Don Pepito y Don José, una pareja muy bien avenida

Lunes de Preliminares del Concurso de Murgas del Carnaval de Badajoz 2018. / J. V. ARNELAS

La propuesta de la murga Los Espantaperros da la sorpresa, en un lunes de Preliminares en el que volvieron a mandar Los Mirinda

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

La fase de preliminares del Concurso de Murgas tiene el aliciente de la sorpresa. La primera actuación que presenta cada grupo en el teatro sirve para confirmar lo esperable o para removerte los prejuicios. Anoche Rufino, el personaje de Los Mirinda, confirmó y Don Pepito y Don José, de Los Espantaperros, dieron la sorpresa.

De aquellos dientes que ganaron el que para mí es el primer premio del COMBA más inmerecido, no queda nada. Los Espantaperros no solo se han desprendido de la gomaespuma, también de los repertorios para menores de ocho años. Si el año pasado (como Gremlins) se salieron del camino recto, anoche les hicieron una pirula a sus orígenes.

Plantearon una actuación que, en concepto, es muy parecida a la que llevaron en 2007 Los Murallitas. Entonces, sobre las tablas había dos hermanos siameses: el Manuel y el Lolo. Anoche, Los Espantaperros reinventaron esta idea, dándole una percha carnavalera para presentar a Don Pepito y Don José.

La propuesta se entendió a la primera: Don Pepito, la caricatura del chirigotero. Fan de Chiqui y Regaña (autores de la murga que desde hace tres Carnavales une a integrantes de Los Niños y Los Murallitas), canta dando saltitos como Paco ‘el Cerillo’ y tiene la voz justita para llegar al final de la actuación. En frente, el elegante Don José, seguidor de Dakipakasa y de la pluma de Juan Carlos González, que alardea de voces y gorgoritos, para parodiar a los comparseros (que aquí en Badajoz siguen siendo murgas).

Buena idea y muy bien ejecutada. A partir de ahí, dos personajes antagónicos presentados con todos los estereotipos desde el tipo: uno del Madrid, del ABC, del PP y de la sacarina; el otro del Barça, de El País, de Podemos y del azúcar. Juntos hicieron una actuación muy divertida, compenetrada y muy trabajada en gestos.

Su repertorio cómico estuvo mejor en letras, que cuando tiraron de crítica en pasodobles. El estribillo salao y al tipo y la despedida, un alegato a la amistad, que entremezcló a los pepitos y a los josés en el escenario, aunque lleno de lugares comunes. En la música, se notó la vuelta de Chicote.

El público les compró su actuación. Yo también. Don Pepito y Don José prometen ser una pareja muy bien avenida en este Concurso.

Más fuertes que un cubata de pueblo

‘Avenido’ a menos llegó Rufino, un personaje muy mirindero con el que la murga celebra sus quince febreros. Retrataron a un divorciado que a los 55 tiene volver a vivir con su madre, la señora Gregoria Decorosa Fernández de Todos los Santos. En una casa imperturbable al paso del tiempo, de visillos, ganchillo, cuadros de caza, foto de jura de bandera, estampita del Sagrado Corazón y sillón de escay.

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El hombre desactualizado, que comparte prominentes entradas, pelo frito y look de Estudio 54 estaba hecho a medida para Los Mirindas. Pese a la desdichada vida de su personaje, la actuación la mantuvieron muy arriba, con unos ritmos rápidos y pegadizos, sin dejar espacio a los silencios con los pasacalles y con letras donde mezclan el humor más fresquito con el más grueso.

En su primera actuación, los pasodobles se salieron de la línea cómica. El primero a Badajoz, encarnado en la figura de la madre, el segundo, muy aplaudido y muy bien escrito a Toni, la regidora del López de Ayala, que no es la primera vez que recibe letras de homenaje en el escenario, pero que sigue asumiéndolas con la misma humildad y discreción de siempre.

El popurrí es el gran fuerte de su actuación, con una composición muy parecida a la de los Pelotas. Cogerle el punto a esta parte del repertorio no es fácil, pero ellos se saben todos los trucos y los explotan bien. El bailecito de ‘la conga de Rufino el separado’ sigue la saga de la rumbita de los pelotas, pero su mejor cuarteta es la de las bolsas de la compra.

Los Mirindas tiene querencia por los lunes de Preliminares o el azar es así de puñetero, pero no les va nada mal. Cantaron más fuerte que un cubata de pueblo (esta frase es suya) y fueron, por segundo año, lo mejor de la primera noche de Concurso.

Un quiero y no puedo

Marwan fue un sí, pero no. Como arqueólogos con un tipo cuidado al detalle y una escenografía bonita pero ya vista, presentaron una actuación muy de comparsa gaditana, en la que como es habitual brillaron más sus voces que su repertorio.

Lo mejor fue su primer pasodoble cantado desde el tipo, a partir de ahí la actuación fue yendo a menos. El estribillo es bonito, pero lo ejecutaron mal y tras él un parón para afinar guitarras que no les favoreció. Perdieron el enganche y el popurrí se hizo pesado, con la salvedad de la cuarteta que arrancaron con un bolero y remataron a capela dedicada a las mujeres maltratadas, que fue ovacionado por el público. Fue emotivo, pero a mí no me puso los pelos de punta.

Con Los Chalaos llegué a empatizar este lunes, me lo propuse todo sea dicho. Tenían el papel más difícil del concurso: ser los primeros con la losa de la incertidumbre del sonido. La presentación fue para olvidar: por un tipo que no se entendió, que no supieron explicar y del que se salieron. Quisieron escenificar a un hombre loco que pasea por el Casco Antiguo, amalgamando los personajes de la ciudad que todos conocemos… Un desatino con picachu a la espalda incluido. A esto se sumó, que empezaron cantando mal, aunque es verdad que consiguieron mejorar la afinación conforme pasaban los minutos sobre el escenario.

Tiraron de la pluma de Robe Iniesta para hacer su primer pasodoble y reivindicar una región digna. Poco mérito cuando parafraseas a un genio. El segundo pasodoble a una realidad que no existe: hablaron de una supuesta discriminación de las murgas femeninas en el concurso, que el público les aplaudió. Mi no comprender.

La tanda de cuplés no estuvo mal y el popurrí lo defendieron bien. Remó a su favor que tuvo más ritmo que otros años, pero también se contuvieron mucho en los altos para no dar el cante.

A esta murga le falta un poquito de todo. Su punto más débil es quizás la falta de carisma sobre el escenario, pese a que quieren dar apariencia de sobraos. Dicho esto, anoche me ganaron un poquito.

¿Y la concha? Los paneles blancos que han sustituido por primera vez los micrófonos en el Concurso disiparon los temores: se escucha, se escucha bien en el patio de butacas y en el gallinero, y con un resultado matemático: el que cantaba bien, sigue cantando bien con la concha y el que cantaba mal, pues ni con micros ni con concha. No hay más historia.

Lo que sí ha traído el nuevo sistema de sonorización ha sido a un público más respetuoso, que contuvo los alaridos y que solo interrumpió las actuaciones cuando tocaba aplaudir. Alabada sea la concha.

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