'Soldados de Salamina' y aquí convertido también en personaje: «Ahora comprendo que en Soldados de Salamina inventaste un héroe republicano para esconder que el héroe de tu familia era un franquista».

Hay una tercera razón: la historia que cuenta El monarca de las sombras es en realidad dos historias. Cercas narra en sus páginas el rastro, o lo que queda del rastro, de Manuel Mena. Su infancia en un colegio de la localidad extremeña de Ibahernando, las esperanzas fracasadas de la II República, el clima progresivamente emponzoñado previo al estallido del golpe militar, su alistamiento en Falange, su ingreso en la Academia Militar de Granada, sus escasos días de permiso en el pueblo como alférez, convertido ya en un héroe para la familia y su muerte el 21 de septiembre de 1938, casi hacia el final de la guerra civil. Pero sobre todo lo que narra este libro es la historia paralela del propio Cercas, que regresa a su pueblo de Extremadura siete décadas después de aquellos acontecimientos e indaga en las razones de esa herencia familiar.

Se trata de un viaje a la semilla. Las buenas novelas se parecen mucho a los relatos que hasta hace no mucho solían contar las abuelas. Eso es algo que descubrió, a mitad del siglo pasado, Gabriel García Márquez. Para el Nobel colombiano, su vida y su destino como escritor se decidieron en un viaje que hizo con su madre a Aracataca para vender la casa de los abuelos. Allí, mientras tomaba una cerveza en una cantina de un pueblo perdido de Colombia, se le acercó un hombre alto y fuerte con sombrero de vaquero y pistola al cinto. El encuentro fue digno del más puro realismo mágico. El hombre le tendió una mano segura y preguntó a bocajarro: «¿Tiene usted algo que ver con el coronel Nicolás Márquez?». García Márquez respondió: «Pues sí. Soy su nieto». «En ese caso», le dijo el hombre con la alegría de quien resuelve un acertijo, «su abuelo mató a mi abuelo». Había ocurrido en 1908, en un duelo a pistola por un asunto de honor. Medio siglo más tarde, desenterrados los fantasmas del pasado, García Márquez y el nieto del asesinado hallaron una manera civilizada de resolver el agravio: invitarse a cervezas y compartir viejas historias familiares hasta agarrar juntos una borrachera de película.

También en este libro Javier Cercas regresa a Ibahernando en compañía de su madre y discuten sobre qué hacer con la vieja casa de los abuelos. El antiguo caserón extremeño que aparece en 'El Monarca de las Sombras' posee un valor simbólico o una dimensión metafórica semejante a la casa de Aracataca. Es también el lugar donde unos abuelos se mataron o se salvaron la vida entre ellos. No sólo se habla de la muerte de Manuel Mena (falangista), sino también del fusilamiento del padre de un esquilador de ovejas, el Pelaor, y de una muchacha de 22 años llamada Sara García, asesinada por el delito de ser la prometida de un líder de las Juventudes Socialistas. En la casa de Ibahernando se conserva la memoria y habitan los fantasmas con los que el novelista intenta explicarse y explicarnos. Y así, de la misma manera que buena parte del mundo desbordante de García Márquez procede directamente de las historias que escuchó en aquel viaje a Aracataca (no en vano, durante años el título inicial para Cien años de soledad fue simplemente La casa) cabe albergar la sospecha de que en las viejas historias de su pueblo de Extremadura anida el sustrato en el que nace el universo literario de Javier Cercas.

Añadamos una cuarta y última razón. 'El Monarca de las Sombras' es una historia sobre un hombre de apenas 19 años que tras su muerte fue visto como un héroe, poco menos que Aquiles en la Guerra de Troya. En realidad, nunca dejó de ser un adolescente o un niño engañado al que la guerra impidió convertirse en hombre, y que en algún momento descubre o percibe que los dioses y las causas que piden sangre son siempre dioses y causas falsas. «Tío Manolo no murió por la patria, mamá», escribe Cercas. «Murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde». A esa conclusión, que explica el título de este libro, llegó el mismo Aquiles en las páginas de La Odisea. Ocurre en el Canto XI, cuando Ulises visita los infiernos y se encuentra con el héroe troyano, cuya muerte narraban los versos de La Iliada. Años después, en La Odisea, la épica se ha transformado en desengaño. En el infierno, Ulises felicita a Aquiles por su muerte en batalla y le declara monarca de las sombras y rey de los muertos. Aquiles, sin embargo, le advierte de su tremenda equivocación: «No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelos de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron».

A los españoles nos costó una guerra civil y una dictadura llegar a la misma conclusión que Aquiles. Nos dimos cuenta, por suerte, de que los cementerios y las cunetas de España habían quedado abarrotados por culpa de dioses falsos. Recordar todo aquello no es hablar del pasado: es hablar del presente. No es mitología, es nuestra historia. Y es algo que nos concierne de manera directa. Al leer este libro se hace inevitable pensar en la propia familia, y preguntarse dónde estaban nuestros padres, o nuestros abuelos, en aquel mes de julio de 1936.

Así que si usted ha llegado hasta esta línea, querido lector, le invito a que vuelva a pedirse otro café o tome otra cerveza y piense un momento en todo aquello. O quizás sea mejor -si es de los que tienen esa suerte- dedicar una tarde a compartir un trago con algún familiar que todavía guarde el recuerdo de aquellos años fatales. Es lo que hace en este libro Javier Cercas. Volver a la casa del pueblo donde se guardan los secretos del pasado. Escuchar. Procurar entender. Y conocer algo mejor, en definitiva, quiénes somos y de qué material estamos hechos.